En voz alta

Rachel sentía que la boca de Alexander quemaba, pero que su respiración era aún peor; como si estuviera envuelta en llamas.

Si antes su corazón estaba acelerado, ahora estaba a punto de abandonar su caja torácica.

«¡He muerto y llegado al cielo con la diosa Selene!» exclamó Lyall con entusiasmo.

Alexander ni siquiera le respondió, las sensaciones que estaba experimentando eran exquisitas y fuera de ese mundo, como si estuviera viajando muy lejos de su cuerpo.

Anhelaba sentir más y más de lo que los labios y la piel de su pareja destinada podía ofrecerle.

—¡Señor! ¿Está todo bien? —una voz a sus espaldas hizo gruñir a su lobo y también a Alexander, que se apartó de la boca de Rachel muy a su pesar.

«Este… hijo de su madre no tiene vida? ¿No duerme? ¡Voy a matarlo!» rugió Lyall poseso de una ira burbujeante.

«Por primera vez estoy de acuerdo contigo, maldición» rugió Alexander también.

Su actitud hizo a Rachel despertar de su letargo, viendo con ojos muy abiertos el rostro del Duque, en
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