La noticia se esparce como el fuego en un campo seco. No hace falta que nadie lo anuncie; basta con las miradas cómplices, los susurros en los pasillos y la atmósfera cargada de algo nuevo, algo que hace mucho no se siente en palacio: esperanza. Y así es como la Reina Madre lo sabe. Desde temprano, la Reina Madre nota el brillo en los ojos de su hijo cuando lo ve en el desayuno. Alejandro siempre ha sido un hombre contenido, pero esta mañana hay en él una ligereza en los gestos, una serenidad en la mirada… una felicidad que no se puede ocultar. Cuando Eleonora entra en el salón, los ojos de la Reina Madre pasan de su hijo a su nuera, y lo que ve termina de confirmar sus sospechas. Eleonora también irradia algo diferente: una suavidad en la expresión, una paz que se mezcla con un destello de emoción oculta. La Reina Madre, con toda la dignidad de su posición, se mantiene en calma durante el desayuno, pero en cuanto Alejandro se retira para atender asuntos del reino, no puede con
El gran salón del Parlamento está repleto. Los miembros de la asamblea ocupan sus respectivos lugares, algunos con la expresión tensa, otros con el rostro impasible. Pero todos guardan silencio cuando las puertas se abren con fuerza y la imponente figura del rey Alejandro aparece en el umbral. A pesar de su reciente recuperación, su sola presencia es abrumadora. Su porte regio, la mirada fría como el acero y la severidad en su expresión provocan un escalofrío en más de uno de los presentes. Los consejeros y nobles se ponen de pie en señal de respeto, pero Alejandro no les concede ni un instante para sus falsos honores. Sus pasos resuenan en el suelo de mármol mientras avanza hasta el centro de la sala. —Majestad —se atreve a hablar uno de los hombres—, es un alivio veros sano de nuevo. Alejandro ni siquiera parpadea. —Me hubiese aliviado más regresar a un reino en paz —responde con frialdad—. Pero en mi ausencia, os habéis tomado demasiadas libertades. Un murmullo inquieto recor
El gran comedor está iluminado por el resplandor de los candelabros. El aroma de los platillos preparados por los mejores cocineros del palacio llena el aire. La mesa está servida con todo el esplendor que una cena real merece, pero Eleonora apenas presta atención a la comida.No puede hacerlo. No cuando Alejandro está frente a ella, observándola con esa intensidad que la hace estremecer hasta los huesos.Desde que ha llegado, su mirada la ha seguido en todo momento. No es el escrutinio frío y calculador que solía dedicarle en el pasado, sino algo más profundo, más peligroso. Una promesa silenciosa.Eleonora lo entiende.Porque ella siente lo mismo.Levanta su copa y da un sorbo pausado, fingiendo indiferencia, pero cuando sus ojos se encuentran de nuevo, la chispa entre ambos es innegable.Alejandro también juega el mismo juego. Se lleva un trozo de carne a la boca con lentitud deliberada, sin apartar la vista de ella. Su lengua roza apenas sus labios después de tragar, y Eleonora si
El aire del bosque huele a tierra húmeda y hierbas frescas, mientras Eleonora avanza por el estrecho sendero que la lleva a la cabaña de Brígida. El canto de los pájaros y el murmullo del viento entre los árboles acompañan sus pasos, otorgándole una paz que pocas veces encuentra en el palacio. Cuando llega, la pequeña cabaña de madera luce tan acogedora como siempre, con el humo de la chimenea elevándose en una espiral perezosa hacia el cielo grisáceo. Antes de tocar la puerta, Eleonora se toma un instante para observar el lugar. Es sencillo, pero hay algo en él que la hace sentir segura, como si en aquel rincón apartado del mundo no existieran ni las intrigas del parlamento ni las exigencias de la monarquía. Toca suavemente la puerta. No pasa mucho tiempo antes de que Brígida la abra, con esa sonrisa tranquila que siempre lleva en el rostro. —Me agrada mucho tu visita, pero no creo que solo hayas venido por cortesía —dice la curandera con una mirada divertida. Eleonora baja l
Al amanecer, Eleonora deja el palacio, escoltada por un grupo reducido de guardias. No quiere una gran comitiva ni llamar demasiado la atención; desea ver el reino como es en realidad, sin filtros ni preparativos para recibir a la reina.Camina por los mercados, por las calles donde los niños corren descalzos, entre los puestos de pan y frutas que desprenden aromas dulces y hogareños. Saluda a los comerciantes, observa los talleres donde herreros y tejedores trabajan sin descanso. Ve la fatiga en los rostros de los campesinos que descargan sacos de grano y la mirada resignada de las mujeres que venden verduras a precios que apenas les alcanzan para vivir.Pero lo que más le llama la atención son los niños.Algunos corretean entre los puestos, jugando con lo poco que tienen. Otros ayudan a sus padres en los negocios o en los campos. Pero ninguno, ni uno solo, parece tener acceso a la educación.Eleonora se detiene junto a una anciana que vende manzanas y observa a un niño que intenta c
La mañana es fresca. Eleonora se acerca a Alejandro con una petición. Él está en su despacho, revisando documentos, pero apenas ella entra, levanta la vista.—¿Qué ocurre, Eleonora? —pregunta con curiosidad.Ella sonríe, con ese brillo en los ojos que Alejandro ya ha aprendido a reconocer.—Quiero que vengas conmigo al lugar de la construcción.Él arquea una ceja.—¿Para qué?—Para acompañar a los obreros, a los niños… Quiero que veas lo que estamos haciendo.Alejandro apoya los codos en el escritorio y la observa con interés.—¿Y por qué exactamente deseas que vaya?Eleonora cruza los brazos y lo mira con determinación.—Porque esta no es solo mi idea, es un proyecto de ambos. Es para el reino. La gente necesita ver que su rey también lo apoya.Alejandro la estudia por un momento, luego suelta un leve suspiro y se pone de pie.—Bien, vamos.Eleonora sonríe con satisfacción.Cuando llegan al lugar, la escena que encuentran es un reflejo de esperanza. Los obreros trabajan con entusiasm
La mañana comienza con la misma energía de siempre en el lugar de la construcción. Eleonora y Alejandro llegan temprano, como han hecho en los últimos días, para supervisar los avances y compartir con los trabajadores y niños. Sin embargo, algo se siente distinto.Los obreros trabajan en silencio, sin la habitual algarabía. Algunas herramientas están tiradas en el suelo y ciertos trabajadores se han apartado en pequeños grupos, murmurando entre ellos con preocupación.Eleonora frunce el ceño, percibiendo la tensión en el ambiente.Justo cuando está por preguntar qué ocurre, un niño de no más de siete años corre hacia ella con una sonrisa brillante. Lleva en sus manos un pequeño ramillete de flores silvestres, algunas torcidas y otras aún con rastros de tierra en sus raíces.—¡Majestad! ¡Las recogí para usted! —exclama con entusiasmo.Eleonora sonríe y toma el ramo con delicadeza.—Son preciosas. Gracias, mi pequeño caballero.El niño se sonroja, pero su emoción es evidente. Eleonora s
La tensión es densa, como una tormenta a punto de desatarse. En el centro de la mesa, Francisco observa a los presentes con una mirada de furia contenida.—No podemos seguir perdiendo el tiempo —gruñe, golpeando la mesa con un puño cerrado—. Cada día que pasa, la reina se afianza más en el poder. ¡Nos desafía en nuestra propia casa!—El pueblo la admira, incluso algunos nobles comienzan a verla con respeto —añade otro con desprecio—. Si seguimos esperando, pronto será intocable.Francisco respira hondo, tratando de contener su rabia. Se vuelve lentamente hacia la figura temblorosa en el rincón.—Clara.La doncella se estremece al escuchar su nombre, pero mantiene la cabeza gacha. Sabe que no puede mostrar debilidad.—Llevamos meses esperando resultados de tu parte —continúa Francisco con frialdad—. Dijiste que te encargarías de la reina. Dijiste que la alejarías del rey, que la harías caer en desgracia. ¿Y qué hemos obtenido a cambio?Camila siente el sudor frío recorriendo su espalda