Heinz se colocó frente a ella una vez más, y su mirada se posó en el torso desnudo de Ha-na. Solo llevaba la falda, las medias veladas y los tacones altos, una imagen gloriosa para su retina. Extendió su mano y comenzó a masajear sus senos gráciles, sintiendo la suavidad de su piel y la firmeza de sus pechos. Las areolas rosadas y los pezones diminutos se endurecieron bajo sus dedos. Luego, no pudo resistir la tentación de inclinarse y llevárselos a la boca. Con voracidad, comenzó a chupar y morder suavemente los pezones de Ha-na, provocando que ella soltara gemidos ahogados.—Ahh… Ahh… Mmm…Los ruidos de Ha-na llenaban el despacho empresarial, mezclándose con el ritmo acelerado de sus respiraciones. La entrepierna de Heinz se endureció aún más, presionando contra su pantalón, mientras continuaba explorando cada centímetro de su cuerpo.Ha-na, perdida en el placer, dejó que las sensaciones la inundaran por completo. Sus manos se aferraron a los hombros de Heinz, mientras respondía a c
Ha-na se aferraba al borde del escritorio. Su anatomía vibrando con fuerte temblor ante los asaltos por detrás que le propinaba su joven jefe. La superficie fría le hizo erizar los vellos de su piel, mientras era recorrida por electricidad y dureza en su humanidad. Las acometidas la sumían más en una vorágine de emociones que la dejaba sin aliento. Su mente trataba de procesar lo que sucedía, pero era inútil; todo su ser estaba atrapado en el presente, en el caos maravilloso de lo que compartía con Heinz.El aire en la oficina se volvió más denso con cada instante, saturado de su respiración acelerada y de los sonidos que no podían contener. Jadeos y gemidos escapaban de sus labios en una melodía desordenada que llenaba el despacho, mezclándose con el eco plausivo de sus movimientos. Era un ritmo frenético, como si el tiempo se hubiera desquebrajado, y solo existieran ellos en ese pequeño universo cerrado por las paredes de cristal.Heinz, detrás de ella, sentía un torbellino en su pe
Desde aquel día, al anochecer, la rutina entre Heinz y Ha-na se transformó en algo más íntimo y apasionado. Ya no se limitaban a un simple beso por contrato. Heinz, con mirada ardiente, comenzaba a desnudar lentamente el torso de Ha-na, revelando su piel pálida y suave. Sus labios encontraban sus pechos, chupando y mordiendo con una mezcla de ternura y voracidad que la hacía estremecer ante el acto devorador de su joven jefe, su amante y su salvador, quien había sido su soporte en esta instancia de su vida.Ha-na, siempre impecable con sus faldas ajustadas, medias veladas y tacones altos, parecía haber aceptado un acuerdo tácito: su vestimenta no solo era elegante, sino también funcional, facilitando esos encuentros furtivos que los consumían en la privacidad de la oficina ejecutiva del respetado CEO de la empresa.Heinz la empinaba contra el escritorio. Sus manos firmes agarraban sus caderas, mientras la empujaba con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo y rítmico, producí
Heinz quedó embelesado con el rostro que tenía frente a él, aquella que siempre había considerado única, etérea, pero que ahora era una realidad tangible a su tacto. Los ojos de Ha-na, rasgados y profundos, lo observaban con una mezcla de deseo y fervor, como si lo llamara, nada más con esas perlas negras. Eran de un tono marrón oscuro, como la tierra mojada después de la lluvia, y reflejaban un sinfín de emociones que lo atrapaban en su intensidad. Su nariz delicada, perfectamente equilibrada en el centro de su rostro, acentuaba la armonía de sus rasgos asiáticos.Y esos labios que había imaginado tantas veces, pero ahora estaban allí, tan cerca, entreabiertos y suaves, como si aguardaran un beso que él estaba dispuesto a dar. La forma en que la luz tenue de la sala jugaba con su piel impecable, tan tersa y suave bajo sus dedos, lo hacía perderse aún más en ella. Sus pómulos altos y definidos le daban un aire de fortaleza, pero también un toque de fragilidad que lo hacía querer proteg
Ha-na percibía como cada fibra de su ser se encontraba al borde del frenesí. El calor que irradiaba Heinz se sentía como un incendio que abrazaba. Sin embargo, por eso estaba loca, porque no deseaba huir de esas llamas. Por el contrario, quería hundirse más en ellas, sentirlas consumir cualquier atisbo de duda o resistencia que pudiera quedar en su interior y que la llenaran con dureza y lava en su interior.La textura de él le resultó extrañamente reconfortante. Sus ojos azules profundos que tantas veces la habían mirado con una intensidad que rozaba la posesión, ahora estaban cerrados, vulnerables, entregados a lo que ella le ofrecía.El silencio entre ambos era elocuente. Se dio cuenta de que estaba temblando, pero no era de nerviosismo. Era de una mezcla de anticipación y reconocimiento por querer estar con ese hombre maravilloso que desde que había pasado aquel suceso, la había estado acompañando en su vida cotidiana, como su arrogante jefe, y al que debía pagar su deuda de besos.
Al llevarla, Heinz solo contemplaba como si el mundo entero se redujera al peso ligero de Ha-na en sus brazos. No era solo su cuerpo lo que sostenía, sino todo lo que ella representaba para él. Los pasos que daba hacia el dormitorio estaban llenos de una lasciva anticipación. Ese recorrido marcaba la consagración de su relación de amantes y furtiva. Ya no había manera de detener lo que ambos sentían; era algo que los superaba en todos los aspectos, físicos, psicológicos y de cualquiera otra índole. Sus sentimientos se habían apoderado de su razón.Al adentrarse en el dormitorio, su mente estaba nublada por la intensidad del momento. No podía apartar los ojos del rostro de Heinz. Su expresión era seria y voraz, con un deseo evidente de comerla. Había una pasión controlada en sus ojos, una intensidad que hablaba de un deseo profundo y arraigado. Ella temblaba de la magnitud de lo que compartían, de lo que estaban a punto de vivir nuevamente y que había comenzado a experimentar desde hace
Al día siguiente, ambos se levantaron temprano, listos para enfrentar un nuevo día en la empresa. Él, un hombre de porte elegante, con una presencia imponente que reflejaba su posición como CEO, se acercó a Ha-na con una sonrisa cálida. Ella, su hermosa secretaria asiática, irradiaba una gracia natural que no pasaba desapercibida.Ella se acercó con una camisa recién planchada en las manos.—Déjame ayudarte —dijo Ha-na con suavidad.Mientras él se giró hacia ella y dejó que sus manos delicadas colocaran la camisa sobre sus hombros, abotonándola con cuidado. Cada gesto suyo era meticuloso, como si quisiera asegurarse de que Heinz estuviera perfecto para el día que tenían por delante. Ajustó su corbata con precisión y ternura.Luego fue su turno. Él tomó un vestido oscuro que sabía que era uno de los favoritos de ella y se lo ofreció. Ella sonrió con confianza, mientras él la ayudaba a colocárselo. Sus dedos rozaron su piel por un instante, y ambos compartieron una mirada cómplice.Al te
Ha-na preparó los documentos en su escritorio. Fua al baño a retocar su maquille, labial y su perfume. Ya era la hora del almuerzo, por lo que sus compañeros habían ido al comedor de la empresa. Solo ella estaba ahí por ser la “menos afortunada”, por ser la secretaria del CEO, Heinz Dietrich.Heinz había bajado las persianas de su ventana, haciendo que fuera imposible ver hacia adentro.Ha-na entró con los documentos y cerró la puerta con seguro. Se miraron en la distancia. Ambos sabían lo que estaba por pasar. Quedarse solo era peligroso para ellos por todo lo que podía suceder. Se quedaron viendo con anhelo, como amantes secretos. Todo había comenzado por un beso, un contrato y, ahora, eso había trascendido hasta convertirse en amantes secretos.Ha-na cerró la puerta detrás de ella, sosteniendo los documentos contra su pecho como un escudo. El silencio en la oficina de Heinz Dietrich era casi absoluto, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado. La atmósfera estaba cargad