Maddie, atónita y temblorosa, apenas lograba entender lo que sucedía a su alrededor. El peligro se cernía sobre ella, y su mente luchaba por reaccionar. En ese instante, Blake vio lo que sucedía y, con un esfuerzo increíble, usó toda su fuerza para liberarse de los hombres que lo sujetaban.Antes de que Ava pudiera apretar el gatillo, Blake saltó hacia adelante, posicionándose entre ella y Maddie, justo en el momento en que el disparo resonó en la calle desierta. Un dolor agudo atravesó su torso, y su cuerpo cedió ante el impacto.— ¡Blake! —gritó Maddie, completamente desesperada, mientras el sonido de los pasos de los secuaces de Ava se desvanecía en la distancia.Blake cayó de rodillas, pero mantuvo la compostura. Su mirada, llena de dolor, se clavó en Maddie, tratando de hacerle entender que todo estaba bien, que ella no debía temer.Ava, sorprendida por la valiente intervención de Blake, retrocedió, aunque no perdió su expresión malévola. Los hombres que la acompañaban empezaron
Un par de horas después, la bruma del dolor comenzó a disiparse lentamente. Un murmullo de voces a su alrededor la fue trayendo de regreso a la conciencia. Sus párpados se sentían pesados, como si una fuerza invisible los mantuviera cerrados, pero con esfuerzo logró abrirlos.La luz tenue de la habitación le hizo parpadear varias veces hasta que su vista se aclaró. Reconoció el techo alto y las paredes pálidas del hospital, el inconfundible olor a desinfectante llenando sus pulmones.— ¡Maddie! —exclamó una voz masculina, cargada de alivio y preocupación.Giró levemente la cabeza y vio a su hermano Paul inclinado hacia ella, con los ojos brillantes de angustia. A su lado, Alice le sostenía el brazo con dulzura, su rostro delicado reflejando la misma preocupación.— Gracias a Dios... —murmuró Alice, acariciando suavemente la mano de Maddie.Del otro lado de la cama, Patrick, su viejo amigo y confidente, la observaba con una mezcla de seriedad y ternura. Llevaba la chaqueta ligeramente
El viaje hasta la residencia de Don Vitale transcurrió en un silencio tenso. Maddie, sentada en el automóvil junto a Gianna, se retorcía las manos con nerviosismo. Cada minuto que pasaba era una daga en su pecho. Blake estaba en algún lugar, herido, tal vez muriendo, y ella no podía soportar la incertidumbre.— Respira, bambina —susurró Gianna, posando una mano sobre la de Maddie. Ella estaba destrozada, pero tenía que ser fuerte por Maddie y también por su hijo—. Hagas lo que hagas, no le muestres miedo. Carlo tiende a no respetar a esa clase de gente y tampoco respeta a las mujeres; pero recuerda: tú no eres cualquier mujer. A sus ojos, tu eres una Vitale. No dejes de recordárselo.Maddie asintió, aunque la ansiedad seguía oprimiéndole el pecho. Sabía lo que significaba recurrir a Don Vitale. Pedir su ayuda era hacer un pacto con un hombre que nunca concedía favores sin esperar algo a cambio. Pero en ese momento, era el único con la suficiente influencia y poder para encontrar a Bla
Blake despertó con un dolor punzante en la cabeza y un latido irregular en su costado derecho. El sabor metálico de la sangre inundaba su boca y apenas podía respirar sin que un dolor lacerante le atravesara el pecho. La camisa empapada y pegajosa le indicaba lo evidente: la bala lo había alcanzado. No estaba muerto, pero cada latido lo acercaba peligrosamente a la inconsciencia.El lugar donde lo tenían era un sitio oscuro y húmedo, probablemente un sótano o un almacén abandonado. El aire olía a moho, a tierra y a óxido, y la única fuente de luz provenía de una bombilla titilante colgada del techo. El concreto frío contra su espalda le provocaba escalofríos, y aunque intentó moverse, pero sus muñecas estaban atadas con una gruesa cuerda de yute, tan apretada que la piel se le enrojecía y sentía los dedos entumecidos. Cada intento de moverse solo lograba que los nudos se hundieran más en su carne.A pocos metros de él, Ava lo observaba con una expresión indescifrable. Su vestido de co
Nueva York, 15 de agosto de 1929 Blake Townsend y su amigo Patrick Stanton habían sido invitados a una de las tantas fiestas en donde la elite millonaria de la ciudad se reunía, esta vez el anfitrión era Richard Parker, un magnate naviero. Y aunque Townsend no era un hombre muy apreciado en la alta sociedad neoyorquina, por ser hijo ilegítimo y por haber acrecentado su fortuna de manera dudosa, era menester para cualquier empresario invitarlo, ya que siempre era bueno tener el apoyo financiero de un hombre como él. El lujoso salón de la mansión de los Parker brillaba con candelabros de cristal y paredes decoradas con obras de arte. Una orquesta tocaba suavemente en una esquina, añadiendo un toque de elegancia a la velada. Del otro lado del salón, una hermosa joven de dieciocho años se movía como pez en el agua dentro de ese ámbito, sonriendo y coqueteando con cuanto joven se le acercaba, despertando los celos y la envidia de las miradas femeninas. Portadora de una belleza sin
Blake estuvo el resto de la velada de malhumor viendo como Maddie, el objeto de su deseo permanecía allí con esa actitud de diva encantadora, bailando y coqueteando con cada hombre que se cruzaba en su camino. Su frustración creció cuando vio la gran sonrisa que ella lanzaba con la llegada de David Hamilton, el heredero perfecto y pulcro, cuyo linaje y reputación contrastaban de manera chocante con su propia esencia rebelde y despreciada por la alta sociedad.Apenas avanzó por el salón, Maddie no se preocupó por disimular su interés en él. _ ¡David! _ le dijo sonriéndole con su mirada centelleante _ creí que ya no vendrías, he estado reservando todos mis bailes para ti. Desde su rincón, Blake apretó los dientes. Cada palabra de Maddie, cada sonrisa dedicada a ese idiota, lo enojaba más.El guapo joven sonrió meneando la cabeza._ Maddie, te dije que vendría ... ¿Cómo podría perderme la oportunidad de bailar con la chica más hermosa de la ciudad? _ le dijo mirándola a los ojos _ te l
Nueva York, 20 de octubre de 1929 Blake estaba en la oficina del club clandestino que poseía, lugar en donde hombres de dudosa reputación y otros de doble moral asistían para saciar cualquier deseo que tuvieran ya fuera beber alcohol (que por esos años era ilegal), estar con mujeres dispuestas a cumplirles cualquier fantasía o jugar cualquier juego de azar. Él tenía el suficiente poder y dinero como para mantener su famoso antro muy bien protegido, la policía como las autoridades pertinentes estaban muy bien pagas como para mirar para otro lado. _ ¿Qué pasa Henry? _ le preguntó a su secretario que venía con cara de frustración _ ¿Alguien murió? El hombre se acercó y le dio una pequeña y fina caja rectangular de terciopelo rojo. _ La señorita Aston ha devuelto este regalo también señor _ dijo con temor el hombre _ le dijo al mensajero que, si sigue molestándola, llamará a la policía. Blake se llenó de furia tomando la caja y tirándola con fuerza contra la pared, golpeó un
Nueva York, 15 de diciembre de 1929 Madelaine Aston estaba devastada. Miró a su inflexible madre, la gran Edith Green de Aston, quien parecía no atender los reclamos desesperados de su hija. Su deber como madre y por ahora jefa de la familia, era defender a como diera lugar, la posición y buen nombre de esta, eso incluía no caer en la ruina total. Su semblante adusto e inflexible lo decía todo; esta vez no le iba a permitir a su hija salirse con la suya. _ ¡No voy a casarme con ese hombre! _ gritó la joven mientras lloraba a mares _ ¡es un ser repugnante me da asco, lo odio! _ No estoy aquí para preguntarte Maddie, solo vine a avisarte para que estes lista _ le dijo la mujer buscando varios vestidos de finísima seda para que su hija se probara _sabes tan bien como yo, que es la única manera de salvar a nuestra familia, ¿Quieres que tu padre termine como todos los demás? ¿Desearías leer en los diarios que se voló los sesos o se tiró de un edificio por no poder soportar la ruina