—No hay nada entre Sergio y yo, solo que me molesta su engaño, pero como te podrás ya imaginar, no puedo contarle esto a Mariana.Me sorprendió que Sergio aceptara, pero su aceptación me dolió aún más.Era obvio que no quería hacerlo, pero respetó los deseos de Mariana.Mariana, tal vez temiendo que Sergio se retractara, apresurado sacó su teléfono para hacer el registro en línea. Mientras la veía llenar el formulario con tanta seriedad, me di cuenta de que esta pequeña irradiaba una energía y firmeza inmensa.Una energía positiva, optimista y agradecida.—Sergio, registrémonos también —lo decidí de manera espontánea.Sergio me miró, y hasta Mariana detuvo al instante su registro —Sara...—De acuerdo entonces —Sergio aceptó sin dudarlo y sacó su teléfono.—Sergio, Sara, ustedes dos... —Mariana parecía tan emocionada pero inquieta.Así somos los humanos, podemos hacer algo sin dudarlo, pero cuando otros lo hacen, nos cuesta aceptarlo.Sin embargo, Mariana transformó su inquietud en una
—Por favor, siéntense aquí en los lugares principales —Dylan nos señaló a Sergio y a mí dónde sentarnos.¿Dónde estaba su actitud de gran jefe? Estaba segura de que si no fuera por la identidad oculta de Sergio, no actuaría de esa manera.—Dylan —lo llamé—, tú eres el jefe y nosotros los empleados. ¿No crees que tanta atención hacia nosotros es algo... inapropiada?Dylan se quedó perplejo por un momento, miró a Sergio y sonrió. —Esto no tiene nada de inapropiado, todos somos colegas, como una familia.Sonreí con ironía. —Pero sigues siendo el jefe, y tanta atención nos hace sentir incómodos.—Dylan, no seas tan formal, o no podremos disfrutar la comida tranquilos —intervino con amabilidad Sergio.Dylan agitó las manos rápidamente. —No piensen demasiado, así soy yo. No me gusta dar órdenes ni aparentar, prefiero ser cercano a la gente, ¿verdad, Sergio?—Demasiado cercano por cierto—Sergio fue breve.Comparado con Dylan, él sí parecía un verdadero jefe.Dylan sonrió y en ese momento su c
—¡Ay! Al oír esa exclamación, vi a Dylan girar la cabeza y cubrirse extrañado los ojos con la mano.Sergio se enderezó un poco y comentó con indiferencia: —¿Cómo Dylan nunca ha visto a una pareja besándose en toda su vida?Dylan con timidez bajó la mano. —Claro que sí, pero es la primera vez que veo un beso así.Me miró. —Nuestra Sara del departamento de marketing no pierde el tiempo innovando ¿verdad?—¿No te cansas de estar parado? Los demás también se cansan —Sergio cortó las tontas bromas de Dylan con una frase.Dylan se dio una palmada en la frente. —¡Miren cómo me han distraído, hasta me olvidé de nuestro invitado principal!Se hizo a un lado y dijo respetuoso: —Adelante, jefe.¡¿Jefe?!Me quedé paralizada al instante mientras veía entrar a un hombre bajito y rechoncho, con una "barriga" que parecía de siete meses de embarazo.Sin saber quién era, instintivamente miré asombrada a Sergio.Ya estaba sentado, limpiándose cuidadoso los labios. Noté que tenía marca de mi lápiz labial
—No.—La verdad es que yo tampoco le veo pinta de gran jefe. En cuanto a presencia y porte, ¿no se compara conmigo? ¿verdad?—comentó Dylan, sacando pecho y posando con aire bastante presumido.—Me dijeron que la empresa se fundó porque él invirtió dinero, ¿es cierto? —pregunté.—Así es, él es el verdadero accionista mayoritario. Y yo —Dylan sonrió con cierta ironía—, aunque parezco gran cosa y todos me llamen Dylan, la verdad solo soy un empleado de alto nivel, igual que tú y Sergio.Su tono bromista era realmente cercano.—¿Y por qué no maneja la empresa directamente? —expresé con firmeza mi duda.—¿Estás bromeando? —Dylan me miró con cierta burla—. El hombre es rico, tiene montones de empresas, ¿crees que tiene tiempo para administrarlas todas personalmente?Miré hacia la puerta del reservado. ¿Ese insignificante hombrecito rechoncho era tan rico?Había vivido muchos años en la familia de Jiménez y conocía bien a la gente adinerada, pero nunca había oído hablar de ningún Araya.—¿No
La cena transcurrió con mucha tranquilidad, ya que Gael no se daba ningún aire de jefe.Sergio apenas habló, limitándose a servirme comida y preguntarme de vez en cuando si quería agua, actuando con tanta frialdad que parecía él el verdadero jefe.Al terminar la cena, Gael se marchó gustoso en su discreto Maybach.Dylan había bebido y llamó a un conductor.Mientras esperaban, Dylan pasó despreocupado el brazo por los hombros de Sergio. —Chico, ¿qué te pareció? ¿Estás satisfecho con la reunión de hoy?Sergio apartó con frialdad su mano. —Has bebido demasiado.—No tanto, sé que temes que hable de más. Tranquilo, sé lo que hago —Dylan intentó darle otra palmada en el hombro.Esta vez Sergio le sujetó cariñoso la muñeca. —Dylan, detesto que me den palmadas en el hombro. Y deberías evitar hacérselo a otros. Hay una explicación mística para esto: cada persona lleva su suerte en los hombros, y al dar palmadas podrías llevarte su buena fortuna, ¿entiendes, verdad?Casi me rio al escucharlo. No
—Sé sincero, ¿te acostaste con Sara?La voz grave se coló por la rendija de la puerta, frenándome en seco justo cuando iba a entrar.Por la abertura, vi a Carlos recostado en su sillón, con los labios apretados.—Ella se me insinuó, pero no me interesa.—Vamos, Carlos, no seas tan quisquilloso. Sara es toda una belleza, muchos andan tras ella —dijo Miguel Soto, el mejor amigo de Carlos y testigo de nuestra historia de una década.—Es que la conozco demasiado, y no hay ninguna chispa entre nosotros, ¿me entiendes? —repuso Carlos con el ceño fruncido.A los catorce años me habían enviado a vivir con los Jiménez. Ahí fue que conocí a Carlos, y todos comenzaron a decir que algún día nos casaríamos.Desde entonces hemos vivido juntos, y así, entre ir y venir, se nos fueron diez años.—Claro, si trabajan en el mismo lugar, se ven las caras todo el santo día, y encima viven juntos. Seguro hasta saben cuándo el otro va al baño.Miguel soltó una risita y chasqueó la lengua.—Ya no estamos para
Carlos levantó la mirada al escucharme entrar y sus ojos se posaron inmediatamente en mi rostro. Sin necesidad de mirarme demasiado, sabía cómo me sentía.—¿Te sientes mal? —preguntó curioso, frunciendo el ceño ligeramente.En silencio, me acerqué a su escritorio. Tragando la amargura que sentía, y, con severidad, le dije:—Si no quieres casarte conmigo, puedo decírselo a Alicia, tu madre.El ceño de Carlos se arrugó aún más, comprendiendo de inmediato que había escuchado su conversación con Miguel.—Nunca pensé que en realidad me convertiría en algo tan prescindible para ti, Carlos... —añadí con un fuerte nudo en la garganta.—Para todos, ya somos prácticamente marido y mujer —me interrumpió Carlos.¿Y eso qué? ¿Se casaría conmigo solo por las apariencias? Lo que yo realmente deseaba, era que me pidiera matrimonio por amor, porque quisiera pasar su vida conmigo.Con un ligero chirrido, Carlos cerró su bolígrafo y miró los papeles del Registro Civil en mis manos.—El próximo miércoles
Estuve dándole vueltas a aquel asunto durante todo el día, sin llegar a ninguna conclusión. Cuando Carlos vino a buscarme por la tarde, aún no tenía respuesta, pero igual lo seguí.Después de diez largos años, me había acostumbrado a él y a volver a casa de los Jiménez después del trabajo. ¡La costumbre es algo bastante terrible!—¿Por qué tan callada? —preguntó Carlos en el camino, notando mi estado de ánimo al instante.—Carlos, tal vez deberíamos... —comencé a decir, tras unos segundos de silencio.No pude terminar la frase, ya que su teléfono sonó, interrumpiéndome y mostrando un número sin nombre en la pantalla del auto, tras lo cual noté cómo la mano de Carlos se tensó un poco en el volante.Estaba nervioso, y eso era algo poco común en él. Instintivamente, miré su rostro mientras él con agilidad desconectaba el altavoz del auto y se ponía el auricular. —Hola... Sí, voy para allá.La llamada fue breve. Al colgar, me miró y dijo:—Sara, tengo un asunto urgente que atender. No pod