El silencio de la alcoba se rompe solo por la respiración entrecortada de ambos. Eleonora, aún temblando por la intensidad de la confesión de Alejandro, da un paso atrás sin apartar los ojos de los suyos. Su pecho sube y baja con agitación, su mente aún intenta procesar la magnitud de sus palabras:"Me enamoré de ti."Pero no quiere palabras ahora. Quiere demostrarle que su amor es mutuo, que ha esperado demasiado para entregarse a él, para dejar que la pasión contenida los consuma hasta la última fibra de su ser.Con la mirada fija en la de Alejandro, Eleonora desliza sus manos hasta los lazos de su vestido y comienza a deshacerlos con calma. La tela cede poco a poco, aflojándose, resbalando sobre su piel hasta deslizarse completamente por su cuerpo, cayendo a sus pies en un susurro de seda.Alejandro la observa con los labios entreabiertos, la sorpresa pintada en su rostro, pero sobre todo el deseo, crudo y profundo, reflejado en la intensidad de su mirada.Eleonora, completamente d
Los primeros rayos de sol se filtran por los ventanales de la alcoba real, iluminando los rastros de la noche pasada. Las sábanas están revueltas, el dosel levemente descorrido, y la fragancia de Alejandro aún impregna el aire.Eleonora despierta con la sensación del cuerpo de su esposo aún enredado con el suyo. Se gira lentamente y lo encuentra dormido a su lado. Su rostro luce sereno, más relajado de lo que jamás lo ha visto. Su respiración es pausada, su pecho sube y baja con calma, y su cabello oscuro está ligeramente desordenado.Sonríe al verlo así. Pasa la yema de los dedos por la línea de su mandíbula con una ternura que antes solo se permitía en sus pensamientos. Apenas puede creer que, después de tanta espera, finalmente se han entregado el uno al otro.Pero entonces recuerda que debe ser discreta. No quiere que la noticia de su unión se convierta en el murmullo de la corte antes de que ellos mismos decidan hacerlo público.Con cuidado, se desliza fuera de la cama y busca su
La noticia se esparce como el fuego en un campo seco. No hace falta que nadie lo anuncie; basta con las miradas cómplices, los susurros en los pasillos y la atmósfera cargada de algo nuevo, algo que hace mucho no se siente en palacio: esperanza. Y así es como la Reina Madre lo sabe. Desde temprano, la Reina Madre nota el brillo en los ojos de su hijo cuando lo ve en el desayuno. Alejandro siempre ha sido un hombre contenido, pero esta mañana hay en él una ligereza en los gestos, una serenidad en la mirada… una felicidad que no se puede ocultar. Cuando Eleonora entra en el salón, los ojos de la Reina Madre pasan de su hijo a su nuera, y lo que ve termina de confirmar sus sospechas. Eleonora también irradia algo diferente: una suavidad en la expresión, una paz que se mezcla con un destello de emoción oculta. La Reina Madre, con toda la dignidad de su posición, se mantiene en calma durante el desayuno, pero en cuanto Alejandro se retira para atender asuntos del reino, no puede con
El gran salón del Parlamento está repleto. Los miembros de la asamblea ocupan sus respectivos lugares, algunos con la expresión tensa, otros con el rostro impasible. Pero todos guardan silencio cuando las puertas se abren con fuerza y la imponente figura del rey Alejandro aparece en el umbral. A pesar de su reciente recuperación, su sola presencia es abrumadora. Su porte regio, la mirada fría como el acero y la severidad en su expresión provocan un escalofrío en más de uno de los presentes. Los consejeros y nobles se ponen de pie en señal de respeto, pero Alejandro no les concede ni un instante para sus falsos honores. Sus pasos resuenan en el suelo de mármol mientras avanza hasta el centro de la sala. —Majestad —se atreve a hablar uno de los hombres—, es un alivio veros sano de nuevo. Alejandro ni siquiera parpadea. —Me hubiese aliviado más regresar a un reino en paz —responde con frialdad—. Pero en mi ausencia, os habéis tomado demasiadas libertades. Un murmullo inquieto recor
El gran comedor está iluminado por el resplandor de los candelabros. El aroma de los platillos preparados por los mejores cocineros del palacio llena el aire. La mesa está servida con todo el esplendor que una cena real merece, pero Eleonora apenas presta atención a la comida.No puede hacerlo. No cuando Alejandro está frente a ella, observándola con esa intensidad que la hace estremecer hasta los huesos.Desde que ha llegado, su mirada la ha seguido en todo momento. No es el escrutinio frío y calculador que solía dedicarle en el pasado, sino algo más profundo, más peligroso. Una promesa silenciosa.Eleonora lo entiende.Porque ella siente lo mismo.Levanta su copa y da un sorbo pausado, fingiendo indiferencia, pero cuando sus ojos se encuentran de nuevo, la chispa entre ambos es innegable.Alejandro también juega el mismo juego. Se lleva un trozo de carne a la boca con lentitud deliberada, sin apartar la vista de ella. Su lengua roza apenas sus labios después de tragar, y Eleonora si
El aire del bosque huele a tierra húmeda y hierbas frescas, mientras Eleonora avanza por el estrecho sendero que la lleva a la cabaña de Brígida. El canto de los pájaros y el murmullo del viento entre los árboles acompañan sus pasos, otorgándole una paz que pocas veces encuentra en el palacio. Cuando llega, la pequeña cabaña de madera luce tan acogedora como siempre, con el humo de la chimenea elevándose en una espiral perezosa hacia el cielo grisáceo. Antes de tocar la puerta, Eleonora se toma un instante para observar el lugar. Es sencillo, pero hay algo en él que la hace sentir segura, como si en aquel rincón apartado del mundo no existieran ni las intrigas del parlamento ni las exigencias de la monarquía. Toca suavemente la puerta. No pasa mucho tiempo antes de que Brígida la abra, con esa sonrisa tranquila que siempre lleva en el rostro. —Me agrada mucho tu visita, pero no creo que solo hayas venido por cortesía —dice la curandera con una mirada divertida. Eleonora baja l
Al amanecer, Eleonora deja el palacio, escoltada por un grupo reducido de guardias. No quiere una gran comitiva ni llamar demasiado la atención; desea ver el reino como es en realidad, sin filtros ni preparativos para recibir a la reina.Camina por los mercados, por las calles donde los niños corren descalzos, entre los puestos de pan y frutas que desprenden aromas dulces y hogareños. Saluda a los comerciantes, observa los talleres donde herreros y tejedores trabajan sin descanso. Ve la fatiga en los rostros de los campesinos que descargan sacos de grano y la mirada resignada de las mujeres que venden verduras a precios que apenas les alcanzan para vivir.Pero lo que más le llama la atención son los niños.Algunos corretean entre los puestos, jugando con lo poco que tienen. Otros ayudan a sus padres en los negocios o en los campos. Pero ninguno, ni uno solo, parece tener acceso a la educación.Eleonora se detiene junto a una anciana que vende manzanas y observa a un niño que intenta c
La mañana es fresca. Eleonora se acerca a Alejandro con una petición. Él está en su despacho, revisando documentos, pero apenas ella entra, levanta la vista.—¿Qué ocurre, Eleonora? —pregunta con curiosidad.Ella sonríe, con ese brillo en los ojos que Alejandro ya ha aprendido a reconocer.—Quiero que vengas conmigo al lugar de la construcción.Él arquea una ceja.—¿Para qué?—Para acompañar a los obreros, a los niños… Quiero que veas lo que estamos haciendo.Alejandro apoya los codos en el escritorio y la observa con interés.—¿Y por qué exactamente deseas que vaya?Eleonora cruza los brazos y lo mira con determinación.—Porque esta no es solo mi idea, es un proyecto de ambos. Es para el reino. La gente necesita ver que su rey también lo apoya.Alejandro la estudia por un momento, luego suelta un leve suspiro y se pone de pie.—Bien, vamos.Eleonora sonríe con satisfacción.Cuando llegan al lugar, la escena que encuentran es un reflejo de esperanza. Los obreros trabajan con entusiasm