RUPERT
El mal genio no se me quita; de hecho, se me pudre más. Muevo el cuello con estrés; odio estar rodeado de gente en eventos que son una farsa como este. Han pasado seis meses desde que me comprometí y, ahora, hace dos horas que salí del maldito Ayuntamiento con documentos legales que me avalan como esposo de Débora Hill, la prima de Debby. Qué ironía.
Cuando me presentaron a todas las posibles candidatas, ella era la última en mi lista; sin embargo, ninguna tenía lo que necesitaba: sangre fría y cabeza estable. Ambos sabemos que esto solo es un acuerdo común; no hay amor entre nosotros, nada. Tardé algunos días en descubrir el secreto que ocultaba Debby: es millonaria. Sin embargo, lo que aún no logro entender es por qué escapa de su familia y se hace pasar por pobre; incluso usó otro apellido por un tiempo.
De cualquier manera, no me importa. Todo lo relacionado con ella es cosa del pasado, un simple juego de niños que terminó con mi polla bañada en su sangre en su cumpleaños número veinticuatro. Solo eso.
«Jodida mentirosa».
—Te he estado buscando.
La voz de Bryce golpea mi espalda y desmejora mi ánimo.
—Felicidades, me encontraste.
—Eres el único hombre sobre la faz de la tierra que llegaría media hora tarde a la iglesia, el día de su boda, para perder el tiempo bebiendo en su empresa —sisea.
—Eso me hace único y el mejor —ironizo, terminando de beber mi trago—. ¿Ya se murió mi esposa?
—Sigue respirando y está muy ansiosa.
Observo la hora que marca mi reloj de mano.
—Una lástima; tenía la esperanza de que muriera y quedarme viudo con todo el dinero —espeto sin un ápice de diversión.
—Eres millonario; no necesitas el dinero.
—Pero sí asociaciones para derribar a mis rivales —sopesando cada una de mis palabras—. Quiero más.
—Eres demasiado ambicioso —niega con la cabeza.
—Cada quien tiene sus propios demonios.
Bryce me observa; sé muy bien que no es un idiota y que trata de estudiar cada uno de mis movimientos y gestos. El problema para él es que, desde muy pequeño, aprendí a no mostrar mis emociones, especialmente por culpa de aquella sombra que ha quedado enterrada en el pasado.
—Es mejor que nos demos prisa; es molesto que me manden a buscarte solo porque piensan que ya no quieres casarte.
—Me importa una m****a la boda.
Sus ojos, de un verde más intenso que los míos, me observan desentrañando mis pensamientos.
—Aún estás a tiempo de retractarte.
—Eso jamás; tengo todo calculado, soy quien lleva el control —reviso una vez más la hora que marca mi reloj.
El móvil de Bryce suena y me preparo para ir a la iglesia. Cuando finaliza la llamada, parece satisfecho.
—América está abajo esperando.
Frunzo el ceño. Él ladea una sonrisa de media luna.
—¿Esperabas a alguien más?
—No sé de qué hablas —refuto.
—Si lo que quieres saber es cómo va la investigación de…
—No me interesa —lo interrumpo antes de que escuche ese nombre de nuevo—. Nada que tenga que ver con ella.
—Por tu reacción, me parece que más bien…
—Solo fue un coño para follar; sinceramente, no hay nada que me agrade de ella, ni siquiera es una mujer que me guste —me aliso la corbata—. Es mejor así; espero no volver a verla nunca más.
—A ti no te importa, pero a América sí —una expresión de pocos amigos es la que me lanza—. Es su mejor amiga; tienes más contactos dentro del FBI y la CIA, puedes ayudarnos a que sea más fácil encontrarla.
—No es mi problema; no es una niña para que todos la estén buscando —camino en dirección a la puerta, mirando por encima del hombro cómo Bryce se pasa tres dedos por debajo de la barbilla—. ¿Nos vamos?
Bryce no toca más el tema de esa imprudente, y me parece bien; no miento, no me interesa nada de ella. Hablo en serio cuando digo que espero jamás volver a verla.
Al llegar a la iglesia, ver tanta gente me molesta. Mi esposa me espera, molesta en el altar, junto al padre que va a oficiar la misa. Mientras camino bajo el escrutinio y los murmullos acusatorios de los presentes, logro localizar a Alejandro y Minerva Hill, los tíos de Débora, quienes la acogieron como a una segunda hija desde que era una niña.
—Llegas tarde —dice con rabia, mi esposa, con la que me voy a casar por las leyes celestiales—. Me has hecho ver como una idiota.
Su tono es tan bajo y le da la espalda a los invitados que dudo que alguien se dé cuenta de que me está fulminando con la mirada.
—Estoy aquí; deja el drama.
—Imbécil.
—Cállate.
El padre carraspea; es el único que logra escuchar lo que decimos. La misa continúa y me desconecto por ratos, viendo cómo la arpía a mi lado finge ser una mujer enamorada, cuando en el fondo, lo que intenta hacer es apuñalarme por la espalda.
—Débora Hill, aceptas a este hombre para amarlo, respetarlo, estar con él en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe.
La palabra “siempre” me da asco; espero que se muera antes de que eso suceda.
—Por supuesto, acepto, padre —me sonríe con ojos soñadores.
Es buena actriz, y es por eso que me funciona bien.
—Señor Rupert Jones, ¿acepta a esta mujer como su legítima esposa, jurando amarla, respetarla, estar con ella en las adversidades y en los buenos momentos, por el resto de sus vidas, hasta que la muerte los separe?
El silencio en la iglesia es ensordecedor; Débora comienza a sentirse más furiosa. La miro; es una mujer hermosa, pero letal, y tendré que tener cuidado con este alacrán.
Abro la boca para responder cuando, sin saber por qué, en mi mente aparece la rubia de ojos marrones. Los recuerdos de su sangre virgen empapando mi polla…
—Rupert.
Miro a Débora.
—Contesta, carajo —sisea entre dientes.
Borro de mi mente esos jodidos recuerdos.
—Acep…
—¡Objeción!
Tenso el cuerpo, mirando a Bryce a lo lejos. Ni siquiera se dice eso cuando interrumpes una boda.
—Hijo de puta.
—¿Disculpe?
El imbécil se acerca a paso decidido hasta nosotros. Las exclamaciones resuenan por todas partes y mi cabeza me estalla.
—Señor —habla el padre—. Me temo que…
—Lo siento —Bryce se dirige a Débora, quien lo asesina con ojos de demonio—. Pero ya es tu esposo por lo civil; no necesitas atar al diablo de esta manera.
—¿Pero qué dices…? —ella realiza una mueca.
Y sin dejar que lo mande a la m****a, Bryce me saca de la iglesia como si fuera un maldito crío. Afuera, los reporteros y paparazzis toman fotos como buitres peleando por la primera nota. América nos espera en un auto con una sonrisa de oreja a oreja, comprendiendo que esto ha sido parte de su plan desde el principio.
—No —intento detener esta situación.
—Me lo vas a agradecer más adelante —me suelta un puñetazo en el estómago y me mete al auto.
Comienzo a planear su muerte y después su funeral cuando el auto arranca.
—¿Puedo saber por qué hacen esto? Podría meterlos a ambos a la cárcel con solo chasquear los dedos.
Bryce borra la diversión de su rostro mientras América le da la dirección a su chófer.
—Bryce —arguyo, molesto.
—Hice lo que querías; no me mientas, después de todo, soy tu único mejor amigo.
Y con estas palabras me quedo callado, porque en el fondo, todo salió como quería. Al final, siempre tengo el control de todo. Ahora, solo queda tranquilizar la furia de mi esposa, Débora Hill, sabiendo que un matrimonio por las leyes eclesiásticas sería un problema mayor a la hora del futuro divorcio.
—No me mientes; sé que pensabas en ella —Bryce me mira de soslayo.
Tenso el cuerpo; aunque no me casara por la iglesia, eso no cambia mi objetivo.
—No quiero saber nunca nada de ella.
Bryce me observa detenidamente.
—Bien, pero algo me dice que te vas a arrepentir.
—No lo creo.
Borro de mi mente ese nombre que tanto me cuesta pronunciar, porque en este mundo, en esta vida, jamás habrá un espacio o una oportunidad entre nosotros dos. Ella tiene que estar muerta, ser un fantasma en mi vida, porque, solo yo descubrí a tiempo que Debby Hill era esa debilidad, ese talón de Aquiles que arruinaría mis planes de grandeza y riqueza.
«Ojalá nunca tenga que volver a verte, rubia».
DEBBYEl débil impacto de una bola de papel en mi nariz me saca de mi ensimismamiento y me regresa a la realidad.—Veo que estás distraída de nuevo.Levanto la mirada; el hombre de cabello castaño y ojos azules ladea una sonrisa de media luna que hace que todas las mujeres se derritan, menos a mí.—No es verdad —frunzo el ceño, bostezando—. Además, terminé antes; tengo tiempo de sobra.—¿Así es como le hablas a tu jefe? —ríe—. Debería pensar en despedirte.—Puede ser, pero no lo harás —me pongo de pie y estiro los brazos—. Me necesitas, Sebas.Han pasado dos años desde que mi vida dio un giro de ciento ochenta grados, desde que perdí lo que más añoraba y me rompí en mil pedazos, sin dejar espacio en mi vida para alguien más. Dos años desde que Sebastián Winston apareció en mi camino como un maldito ángel.No solo me ofreció su ayuda sin nada a cambio; además, me dio alojamiento, trabajo y comida. Es un buen amigo, el mejor, después de América, claro. Es un abogado reconocido y famoso
RUPERT—¡Ah!Odio escuchar los gemidos falsos de mi maldita esposa; su actuación comienza a fastidiarme. Hace dos años que me casé con la víbora más poderosa de todo San Francisco. La única razón por la cual me uní a esta farsa es porque necesitaba incrementar mi fortuna y obtener el apoyo social y prestigio de Alejandro Hill, el magistrado, político y millonario, tío de Débora.Jamás he tenido fallos en mis planes, solo uno que se me fue de las manos y en el que he estado trabajando durante dos años.—Ah —suelta un suave gemido cuando me derramo en su interior.Un hijo es todo lo que me falta para sellar mi alianza con los Hill; un jodido hijo. Puede que piense con la cabeza fría y sin corazón, pero cuando Débora salga embarazada, ese niño me dará lo que más quiero: poder, prestigio y las armas para derribar a mis rivales. ¿Qué puedo decir? Soy demasiado competitivo.Una vez que obtenga todo lo que deseo, me divorciaré y me haré cargo del niño, pero jamás perteneceré a sus vidas. Des
DEBBYVer el rostro de mi hijo es algo que me llena de paz; lo amo como nunca amaré a nadie. El problema radica en que, desde que acepté regresar al infierno del que he estado escapando, no puedo evitar ver al diablo en su mirada verde. Ana tiene razón: mi bebé tiene el mismo ceño fruncido que el innombrable.—Pareciera que sabe que no estarás a su lado —observa Ana, acercándose y mirando con admiración a mi bebé.—Insisto, su mirada a veces es un poco... —dice, mientras respiro hondo.—Promete que vas a cuidar de él como nunca —la interrumpo. Seguir pensando en a quién no deseo ver hace que me den aguijonazos en el estómago—. Es todo lo que tengo, mi mundo entero.Abrazo a Mateo, quien descansa su cabecita en la curvatura de mi cuello.—Lo juro, niña, no tienes nada de qué preocuparte. Verás cómo esas dos semanas se pasan rápido —me asegura, dibujando una suave sonrisa cálida que me deja un poco tranquila.Podría rechazar a Sebastián; de hecho, toda la noche he pensado en los pros y
DEBBYNo puedo evitar maldecir para mis adentros; a veces, la vida tiene una forma extraña de jugar con mis emociones. El destino se burla una vez más de mí. Mis pensamientos están atrapados en un torbellino de recuerdos de un pasado que me he esforzado por mantener enterrado, pero ahora que me encuentro frente a él, todo se va por la borda. Justo cuando creía que podía relajarme, aparece con su aire despreocupado y su traje negro, que solo resalta el verde intenso de sus ojos, los cuales siguen anclados en mí, estudiando cada uno de mis movimientos como si yo fuera un mono de circo, una atracción extraña. Maldito.Mis pasos se detuvieron al llegar al círculo de hombres que me desnudaban con la mirada; la mayoría de ellos veía mis pechos. «Enfermos».—Un placer conocerlos —rompo el breve contacto visual con él y me enfoco en los demás.—Dios, ¿eres real? —ríe uno de ellos—. Soy Steve Dunts, abogado en Manhattan. Un placer conocerte.—Deberías dejar a este imbécil; yo te pagaría el tri
RUPERTEs interesante cómo las personas tratan de sostener las mentiras durante tanto tiempo. Eso es lo que le ocurre a la rubia que palidece frente a mí. Por el modo y las palabras que empleó hace un momento, pensando que se trataba de Sebastián Winston, llego a la conclusión de que ellos mantienen más que una relación de asistente a jefe.—¿Te comieron la lengua los ratones? —ladeo la cabeza, mirándola con la misma fascinación que el primer día.No me responde, retrocede e intenta darme con la puerta en las narices, pero soy más rápido y lo impido, empujando la puerta y entrando a la habitación.—¿Qué haces? —recupera el habla—. Vete.—Cuánta rabia hay en esos ojos, rubia —siseo—. Y cuánto miedo.Me encargo de asegurar con pestillo la puerta a mis espaldas, mientras ella hace un mediocre intento por parecer una mujer fuerte, pero yo sé quién es en realidad.—¿Qué haces al lado de Winston? —inquiero, metiendo ambas manos en mis bolsillos—. ¿Y por qué has regresado a San Francisco?—N
DEBBYNo he podido dormir; mi encuentro con el que no debe ser nombrado me dejó paralizada de miedo. Sin embargo, me empujé a enfrentar la situación; ya no puedo ser aquella chica enamorada y débil que era antes, especialmente ahora que soy madre. Mateo es mi mundo, uno qué pienso defender, aun cuando se trate de luchar en contra de su propio padre. El sonido de la alarma tampoco ayuda demasiado. ¿Esa es la alarma? No... espera... Abro los ojos lentamente, procesando todo, hasta que me doy cuenta de que es mi móvil el que suena.—Maldición.Me pongo de pie a tumbos y llego hasta la mesilla de noche sin verificar el número entrante, ya que el sueño matutino me golpea con fuerza.—Bueno...—¡¿Por qué no me dijiste que eras la hija perdida de los Hill?! —exclama América.Abro los ojos como platos al reconocer su voz; sus palabras me recorren con un escalofrío desde la punta de los pies hasta la cabeza.—¿Qué has dicho? —inquiero con cautela, sintiendo que mi corazón está a punto de salir
RUPERTTenso el cuerpo, cansado de maquinar mis siguientes pasos. La rubia no debió haber vuelto; debió haberse quedado en la cueva donde se escondió por dos años. Hace tres horas que llegué al bufete, el hecho de no poder dormir acelera mi pulso y me pone de mal humor. Sin embargo, lo que más rabia me da es que la culpable sea la rubia de ojos grises; jamás me di cuenta de que usaba lentillas para ocultar el verdadero color de sus pupilas.Observo todo desde el enorme ventanal de mi oficina. En poco tiempo darán las siete de la mañana. La ciudad es un mosaico de luces tenues y edificios, una jungla de concreto y acero. El sol apenas empieza a despuntar en el horizonte, proyectando sombras alargadas sobre las calles desiertas.Sigo ardido. Me siento en mi escritorio; el aroma del café recién hecho impregna el aire. Por un momento, me dejo llevar por la calma que precede a la tormenta, pensando en qué haré con el regreso de la rubia. La paz es efímera; ya que la puerta se abre de golpe
DEBBYMe congelo al ver al diablo delante de mi puerta. No importan los esfuerzos que haya hecho Sebastián por tranquilizarme y hacerme olvidar que estoy en medio de una tormenta; la realidad me golpea con fuerza cuando veo al padre de mi hijo, mirando de manera asesina a quien considero mi mejor amigo. Aún se me hormiguean las piernas solo de pensar que ya no tengo escapatoria. Esta vez, tengo que enfrentar lo que dejé atrás, pero de lo único de lo que estoy segura y que pienso defender con uñas y dientes es a Mateo. El mundo entero puede saber de mi existencia, menos de la de él.—Vete —le dice Sebastián en tono hosco.Puedo notar que su espalda se tensa; es como verlo a punto de iniciar una pelea, lo que menos necesito ahora.—¿Acaso tienes problemas auditivos? Jones.—Me sorprende que recuerdes mi nombre —le responde Rupert de manera tranquila—. Me pregunto, ¿qué más puedes recordar del pasado?Doy un paso adelante.—No me provoques —sisea Sebastián—. No tienes nada que hacer aquí