ELENA—¡Igor! —llamé, mi voz quebrada por la ansiedad—. ¡Igor, hijo! ¿Dónde estás?Silencio. Mi corazón martilleaba con fuerza, y el frío de la preocupación se extendía por mi pecho. Traté de escuchar, de captar cualquier sonido que indicara dónde estaba. No podía soportar la idea de que algo le hubiera pasado.—¿Igor?De repente, pasos firmes se acercaron hacia mí. Supe de inmediato que era Dante; reconocería su presencia en cualquier lugar.—Elena, tranquila, —dijo con voz grave y calmada. —Lo encontré. Igor está bien.Un suspiro tembloroso escapó de mis labios.—¿Dónde estaba?—Jugando cerca de la casa, —respondió. —Debemos recordarle que no puede alejarse sin avisar.Sentí un alivio abrumador cuando Dante colocó a Igor en mis brazos. El pequeño soltó una risita despreocupada, ajeno a mi desesperación. Lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cabello suave.—No vuelvas a asustarme así, Igor, —murmuré, tratando de mantener mi voz firme.Dante se inclinó y besó mi frente con
ELENA —Todo fue por Selene, Elena, —insistió Liana—. El vino que le dio lo mantenía bajo su control. Alaric no estaba en sus cabales, no podía actuar por voluntad propia. Cada decisión que tomó, cada acto que cometió… todo fue manipulado por ella.Cerré los ojos —un gesto automático más que necesario, considerando mi ceguera— y apreté los labios. Había algo en sus palabras que quería rechazar, una resistencia obstinada a permitir que esas piezas encajaran en el rompecabezas de mi realidad.—Y eso qué importa ahora, Liana, —respondí finalmente—Yo ya tomé mi decisión. Me casé con Dante. Él es mi esposo, el hombre que estuvo conmigo cuando más lo necesitaba. Él me salvó del calabozo que el propio Alaric ordenó, me ayudó a reconstruirme cuando no sabía si podría levantarme de nuevo.Liana suspiró con frustración. Sentí cómo se movía a mi alrededor, probablemente intentando contener lo que realmente quería decir.—Elena, —su voz adoptó un tono más suave, casi maternal—, no confundas el am
ELENAMi espalda estaba presionada contra la corteza rugosa del árbol, mi respiración entrecortada mientras luchaba por mantener el aire en mis pulmones. Unas manos ásperas me sujetaban del cuello, privándome del oxígeno que tanto necesitaba. La sensación de asfixia era insoportable, pero mi instinto de supervivencia superaba cualquier debilidad.—Así que Elena Moon White. —¡Suéltame!—Hoy es el día de tu muerte. Llevaba dos días en búsqueda de Dante, me aparté de mis betas, ya que creí verlo, pero fue un extraño quien me tomó por el cuello. Mi mente corría tan rápido como mi corazón. Intenté recordar cada lección, cada movimiento que me habían enseñado para defenderme, pero la falta de visión complicaba todo. Solo podía sentir, oler, escuchar… y ahora, luchar.Con todas mis fuerzas, levanté una rodilla hacia el cuerpo del hombre que me tenía atrapada. Lo escuché gruñir, pero su agarre no cedió. Mi rabia se intensificó. No iba a morir aquí, no de esta forma.Y entonces, todo cambi
Elena—Mamá —abracé a Igor y lo apreté en mi pecho. —Elena —insistió Alaric, esperando una respuesta a su pregunta—. Elena, debemos hablar.El ya sabía la verdad, No había duda. Era obvio que Atenea no iba a quedarse callada. —No hay nada que discutir, Alaric.Sentí su presencia acercarse de nuevo, pero antes de que pudiera responder, otro conjunto de pasos se unió a nosotros. Liana llegó, su respiración agitada.—Elena, algo urgente ha sucedido.Junto a ella, un beta de la manada se adelantó.—Hemos recibido esto.Me entregó una flecha con un trapo rojo atado. Conocía bien su significado.—¿Una declaración de guerra?Mi mente se llenó de confusión. ¿Quién se atrevía a esto? —Mi tío se aseguró de forjar alianzas.El beta asintió, aunque su preocupación era palpable.—Al parecer alguien de nuestra manada fue el primero en enviar una advertencia.—Eso no es posible, nunca haría algo como eso y nadie además de mí podría hacer algo como esto. Iré a hablar con el Alfa de esa manada. Nec
ALARICEl aroma de la madera húmeda y el musgo fresco impregnaba el aire mientras cruzábamos el umbral del territorio de los Moon Gray. Caminamos junto al beta que nos guiaba. —Espéranos aquí. —le ordenó Elena, mientras caminamos hacia la entrada principal. —Quiero ver al Alfa —exigió Elena con un tono firme, directo, como siempre.Un beta de los Moon Gray, corpulento y de mirada recelosa, asintió y desapareció entre los árboles para buscarlo. Mientras esperábamos, no podía dejar de observarla. Elena tenía una presencia que superaba cualquier limitación. Era su manera de erguirse, de hablar, de parecer intocable, incluso en territorio enemigo. Ahora estaba más hermosa, no me enamore por su físico, sino por su corazón, su sencillez y nobleza, y ahora que no tomaba el dichoso vino, me daba cuenta del gran daño que le causé.Y lo más importante. Un hijo. Igor, ese cachorro indetenible era mi hijo. Después de unos minutos, el sonido de pasos se acercó. Un hombre alto, de cabello oscu
ELENAEl estudio de mi tío Adriel siempre había sido un lugar sagrado para mí.Este lugar había sido el corazón de la manada, y ahora, como líder, era mío. Pero hoy no me sentía fuerte, ni invencible. Me sentía traicionada.Esperaba a Dante. Mi esposo. La persona en quien más confiaba… hasta que dejó de serlo. Cada segundo que pasaba sin que llegara se sentía como una piedra más en el creciente peso que cargaba en el pecho. Finalmente, escuché el sonido de sus botas contra el suelo del pasillo.—Elena. —Su voz grave llenó el espacio antes de que él lo hiciera.La puerta se cerró detrás de él con un suave clic, y su aroma, una mezcla de cedro y cuero, envolvió el aire. No hubo vacilación en sus pasos; se acercó a mí con determinación y, antes de que pudiera decir nada, sentí sus labios sobre los míos. —Hola amor. —me besó y le correspondí—. Tus ojos. —dijo de pronto al darse cuenta de que no me encontraba con ceguera. Hizo un gesto y supe que su pregunta no tardaría. —¿Dónde está Ig
La conmoción era palpable, como un manto que envolvía a todos los presentes. Selene estaba ahí, de pie frente a nosotros, pero parecía apenas una sombra de la mujer que recordaba. Su cabello, antes brillante, estaba sucio y desordenado, y sus ropas desgarradas colgaban de su cuerpo como si fueran una burla de lo que alguna vez fue. Sus ojos, sin embargo, mantenían una fuerza inquietante, desafiando las miradas incrédulas que se clavaban en ella.Alaric fue el primero en moverse. Su rabia fue un torbellino que lo llevó directo a Selene, tomándola por el cuello con una fuerza que me hizo contener el aliento.—¡Maldita sea, Selene! —su voz era un rugido, cargado de una ira contenida que había estado acumulándose por demasiado tiempo—. ¿Crees que puedes aparecer así, como si nada? ¿Después de haberme manipulado con ese maldito vino hechizado?Selene no hizo el menor esfuerzo por liberarse. Su postura era rígida, pero sus ojos se clavaron en los de Alaric con una calma desconcertante.—No
ELENAEl suave vaivén de la mecedora parecía calmar a Igor, quien ya había cerrado sus pequeños ojos. Mi hijo. Mi milagro. Lo miré con un amor que dolía en el pecho mientras lo colocaba con cuidado en su cuna. Su respiración era tranquila, un suave susurro que me hacía olvidar, aunque solo por un instante, el caos que rugía afuera.Sabía que mi ejército estaba ahí fuera, buscándola. Atenea había escapado y, con cada hora que pasaba, el peligro crecía. Pero en ese momento, la única presencia que importaba era la de mi hijo. Acaricié su mejilla con la yema de los dedos y me prometí, como tantas veces antes, que haría todo lo posible por protegerlo.Al girarme hacia la esquina de la habitación, mi mirada cayó sobre los diez diarios que Dámaso me había entregado. Eran viejos, encuadernados en cuero desgastado, fueron enviados por su madre, ahí estaba la historia de mi origen, mi historia, todo lo que había estado oculto...Pero antes de que pudiera empezar a leer, una presencia irrumpió e