5: Un Mundo de Sombras

Estaba siendo arrestada. Los policías me esposaron y me arrastraron fuera de la empresa, tratándome como una criminal cualquiera. Lo merecía. En el fondo, sabía que todo esto era lo que merecía, incluso la humillación de ser observada por los trabajadores, que detuvieron su paso solo para ver el espectáculo.

Al llegar a la salida, me subieron a un auto policial, que arrancó rumbo a la estación. No tardamos mucho en llegar. Aún esposada, me sentaron frente a un escritorio de madera, donde un policía comenzó a interrogarme. Curiosamente, lo sabía todo. No necesitaba decirle nada. Él no preguntó, solo afirmó, basándose en pruebas que indicaban que nosotros habíamos irrumpido en la empresa. Pero había algo que él no sabía: quién robó la pulsera.

Mi mente trabajó rápido. De inmediato comprendí que el maldito Demon había enviado las grabaciones de otras cámaras de seguridad, las que nos mostraban entrando al edificio, pero no las de la cámara que captó a Ray robando la joya. Quería dejar la duda en el aire, culparme a mí.

Cuando me preguntó por la joya, la respuesta salió sin pensar. "No lo sé", dije con indiferencia. No podía mentirles mucho, no servía de nada. ¿Qué más podía decirles? Delatar a mi amigo no era una opción.

—¿Si confieso, los demás quedarán libres? —pregunté, observando al oficial que me miraba con desconfianza.

—Sí. Lo máximo que tendrán es una multa, pero si confiesas, ellos no serán procesados por complicidad.

El peso de la decisión me aplastó el pecho. No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero lo que estaba claro es que había tomado el camino más difícil.

—Lo hice yo —dije con firmeza, casi sin pensarlo. —Robé la joya. Usé a todos para entrar en el edificio.

El oficial me miró con desdén.

—¿Y dónde está la pulsera?

—No lo sé. Estaba tan borracha que probablemente la perdí —respondí con una sonrisa falsa, encogiéndome de hombros.

—¡Mientes! —gritó el oficial, golpeando el escritorio.

—Digo la verdad. ¿Por qué mentiría si ya confesé? No recuerdo nada bien, estaba demasiado ebria.

—Pues te arrojaremos a las celdas para ver si eso refresca tu memoria.

Una hora, tal vez más, pasaron antes de que finalmente me encerraran en una celda fría y oscura, al final de los calabozos. El lugar, por decirlo de algún modo, era poco acogedor. Mi compañera de celda, una mujer con una mirada peligrosa, me observaba fijamente. Su rostro estaba marcado por cicatrices, y sus brazos cubiertos de tatuajes mal hechos. Todo en ella gritaba peligro, y su forma de mirarme me hacía sentir incómoda. Parecía que en cualquier momento me atacaría.

Un chirrido metálico anunció la llegada de alguien. El mismo abogado que me acusó de ladrona apareció, escoltado por un oficial que, tras dejarnos solos, se retiró.

—¿Qué quieres, regodearte en mi miseria? —pregunté, mirando al abogado con rabia.

—He hablado con los oficiales. Ya veo que más que insensata, eres estúpida —respondió y bufé en respuesta a su ofensa—. No puedo creer que te hayas echado la culpa del robo para proteger al verdadero ladrón.

—Veo que ustedes, los ricos, no tienen escrúpulos ni códigos. Para nosotros, la amistad es lo primero.

—¿Amistad? —se burló él—. Su amigo robó sabiendo que los metería a todos en este lío. Así que sus “códigos morales” no son precisamente los más acertados.

—¿A qué viniste? —pregunté, sintiendo cómo la culpa me carcomía. Ray nos había traicionado de la peor manera, y sabía que tenía razón.

—Vine a repetir la propuesta de mi jefe —dijo, aclarando la garganta—. Él dice: “Estoy dispuesto a liberar a mi esposa, Anel Knight, pero Anel Cross puede pudrirse aquí para siempre. Y, si no cumple, puedo hacer que todos sus compañeros terminen aquí también. No olvides que tenemos las grabaciones de seguridad”.

—¡Son unos desgraciados! —grité, golpeando los barrotes con furia. La ira me inundaba. Ya no podía soportarlo más.

—Piénsalo bien. No volveré a hablar de esto. Si decides quedarte aquí, tu vida será como la de ella —dijo señalando a mi compañera de celda, cuyo aspecto demacrado me hacía querer salir corriendo—. Pero si aceptas el acuerdo, todo terminará y te llevaré a un lugar mucho mejor.

Me quedé en silencio. No estaba pensando en aceptar. Estaba considerando las consecuencias de rechazar la oferta. Ese acuerdo era una soga atada a mi cuello, atándome a normas y compromisos absurdos. Pero la prisión, estar rodeada de criminales, perder mi libertad... eso era aún peor. Entre dos infiernos, era más sensato elegir uno del cual podría escapar. Y eso era lo que realmente tenía en mente: casarme con un desquiciado manipulador, pero salir de aquí.

¿A quién culpar? ¿A la vida? No, no tenía derecho. Yo había entrado allí sabiendo que estaba mal, que era incorrecto. Yo firmé. Nadie más era culpable. Ni siquiera Damon, que trataba de sacar ventaja. Aceptar estar con él no sería una realidad, sería solo mi carta de escape, mi salida de esta prisión. Una vez libre, me alejaría de él para siempre. No podría someterme. No iba a ser su esposa.

—Está bien —susurré, resignada—. Acepto el acuerdo. Seré la esposa que quieren. Ahora sáquenme de aquí.

—Sabía que tomarías la decisión correcta —respondió él, satisfecho.

El abogado abandonó la celda, y unos minutos después regresó con la noticia de mi liberación inmediata. Cuando pensé que podría irme a casa, me llevé una sorpresa desagradable. Un coche estaba aparcado frente a la estación, esperándome.

No tuve opción. Subí al auto, acompañada por el anciano. Al instante, me extendió un teléfono.

—El señor Knight quiere hablar contigo —dijo mientras ponía el aparato en mi mano.

Con desgano, llevé el teléfono a mi oído, resoplé y hablé.

—¿Qué quieres? —pregunté, tajante.

—Ya supe que aceptaste el acuerdo, qué buena chica —dijo, burlándose con su característico acento británico—. Me alegra saber que reconsideraste tus opciones.

—No es como si me hubieras dejado muchas, bastardo —respondí con veneno en la voz.

—Cuida esa boca —me reprendió—. Mi esposa debe hablar correctamente.

—No soy tu esposa —le corregí, mordaz.

—Claro que lo eres. Y ahora estoy empezando a entender tu manera de ser. Por eso no volverás a tu casa mugrienta, ni tendrás contacto con esos amigos delincuentes.

—¿Qué? No puedes prohibirme eso.

—Claro que puedo. Lo estoy haciendo ahora mismo. Te llevaré a mi casa, donde vivirás bajo mi supervisión. No pienso arriesgarme a que intentes escapar.

Me frustraba saber que parecía leerme la mente.

—Te odio tanto —susurré, casi con veneno.

—Lo sé, pero no me importa. Te faltan muchos motivos para odiarme aún más —dijo con un tono peligroso. Fue una advertencia sutil—. Y antes de que pienses siquiera en el divorcio, te dejo claro que pagué una fianza con unos pocos miles de dólares para sacarte de la prisión. Si intentas algo, deberás pagarme tres veces el precio. Pero esas minucias no son nada comparado con lo que te pasará si mi abogado deja de representarte. La prisión aún te espera.

—Ya lo tengo claro —gruñí, apretando los puños con tal fuerza que temí que el teléfono se rompiera—. Deja de intentar someterme. A pesar de todo, no lo lograrás.

—No necesito someterte. Tú ya eres mía, Anel. Tengo todo lo que necesito. Eres y serás mi esposa. No tienes que amarme, solo debes entender que nunca te dejaré ir.

No me dio tiempo a responder. Colgó el teléfono, y su última frase quedó resonando en mi cabeza. Algo en ese hombre no era normal. Su comportamiento rayaba en la demencia. Era demasiado oscuro, demasiado manipulador. Algo en él me aterraba, y lo sentía en lo más profundo de mis entrañas.

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