★Marisol.
Mientras me preparaba para la cena romántica que había planeado para nuestro aniversario con David, la ansiedad me invadía. —Ya pasan de las 9 y aún no llegas —murmuré, observando el reloj que colgaba en la pared de nuestra casa. David rara vez era puntual. Su trabajo lo absorbía tanto que apenas tenía tiempo para llegar temprano a casa. Entendía su situación; habíamos pasado de ser jóvenes ricos a luchar por llegar a fin de mes. Recuerdo cómo cambió todo cuando quedé embarazada en la preparatoria. Mis padres me echaron de casa, David se negó a casarse conmigo, y me vi sin hogar. Durante dos meses, viví en casa de una compañera de la escuela, pero cuando mi embarazo se hizo evidente, sus padres me echaron también. Desesperada, busqué a David. No quería estar en la calle, incluso llegué a considerar abortar, pero sus padres lo convencieron de hacerse cargo de mí y del bebé. Nos casamos, y ahora, después de 10 años, nuestra relación ha tenido altibajos como cualquier otra pareja. Nuestro hijo, de 10 años, es un niño maravilloso que adora a su padre, y sé que David también lo ama. Sin embargo, últimamente, las cosas han sido diferentes. David llega tarde a casa, siempre está absorto en su teléfono, respondiendo mensajes de trabajo. Y lo que es más preocupante, apenas me dice que soy hermosa. Mi físico ha cambiado desde que éramos jóvenes y delgados. Ahora, con 11 kilos de más y un cabello rebelde que siempre llevo recogido, me siento insegura. David solía bromear diciendo que era una bola de carne andante, y aunque intento reírme, sus palabras me duelen. Además, mi estatura no ayuda; con apenas metro cincuenta, me siento estancada, como si el tiempo hubiera dejado de pasar para mí. Soy un duende, pero será mejor no seguir pensando en eso ahora; no quiero deprimirme más. Me quedé observando cómo la bella luz roja que encendí frente a los platos que meticulosamente preparé poco a poco se iba consumiendo, mientras las agujas del reloj avanzaban sin compasión. El tic-tac del reloj resonaba en mi pecho, causándome una punzada de dolor cada vez que lo escuchaba. Volteé para ver la hora en la esfera del reloj de pared: las diez de la noche. Tomé mi teléfono y marqué el número de David. No respondía, así que insistí hasta que finalmente la llamada fue tomada. —¿Qué pasa, gorda? —respondió David con un tono de voz algo molesto, lo cual pude percibir de inmediato. —¿Estás bien, David? Ya es muy tarde —pregunté con preocupación. —Vieja, tengo mucho trabajo. Vete a dormir, llegaré en unas horas —contestó con brusquedad. —Pero, David, hoy es nuestro aniversario. Deberías estar aquí conmigo… —intenté explicar, pero no me dejó terminar la frase cuando escuché algo que me heló la sangre. —Marisol, no seas tan... Sabes que tengo que trabajar. ¿Quién va a mantener tu apetito? Por Dios, ya madura. Te veo en casa, no me esperes despierta. Voy a colgar —dijo David con tono impaciente. Su celular no servía muy bien, ya que, desafortunadamente, cuando él estaba en una llamada, no se colgaba a menos que la otra persona lo hiciera. Pero sus palabras me dolieron tanto que olvidé colgar, y mis lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas. Hasta que escuché del otro lado de la línea. —Cariño, ya deberías decirle a tu esposa que quieres el divorcio —era la voz de una mujer. ¿A quién llama cariño? ¿A mi esposo? —Entiende, mi amor, sigo con ella porque está enferma. Tiene una enfermedad que me obliga a estar a su lado, además nuestro hijo necesita mi apoyo… ¿Cuándo me enfermé? Si soy una mujer relativamente sana. —Te entiendo, amor. Pero ya no deberías ocultar lo nuestro. Yo puedo criar a tu hijo como mío… No quería escuchar más, así que decidí intervenir. —¡David! ¡Hijo de tu…! Tienes una hora para venir por tus cosas o las quemaré en el patio, porque la enfermedad de tu mujer se ha vuelto terminal y está cometiendo locuras. Además, hace cinco minutos decidí deshacerme de todas tus pertenencias. Quiero el maldito divorcio. Colgué la llamada justo cuando escuché que estaba por decir algo. Mi teléfono comenzó a sonar, pero decidí no responder. Me levanté de la mesa y sequé las lágrimas que habían caído por mis mejillas. Caminé hacia mi habitación, sintiendo la furia y la tristeza mezcladas en mi pecho. Comencé a sacar todas las prendas de ropa de mi maldito marido y el duende gordo osea yo, los arrojó al suelo con rabia. El duende, fiel a su naturaleza, comenzó a cargar todas las cosas hasta llegar al patio trasero, donde coloqué todo en un bote de metal y le arrojé un cerillo. Observé cómo las llamas devoraban todo lo que alguna vez estuvo ligado a David, sintiendo una extraña sensación de liberación mientras el fuego consumía los recuerdos y las frustraciones de nuestro matrimonio. Luego, entré a casa y me dirigí a la licorera. Tomé una botella de vino y comencé a beber directamente de ella, buscando consuelo en el alcohol. Sonreí con amargura mientras vaciaba un poco de vino sobre el fuego, avivándolo aún más. Arrojé todo lo que quedaba de David al fuego, hasta que escuché su voz, al fin había llegado. —¿Qué te pasa, Marisol? —gritó mientras me agarraba fuerte de los hombros. —Estoy harta de ti, de este maldito matrimonio. Se acabó. Vete con tu mujer y a mí déjame en paz —respondí con firmeza, sintiendo cómo un peso se levantaba de mis hombros al pronunciar esas palabras. —¿No estás llorando? —me preguntó David con tono sorprendido. —¿Qué esperabas? ¿Que me pusiera a llorar por ti? No lloro ni cuando pico cebolla o me golpeo el dedo chiquito del pie, como tú, jajaja. ¿Llorar por ti...? No eres mi hijo Mathias así que lárgate, David —respondí con firmeza. —Marisol... —Vete, no hay nada en esta casa que te pertenezca. Ya quemé todo, así que no te preocupes por venir a recoger algo —le corté antes de que pudiera decir algo más. —¿Y qué vas a hacer ahora? No tienes ni dónde caerte muerta. Si yo no te mantengo, no tienes nada. ¿Cómo vas a alimentar a nuestro hijo? —insistió, con tono de falsa preocupación. —Eso es asunto mío y no necesito de un infiel que me mantenga. Ve a cuidar a tu amante —respondí, desafiante. —Cariño, vámonos —intervino una voz femenina desde la puerta. Volteé hacia allí y vi a una mujer rubia, de curvas prominentes y un vientre abultado. Sonreí al verla. —Felicidades por tu nuevo hijo, señorita. ¿Puedo ser madrina? —añadí, dirigiéndome a la mujer. Ella parecía confundida por la situación. Me acerqué a ella y acaricié su vientre. El bebé comenzó a moverse. —¿Aún no saben qué será este bebé? Puedo darles ideas de nombres —dije con una sonrisa, tratando de mantener la compostura a pesar de la situación. —Es un varón —respondió la amante de mi aún esposo, sin quitar su rostro de asombro. —Felicidades. Mañana mismo comenzaré los trámites del divorcio por si se quiere casar con mi marido —declaré con frialdad, mirando fijamente a David.—¡Marisol! —gritó David, visiblemente consternado.—No me grites. Váyanse a su casa. Es muy tarde para que la señorita ande de pie. Debe estar cansada; su vientre es muy grande y seguro ya va a nacer el bebé, pobre mujer —le dije a David con sarcasmo—. Conozco a un buen masajeador de pies y de espalda por si necesitas un masaje. Y cuídate, porque después de tener el bebé uno tiende a engordar, solo mírame. Bueno, me voy a dormir.Puse mi mano en el hombro de la mujer y los dejé súper confundidos. No voy a llorar por un hombre que vale tres centavos. Por mí, puede irse al infierno un millón de veces.Subí a mi recámara y escuché cómo la puerta de la calle se cerraba. Al parecer, mi estúpido esposo ya se había ido.Si me siento mal, perdí mi figura, diez años de mi vida al lado de un inútil de hombre, y ni siquiera terminé mi carrera porque me dediqué a criar a un niño y a ser una esposa ejemplar. Pero por mi Mathías, haría cualquier cosa.Me di un baño relajante y me preparé emocionalm
—Sonreí ante su comentario, pero ella parecía ofendida.—¿Qué? ¿De qué se ríe? ¿Cree que me comí un payaso o qué? Señor, si solo se burla de esta gordita, sepa que buscaré trabajo por otro lado —advirtió, mostrando fiereza en su tono.Me levanté de inmediato, antes de que ella se fuera, y extendí la mano hacia ella.—No se vaya —le rogué, tomando su mano con suavidad.Cuando nuestros ojos se encontraron, me quedé sin palabras ante su hermosa mirada.—Deje de burlarse de mí, ¿señor? —me reprochó, con un brillo de indignación en sus ojos, aunque ni siquiera le había mencionado mi nombre.★Marisol.—Leonardo —pronunció, su voz resonaba en la oficina con una autoridad que me hizo estremecer.—Señor Leonardo, usted es el administrador de recursos humanos y no puede burlarse de mí, o le diré a su jefe que está abusando de su poder —respondí, sin retroceder ante su mirada penetrante.Él pareció sorprendido por mi respuesta, pero mantuvo la compostura.—¿Mi jefe? Yo...—¿No me diga que le tie
★Marisol.Me quedé en silencio por un buen rato, tratando de entender por qué había llamado a Leo «mi Leo». Observé cómo sus manos se movían con rapidez sobre el teclado mientras trataba de explicarme cómo usar la computadora. Su expresión de concentración contrastaba con mi confusión.—¿Qué piensas, Marisol? ¿Te parece más claro ahora cómo funciona? —preguntó Leo, sonriendo al notar mi silencio.—La verdad es que estoy algo perdida. Creo que necesitaré más práctica —confesé, sintiéndome frustrada por no entender del todo.—No te preocupes, estamos aquí para aprender juntos —respondió Leo, con una voz reconfortante.Mientras seguía intentando procesar la información, mi estómago recordó que ya era hora de comer con un fuerte gruñido.—¿Te gustaría ir a comer algo? —preguntó Leo, notando mi distracción por el hambre.—¿A comer? —dudé por un momento, queriendo decirle que no, pero el vacío en mi estómago me hizo cambiar de opinión—. Bueno, quizás un bocado no estaría mal. Tengo tanta ha
★Leonardo.El deseo me invadía por completo. Su boca contra la mía despertaba cada fibra de mi ser, tanto interior como exteriormente. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba ante su cercanía, mi miembro tomó vida propia y todo lo que deseaba era perderme en cada centímetro de su cuerpo adorable.Pero justo cuando el ascensor sonó, ella salió corriendo como si el mismísimo diablo la persiguiera.—Marisol… —llamé, tratando de alcanzarla mientras salía disparado detrás de ella, pero pronto la perdí de vista en el bullicio de la ciudad.Me quedé parado en la acera, sintiéndome frustrado por mi propia imprudencia.¿Por qué había besado a Marisol de esa manera? Seguramente la había asustado.Me sentí abrumado por el remordimiento, preguntándome si había arruinado por completo nuestras posibilidades.Decidí regresar a la empresa, esperando encontrarla allí, pero ella no volvió. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirme. Marisol tenía que ser mía, sin importar el costo. Incluso si no podía tenerl
—¡Bien, cuenta! —exclamó Angie, con una expresión de expectativa en su rostro.—Me besé con un compañero de trabajo y casi hacíamos cositas en el ascensor —confesé, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas ante la mirada atenta de mis amigas.—¿Y esta guapo? —preguntó Andreina, interesada en los detalles.—Sí, está como caído del cielo, toda la tentación andando. Mientras me enseñaba a usar la computadora, mi corazón no paraba de latir y cuando lo empujé contra la pared del ascensor, no podía dejar de besarlo. Besa como los malditos grandes, nunca David me besó como él, hasta me metió la lengua muy adentro —confesé, reviviendo el momento con una mezcla de excitación y culpa.—Pero tú querías que te metiera otra cosa —intervino Itzel, quien creímos que estaba dormida, aunque después de mencionar eso, volvió a cerrar los ojos con una sonrisa pícara en los labios, provocando risas en el grupo.El chisme la llamaba aunque estuviera ausente.—Sí, quiero de todo con él. Pero a lo mejor
Me encontraba un poco aturdida y confundida, sin comprender totalmente lo que había pasado en los últimos minutos.Mientras Angie, Itzel y Andreina intentaban poner orden en el caos que había generado la inesperada visita de Leoncito, sentía cómo mi mente luchaba por entender sus motivos y mis emociones.—Marisol, ¿quién es este hombre? —preguntó Angie con un tono de preocupación mientras Itzel y Andreina me ayudaban a levantarme del suelo.—Es... es un compañero de trabajo —logré decir, aunque mis palabras se quedaron cortas para explicar su presencia en mi casa de manera tan abrupta. —Pero no entiendo, él... él arrancó la puerta de sus marcos al entrar. Chicas, de verdad que me asusté.Angie, siempre la protectora, me envolvió en un abrazo reconfortante, tratando de transmitirme su fuerza.—Ustedes dos, agárrenlo. No lo dejaremos ir de aquí hasta que explique por qué vino a molestar a mi dolor de cabeza —ordenó Andreina, asumiendo el rol de líder del grupo, con su voz firme y decidi
★Leonardo.Tener que explicarles por qué entré de esa manera a esas chicas tan entusiastas era demasiado, solo quería venir a ver a Marisol y terminé convirtiéndome en el modelo de sus próximas novelas.—Bueno, ya que ya escuchamos lo que tu 'banano' tenía que decir, nos vamos —dijo Andreina, con una sonrisa traviesa.Aún no entiendo por qué me comparan con una fruta.Marisol se acercó a mí.—No creas que te he perdonado por desmontar mi puerta —murmuró con un tono entre serio y juguetón.Me reí nerviosamente, sintiendo el peso de su mirada sobre mí.—Lo siento mucho, Marisol. Fue un error y estoy dispuesto a compensarlo de alguna manera —respondí, tratando de sonar lo más sincero posible.Ella asintió, pero su expresión seguía siendo un poco tensa.—Lo sé, Leo. Pero asegúrate de que no vuelva a suceder. Mi puerta no puede permitirse otro encuentro con tus habilidades destructivas —dijo con una sonrisa leve, pero sus ojos reflejaban una advertencia clara.Asentí con firmeza, decidido
—David, ¿qué haces aquí? —preguntó Marisol, alejándose de mí.Fue en ese momento que caí en cuenta de que este era el idiota que había hecho sufrir a mi cachetitos.—Solo vine a mi casa. ¿Acaso no puedo venir? —replicó él, sin dejar de mirar con desprecio hacia donde estábamos.—No tienes nada que hacer aquí, vete con tu mujer —dijo Marisol con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente, revelando la tensión del momento.David frunció el ceño, claramente irritado por la respuesta de Marisol, pero no se movió de la entrada. Cruzó los brazos, aparentemente decidido a complicar más las cosas.—Es que aún no entiendes, Marisol, ¿verdad? Esta sigue siendo mi casa también, y tengo derecho a estar aquí tanto como tú.—Tal vez legalmente, pero moralmente, perdiste ese derecho hace mucho.Intervine, dando un paso hacia él, sintiendo una oleada de protección hacia Marisol.—David, ¿qué haces aquí? —preguntó Marisol, alejándose de mí. Fue en ese momento que caí en cuenta de que este era el idio