Andrea—Te ves preciosa.Andrea bajaba lentamente la escalera, la tela de su vestido deslizándose con gracia sobre cada peldaño. Su esposo la esperaba al pie, con esa mirada de adoración que siempre le dedicaba. Para él, ella era lo más precioso de la vida, aunque aún no sabía que pronto alguien más competiría por su amor.—No te creo —respondió ella con una sonrisa escéptica—. Siempre me dices lo mismo.Él la detuvo suavemente, tomándola por la cintura, y la miró a los ojos con intensidad.—Para mí, solo tú eres lo más lindo de la vida —aseguró con firmeza. Luego, sin darle tiempo a replicar, añadió—: Pero vamos, que se hace tarde.Andrea frunció el ceño. No le pasó desapercibido el cambio de tema repentino, pero decidió no insistir. Algo en su interior la inquietaba, una sensación extraña que llevaba sintiendo desde hacía rato, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.“Son tonterías mías”, se dijo, intentando apartar la sensación mientras subía al auto.El trayecto tran
AndreaAndrea sintió cómo sus piernas temblaban mientras avanzaban hacia un pequeño salón reservado para el descanso de los invitados. La atmósfera dentro del lugar era sofocante, impregnada de un silencio incómodo que parecía pesar sobre ellas como una losa.El asistente de Nel las siguió hasta la puerta, pero su jefa le hizo un gesto sutil con la mano, ordenándole que les trajera algo de beber. Él asintió con profesionalismo y se retiró, dejándolas solas en aquel espacio que de pronto se tornó aún más claustrofóbico.—Te ves bien, Andie —dijo Nel, rompiendo el silencio con una voz suave, casi amable, pero que llevaba una carga subyacente difícil de descifrar.Andrea forzó una leve sonrisa.—También te ves bien —respondió con cortesía, aunque su mente seguía en alerta—. Supe lo de tu esposo. Lo siento de verdad.Vio cómo el rostro de Nel se transformaba al instante. Sus facciones, siempre controladas, mostraron una grieta fugaz, una sombra de incomodidad que pasó demasiado rápido, pe
AndreaRegresaron a casa en silencio. La actitud de Félix, inusualmente callado, no era una buena señal. Apenas cruzaron el umbral de su habitación, él se detuvo en medio de la estancia, como si necesitara reunir fuerzas para expresar lo que le rondaba la mente.—No me agrada —fue todo lo que dijo. Andrea sabía que estaba molesto y no podía ocultarlo.Andrea lo observó con atención. Sus palabras eran escasas, pero su expresión reflejaba un torbellino de pensamientos que no estaba dispuesto a verbalizar. Había algo en aquella mujer que lo inquietaba, algo que no podía ignorar.Ella suspiró, tratando de encontrar la mejor manera de responder.—Lo siento, cariño. No sé qué pensar de ella —admitió, mientras él la tomaba suavemente de la mano y la guiaba hasta el borde de la cama para sentarse juntos, mientras la abrazaba por los hombros.Félix no necesitó pensarlo mucho más. Para él, la situación estaba clara.—Creo que lo mejor es que sigan como están. No necesitas su amistad, créeme —af
NellUn día antes de Nochevieja, Nell estaba en su casa, sumida en pensamientos oscuros sobre la "maravillosa noche" que estaba a punto de vivir junto a "su amiga". No lograba comprender cómo ella, tan hermosa y sofisticada, era constantemente rechazada por Wallace, mientras que su amiga siempre caía de pie, con una suerte que parecía inquebrantable.Aún podía sentir el sabor de los besos de Wallace en sus labios. Si tan solo no hubiera huido aquella noche, tal vez por fin habrían podido estar juntos. Pero la realidad era otra, y ahora solo le quedaba la amarga sensación de lo que pudo haber sido y no fue.Su teléfono sonó, sacándola abruptamente de sus pensamientos. En la pantalla, el nombre de Nolan, su infame socio, la hizo fruncir el ceño.—Buenas noches, querida socia —saludó con su habitual tono burlón—. Debo decir que estoy bastante satisfecho con la mercancía que me proporcionaste. Es de muy buena calidad.El asco subió por su garganta de inmediato. El desgraciado había conseg
Félix—Te llevaré hasta donde está mi esposa para que escuche de tus propios labios tus sucias mentiras.Félix sentía náuseas. Todo lo que esa mujer había dicho lo repugnaba. Quería vomitar sobre el costoso vestido que llevaba puesto, hacerla sentir el mismo desprecio y humillación que, estaba seguro, ella había infligido a Andrea en el pasado. No entendía cómo su esposa le había dado otra oportunidad a alguien así, alguien que era la personificación del mal, con un rostro hermoso, pero un alma podrida.—¡No puedes obligarme a ir contigo! —protestó ella cuando llegaron a la planta baja, lejos de las miradas curiosas.—Irás conmigo porque necesito librarla de tu influencia para siempre —respondió él con voz gélida—. Eres como un animal ponzoñoso que esparce su veneno, pero Andrea es un alma pura que jamás lograrás contaminar.Aún no comprendía qué ganaba aquella mujer calumniando a su esposa de esa manera. Solo había una explicación: la envidiaba, la odiaba precisamente por su pureza.
AndreaAbrió los ojos y la intensa luz la encandiló de inmediato. El sonido monótono del goteo de la intravenosa rompía el silencio de la habitación, mientras ella observaba a su alrededor sin atreverse a moverse.—¿Qué pasó? —preguntó con la voz rasposa.Su madre, que hasta ese momento permanecía inmóvil en un rincón, corrió hacia ella con lágrimas en los ojos.—¡Hija! Despertaste.Un dolor punzante recorrió su cuerpo, como si hubiera estado inmóvil durante demasiado tiempo. Intentó enderezarse, pero un agudo pinchazo en el vientre la detuvo. Fue esa punzada la que desató una avalancha de recuerdos que la golpearon con la fuerza de una tormenta.Como si de una película se tratara, cada momento vivido desde su reencuentro con Nel comenzó a reproducirse en su mente. La furia cedió paso al dolor y, en un instante, a la desesperación absoluta.—¡¡Mamá!! —El grito escapó de su boca, primitivo, desgarrador, casi animal. La sensación de pérdida era insoportable. —¡Dime que todo fue una pesa
AndreaDesde que salió del hospital y fue a la funeraria por las cenizas de su esposo, Andrea ha permanecido en su recámara, acurrucada en posición fetal. El dolor la inmoviliza, apenas le permite moverse lo indispensable. Se aferra a la almohada con la misma desesperación con la que quisiera aferrarse a la vida que se le escapa entre los dedos.—Voy a pasar —la voz de Cassie resuena a través de la puerta, y un instante después, esta se abre suavemente—. Te traje algo para que comas.Andrea no responde. Siente la boca seca, pegajosa, pues tampoco ha querido beber nada en días. Su cuerpo es un reflejo de su alma devastada: el cabello enredado, la piel opaca, el mismo pijama desde que volvió a casa con las cenizas de Félix. Las profundas ojeras revelan las noches en vela, atormentada por los recuerdos y la impotencia de no poder retroceder el tiempo, de no evitar ese encuentro fatal con aquella mujer que le arrebató su felicidad.—A Félix no le gustaría verte así —insiste Cassie con voz
AndreaLas palabras de su tía calaron hondo en Andrea. Esa sería la última noche que se permitiría lamentarse. Al día siguiente, encontraría la manera de reinventarse.Tomó una de las pijamas de su esposo y la roció con su colonia. Luego, la enredó entre sus brazos y se durmió abrazada a ella. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, soñó con él.Como si un filtro hubiera purificado sus memorias, solo los momentos más felices acudieron a su sueño: el instante en que se conocieron, su primer beso, la emoción cuando le propuso matrimonio, el día de su boda, la inolvidable luna de miel y aquella primera grabación para su canal. En su sueño, él la abrazaba con ternura y le susurraba que la amaba con toda su alma, asegurándole que siempre velaría por ella. Pero ahora, era momento de sanar.No sabía si en verdad era él o solo su mente influenciada por las palabras de su tía, pero al despertar sintió algo distinto. Se levantó con un ánimo renovado y lo primero que hizo fue darse una larga