El sol se alza sobre el reino, pero la luz de la mañana no disipa la ansiedad de Eleonora. Desde que despertó, ha permanecido en el balcón de sus aposentos, observando el horizonte con el corazón encogido. La espera se ha vuelto insoportable; su cuerpo y su alma exigen respuestas. Los días han sido una tortura. Ha rezado hasta que sus labios se han secado, ha llorado hasta que sus ojos han ardido. Sabe que Alejandro es fuerte, que es un guerrero formidable, pero el temor de perderlo no la ha abandonado ni un solo instante. Un golpe en la puerta la hace girar de inmediato. Julie entra, su rostro iluminado por una sonrisa contenida. —Majestad… ha llegado un mensajero. Eleonora siente un vuelco en el pecho. Da un paso al frente, temiendo preguntar. —¿Qué noticias trae? Julie se apresura a acercarse, la emoción contenida en su mirada. —El rey… —sus ojos brillan—. Está bien y viene de regreso. El aire abandona los pulmones de Eleonora de golpe. Durante días ha vivido con la angusti
El carruaje avanza lentamente por el camino empedrado, rodeado por la escolta real. En el interior, Alejandro se recuesta contra los cojines, su cuerpo aún agotado por la fiebre y el veneno de la serpiente. Aunque la curación ha sido rápida gracias a los remedios de Brígida, todavía siente el peso de la batalla en cada músculo.Eleonora no se separa de su lado. Tras el primer abrazo que compartieron al reencontrarse, ella ha permanecido junto a él en el carruaje, observándolo con el ceño fruncido, como si temiera que desapareciera en cualquier momento.—Deberías descansar —murmura ella, posando una mano sobre su brazo.Alejandro entreabre los ojos y la observa con una leve sonrisa cansada.—He pasado demasiado tiempo inconsciente —responde con voz ronca—. Prefiero verte a ti.Eleonora sacude la cabeza con suavidad, sin apartar la mirada de su rostro.—Podrás verme todo lo que quieras cuando lleguemos al palacio, pero ahora necesitas recuperar fuerzas.Brígida, que ha permanecido en si
Alejandro se ha recuperado rápidamente gracias a los cuidados de Eleonora y a los remedios de Brígida. Su piel ya no luce tan pálida, y la fuerza ha vuelto a sus movimientos. Ahora está sentado en un sillón junto al fuego, con una copa de vino en la mano, mientras la observa con atención. Eleonora ha estado postergando este momento. No quería preocuparlo mientras estaba débil, pero ahora que ha recobrado su energía, no puede ocultarlo más. —Debo contarte algo —dice ella, sentándose frente a él. Alejandro frunce el ceño de inmediato. —¿Qué ocurre? Eleonora respira hondo antes de hablar. —Mientras estabas fuera, hubo una revuelta en el pueblo. Él se endereza en su asiento, dejando la copa a un lado. —¿Una revuelta? —El parlamento aprobó nuevas medidas que oprimían aún más a los ciudadanos. Aumentaron los impuestos y castigaron con severidad a quienes no podían pagarlos. Cuando la gente salió a protestar, enviaron soldados a reprimirlos… con violencia. Alejandro aprie
El silencio de la alcoba se rompe solo por la respiración entrecortada de ambos. Eleonora, aún temblando por la intensidad de la confesión de Alejandro, da un paso atrás sin apartar los ojos de los suyos. Su pecho sube y baja con agitación, su mente aún intenta procesar la magnitud de sus palabras:"Me enamoré de ti."Pero no quiere palabras ahora. Quiere demostrarle que su amor es mutuo, que ha esperado demasiado para entregarse a él, para dejar que la pasión contenida los consuma hasta la última fibra de su ser.Con la mirada fija en la de Alejandro, Eleonora desliza sus manos hasta los lazos de su vestido y comienza a deshacerlos con calma. La tela cede poco a poco, aflojándose, resbalando sobre su piel hasta deslizarse completamente por su cuerpo, cayendo a sus pies en un susurro de seda.Alejandro la observa con los labios entreabiertos, la sorpresa pintada en su rostro, pero sobre todo el deseo, crudo y profundo, reflejado en la intensidad de su mirada.Eleonora, completamente d
Los primeros rayos de sol se filtran por los ventanales de la alcoba real, iluminando los rastros de la noche pasada. Las sábanas están revueltas, el dosel levemente descorrido, y la fragancia de Alejandro aún impregna el aire.Eleonora despierta con la sensación del cuerpo de su esposo aún enredado con el suyo. Se gira lentamente y lo encuentra dormido a su lado. Su rostro luce sereno, más relajado de lo que jamás lo ha visto. Su respiración es pausada, su pecho sube y baja con calma, y su cabello oscuro está ligeramente desordenado.Sonríe al verlo así. Pasa la yema de los dedos por la línea de su mandíbula con una ternura que antes solo se permitía en sus pensamientos. Apenas puede creer que, después de tanta espera, finalmente se han entregado el uno al otro.Pero entonces recuerda que debe ser discreta. No quiere que la noticia de su unión se convierta en el murmullo de la corte antes de que ellos mismos decidan hacerlo público.Con cuidado, se desliza fuera de la cama y busca su
La noticia se esparce como el fuego en un campo seco. No hace falta que nadie lo anuncie; basta con las miradas cómplices, los susurros en los pasillos y la atmósfera cargada de algo nuevo, algo que hace mucho no se siente en palacio: esperanza. Y así es como la Reina Madre lo sabe. Desde temprano, la Reina Madre nota el brillo en los ojos de su hijo cuando lo ve en el desayuno. Alejandro siempre ha sido un hombre contenido, pero esta mañana hay en él una ligereza en los gestos, una serenidad en la mirada… una felicidad que no se puede ocultar. Cuando Eleonora entra en el salón, los ojos de la Reina Madre pasan de su hijo a su nuera, y lo que ve termina de confirmar sus sospechas. Eleonora también irradia algo diferente: una suavidad en la expresión, una paz que se mezcla con un destello de emoción oculta. La Reina Madre, con toda la dignidad de su posición, se mantiene en calma durante el desayuno, pero en cuanto Alejandro se retira para atender asuntos del reino, no puede con
El gran salón del Parlamento está repleto. Los miembros de la asamblea ocupan sus respectivos lugares, algunos con la expresión tensa, otros con el rostro impasible. Pero todos guardan silencio cuando las puertas se abren con fuerza y la imponente figura del rey Alejandro aparece en el umbral. A pesar de su reciente recuperación, su sola presencia es abrumadora. Su porte regio, la mirada fría como el acero y la severidad en su expresión provocan un escalofrío en más de uno de los presentes. Los consejeros y nobles se ponen de pie en señal de respeto, pero Alejandro no les concede ni un instante para sus falsos honores. Sus pasos resuenan en el suelo de mármol mientras avanza hasta el centro de la sala. —Majestad —se atreve a hablar uno de los hombres—, es un alivio veros sano de nuevo. Alejandro ni siquiera parpadea. —Me hubiese aliviado más regresar a un reino en paz —responde con frialdad—. Pero en mi ausencia, os habéis tomado demasiadas libertades. Un murmullo inquieto recor
El gran comedor está iluminado por el resplandor de los candelabros. El aroma de los platillos preparados por los mejores cocineros del palacio llena el aire. La mesa está servida con todo el esplendor que una cena real merece, pero Eleonora apenas presta atención a la comida.No puede hacerlo. No cuando Alejandro está frente a ella, observándola con esa intensidad que la hace estremecer hasta los huesos.Desde que ha llegado, su mirada la ha seguido en todo momento. No es el escrutinio frío y calculador que solía dedicarle en el pasado, sino algo más profundo, más peligroso. Una promesa silenciosa.Eleonora lo entiende.Porque ella siente lo mismo.Levanta su copa y da un sorbo pausado, fingiendo indiferencia, pero cuando sus ojos se encuentran de nuevo, la chispa entre ambos es innegable.Alejandro también juega el mismo juego. Se lleva un trozo de carne a la boca con lentitud deliberada, sin apartar la vista de ella. Su lengua roza apenas sus labios después de tragar, y Eleonora si