2: Despertar en una Pesadilla

No recuerdo cómo llegué a casa. Quizás me trajeron los demás, aunque considerando lo borrachos que estaban, es más probable que me haya arrastrado hasta aquí por mi cuenta.

Por lo general, el alcohol no me borra la memoria, pero siempre hay fragmentos que se pierden en el torbellino de imágenes borrosas. Y, siendo sincera, a veces es mejor así. He hecho demasiadas estupideces en noches como la de ayer, y no recordar algunas es casi un alivio.

Estoy tendida en el sofá, no porque no haya logrado llegar a la cama, sino porque no tengo una. Este apartamento de mala muerte apenas tiene espacio para el sofá, una televisión que ni siquiera funciona y una cocina diminuta que casi nunca uso. Ni siquiera he intentado moverme. La resaca me está matando.

Mi mirada está fija en el techo agrietado mientras todo me da vueltas. Solo de pensar en levantarme, el estómago me da una advertencia: un cóctel de náuseas y un hambre voraz, como si mi cuerpo no pudiera decidir si necesita comida o vomitar lo poco que le queda.

Muevo las manos a tientas sobre el sofá y rebusco en los bolsillos de mi chaqueta de cuero. No encuentro mi teléfono. Levanto la vista hacia el viejo reloj de pared, pero la aguja está detenida. Probablemente hace mucho que dejó de funcionar. No tengo idea de qué hora es, pero dudo que sea temprano. Dormí casi todo el día, estoy segura. Anoche no llegué antes de las cinco de la mañana… tal vez incluso más tarde.

Con un quejido, me giro sobre el sofá y me arrastro hasta que, en un movimiento torpe, termino desplomada en el suelo. No me levanto enseguida. Me quedo ahí, boca arriba, con la cabeza palpitando y el estómago revuelto. Cuando finalmente decido moverme, me agarro del borde del sofá para no caerme. Grave error. El mareo me golpea como una ola, las náuseas suben por mi garganta y salgo corriendo al baño sin pensarlo dos veces.

Vacío mis entrañas tres veces antes de poder sostenerme del lavabo. Levanto la vista y mi reflejo en el espejo me devuelve una imagen lamentable. La superficie está vieja y manchada, pero ni siquiera en un espejo impecable me vería mejor.

Bolsas oscuras bajo los ojos, labios cuarteados, piel pálida como un cadáver. Mi cabello es un desastre enmarañado, como si un nido de aves hubiera decidido instalarse ahí. Pero lo peor son mis ojos. Han perdido todo rastro de brillo. Me veo vacía. Como si no tuviera razón de existir.

Si mi madre me viera ahora…

La imagen de su rostro decepcionado golpea mi mente como un puñetazo.

Cierro los ojos con fuerza. Me gustaría haber sido lo que ella esperaba de mí. Pero quizá siempre tuvo razón… Quizá me parezco demasiado a mi padre.

Qué lástima.

Me lavo los dientes, la cara y recojo mi cabello en una coleta desordenada que no logra domar los mechones rebeldes. Mientras rebusco algo para comer en el refrigerador, un golpe en la puerta me hace sobresaltarme.

Golpean de nuevo, con insistencia.

Con la vaga esperanza de que sea uno de los chicos, me acerco con una sonrisa en los labios. Pero en cuanto abro la puerta, la sonrisa se borra de inmediato.

Frente a mí, tres hombres con trajes formales me observan con expresión seria. Todos llevan portafolios en las manos.

—Buenos días —saluda el más anciano—. ¿Es usted la señorita Cross?

Las palabras se me atascan en la garganta. Algo me dice que responder podría ser peligroso.

Mi mente trabaja a toda velocidad. No sé quiénes son, pero después del pequeño acto de vandalismo de anoche, dudo mucho que solo sean cobradores de impuestos.

—¿Quién la busca? —pregunto con cautela, sosteniendo la puerta, lista para cerrarla si algo no me gusta.

—Somos el equipo jurídico de Knight Industries —responde el anciano.

Frunzo el ceño.

—¿De qué?

—Le será más fácil entender si le digo que somos los abogados de la empresa que usted y otros tres jóvenes invadieron anoche —interviene otro, con menos paciencia.

Lo sabía.

Intento cerrar la puerta, pero una de sus manos se interpone antes de que pueda hacerlo.

—Yo que usted nos escucharía —dice con un tono firme—. A menos que prefiera hablar con la policía.

Al oír la palabra policía, me congelo.

—Buena elección —comenta con una sonrisa apenas visible—. ¿Podemos pasar?

Dudo. Me debato entre echarlos y arriesgarme a que cumplan su amenaza o escuchar lo que tienen que decir.

Con un suspiro resignado, me hago a un lado y los dejo entrar.

Los tres apenas caben en mi diminuto sofá. Sus miradas de incomodidad y desagrado recorren cada rincón del apartamento, y aunque no dicen nada, su desprecio es evidente.

Me siento en el suelo frente a ellos, con los brazos cruzados y la paciencia agotada.

—¿Y bien? ¿Qué quieren?

—No hace falta detallar lo ocurrido anoche —dice el anciano con una mirada reprobatoria—. Usted sabe bien cuántas ilegalidades cometió.

Aprieto los labios y bajo la mirada.

—Lo sé.

—¿Recuerda haber firmado un documento?

Parpadeo. La resaca me tiene lenta, pero esa parte sí la recuerdo.

—Sí… pero era una broma.

El anciano suelta una risita irónica y niega con la cabeza.

—¿Una broma? —Extiende la mano y uno de los abogados le entrega un documento. Luego, me lo ofrece—. ¿Es esta su firma?

Tomo el papel con las manos temblorosas.

Sí, es el mismo documento que vi anoche. Pero ahora ya no está en blanco. Todos los espacios han sido llenados. Y al final, sobre la línea de firma, está mi nombre.

El trazo es errático, con la torpeza de alguien borracha. Pero sin dudas, es mi firma.

—Creo que sí… —susurro, sintiendo que algo anda muy mal.

—Léalo bien.

Deslizo la mirada hasta la parte superior de la hoja y, en cuanto leo el título, mi cerebro se apaga.

ACTA MATRIMONIAL.

Mis ojos se abren de golpe.

—¿¡Qué demonios es esto!? —chillo, mirando al abogado con el pánico subiéndome por la garganta.

El hombre me arrebata el documento con calma.

—Es exactamente lo que leyó. Un acta matrimonial.

—No, no, no. —Me pongo de pie de un salto, señalándolo con un dedo acusador—. Cuando lo firmé no decía eso. Estaba incompleto. ¡Yo estaba ebria!

—Ebria o no, incompleto o no… —Su tono se vuelve más profundo, casi como un chantaje—. Usted lo firmó.

Mi estómago da un vuelco.

—¿Y qué? —pregunto, aunque una parte de mí no quiere saber la respuesta.

El anciano sonríe.

—Señorita Cross, usted está ahora legalmente casada.

Las palabras retumban en mi cabeza como un eco burlón.

Casada.

Mis piernas flaquean. Quiero reír. Quiero gritar. Esto tiene que ser una m*****a broma…

¿Verdad?

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