El amor que nunca se va

Andrea

Las palabras de su tía calaron hondo en Andrea. Esa sería la última noche que se permitiría lamentarse. Al día siguiente, encontraría la manera de reinventarse.

Tomó una de las pijamas de su esposo y la roció con su colonia. Luego, la enredó entre sus brazos y se durmió abrazada a ella. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, soñó con él.

Como si un filtro hubiera purificado sus memorias, solo los momentos más felices acudieron a su sueño: el instante en que se conocieron, su primer beso, la emoción cuando le propuso matrimonio, el día de su boda, la inolvidable luna de miel y aquella primera grabación para su canal. En su sueño, él la abrazaba con ternura y le susurraba que la amaba con toda su alma, asegurándole que siempre velaría por ella. Pero ahora, era momento de sanar.

No sabía si en verdad era él o solo su mente influenciada por las palabras de su tía, pero al despertar sintió algo distinto. Se levantó con un ánimo renovado y lo primero que hizo fue darse una larga
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