Sucio.

Lucian arreglaba la casaca con dedos temblorosos, los ojos fijos en el suelo de piedra pulida de la sala del trono, como si allí pudiera encontrar alguna redención. Pero todo lo que veía reflejado era su propia sombra… y, con ella, el peso de lo que era. De lo que se había convertido.

Ajustó el cuello, estiró la tela de sus pantalones, intentó disimular la tensión en su mandíbula, pero no servía de nada. Nada borraba aquella sensación.

Sucio.

Esa era la palabra.

Así se sentía cada vez que cedía. Cada vez que dejaba que Arabella lo envolviera de nuevo en esa red prohibida. Era su hermana. Su carne. Su sangre. Y aun así…

Lucian cerró los ojos por un instante, tratando de alejar el recuerdo, pero este llegó de todos modos, como una serpiente susurrando en su mente.

La primera vez.

Ella entró por esas puertas con los ojos vidriosos, los labios temblorosos, el cabello despeinado como si hubiera corrido contra el viento. Sus manos apretaban los pliegues del vestido, y su voz..
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