Solo un milagro

Félix

—Te llevaré hasta donde está mi esposa para que escuche de tus propios labios tus sucias mentiras.

Félix sentía náuseas. Todo lo que esa mujer había dicho lo repugnaba. Quería vomitar sobre el costoso vestido que llevaba puesto, hacerla sentir el mismo desprecio y humillación que, estaba seguro, ella había infligido a Andrea en el pasado. No entendía cómo su esposa le había dado otra oportunidad a alguien así, alguien que era la personificación del mal, con un rostro hermoso, pero un alma podrida.

—¡No puedes obligarme a ir contigo! —protestó ella cuando llegaron a la planta baja, lejos de las miradas curiosas.

—Irás conmigo porque necesito librarla de tu influencia para siempre —respondió él con voz gélida—. Eres como un animal ponzoñoso que esparce su veneno, pero Andrea es un alma pura que jamás lograrás contaminar.

Aún no comprendía qué ganaba aquella mujer calumniando a su esposa de esa manera. Solo había una explicación: la envidiaba, la odiaba precisamente por su pureza.
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