Niego con la cabeza una y otra vez, como si pudiera borrar la realidad con el mero acto de negarla. Mi respiración es errática, y en mis venas asciende una sensación que no sé cómo describir. Es pánico, pero no del todo. Es incredulidad, pero tampoco. Una parte de mí está aterrada, la otra intenta aferrarse a la idea de que todo tiene solución. Siempre hay una salida. Siempre. Esta no puede ser la excepción.
—¿Por qué me dice esto? —mi voz tiembla mientras camino de un lado a otro en el reducido espacio—. Hay una manera de anularlo, ¿verdad? —El hombre no responde. Mi pecho se aprieta—. ¿Verdad? —insisto, esta vez con desesperación. —Es un matrimonio, por supuesto que puede ser anulado. Dejo escapar el aire contenido en mis pulmones, sintiendo un efímero alivio. Pero entonces... —Sin embargo… Mi cuerpo se tensa. La forma en que dejó la frase suspendida en el aire me golpea como un puñal invisible. —¡Por favor, no agregue más tensión a mi tortura! —Un matrimonio es cosa de dos. Tendrá que hablar con su esposo. Esa última palabra choca contra mí con el peso de una sentencia. Esposo. Suena ridículo, irónico. ¿Quién demonios es? Ni siquiera sé de quién están hablando. Podría ser cualquiera y, al mismo tiempo, nadie. Estoy casada con un completo desconocido. Todo por un error. Me paso una mano por el rostro, intentando procesar lo absurdo de la situación. Esto no puede estar pasándome a mí. —¿Quién es? —pregunto al fin, cruzando los brazos como si con ello pudiera mantener la compostura—. ¿Quién es el hombre con el que aparentemente estoy casada? —El señor Damon Knight. El nombre no me dice nada. Lo repito mentalmente, esperando que algo haga clic en mi cabeza, pero no hay absolutamente nada. —¿Y dónde está? Necesito verlo, hablar con él. Esto tiene que solucionarse cuanto antes. Los tres abogados intercambian una mirada fugaz, una que no sé interpretar. —El señor Knight está dispuesto a recibirla —dice el anciano con calma—. Por eso estamos aquí. —Pues vamos entonces. No estoy en condiciones de verme presentable, pero tampoco me importa. De hecho, quiero causar la peor impresión posible. Si ese tal Damon tiene una pizca de sentido común, deseará divorciarse de mí en un abrir y cerrar de ojos. Busco mi teléfono sin éxito. No quiero hacer esperar más a los abogados, así que salgo del apartamento y los sigo. Afuera, un auto negro está aparcado frente al edificio. Su carrocería brillante y moderna desentona por completo con el vecindario de clase media baja. Los hombres suben, dos atrás y el anciano adelante. Me indican que tome asiento junto a ellos. El chófer arranca sin necesidad de órdenes, y nos adentramos en la carretera. No sé cuánto tiempo pasa, quizás veinte minutos, cuando el coche se detiene. Lo reconozco al instante. La empresa que anoche, en mi estúpida locura, acepté invadir. La culpabilidad me golpea en el pecho. El auto se detiene en la entrada. Un trabajador abre la puerta con respeto al ver a los abogados, y los sigo con pasos pesados. A diferencia de la noche anterior, cuando todo estaba vacío y frío, ahora había gente moviéndose con normalidad, como si nada hubiera pasado. Como si yo no hubiera cometido un crimen ahí hace apenas unas horas. Tomamos el ascensor hasta el último piso, y mi corazón se aceleró cuando las puertas se abrieron. Reconocí los pasillos, las oficinas… y, finalmente, el despacho que casi había destruido. El despacho. El enorme escritorio de madera. El mismo lugar donde, sin pensar, firmé aquel maldito documento. Trago saliva. De repente, me siento como una delincuente a punto de ser juzgada. Una intrusa en un templo sagrado. —Por favor, entre —dice el anciano, señalando el interior. Doy un paso adelante, mis ojos recorren cada rincón de la habitación. Todo está exactamente igual. Los muebles impecables. Los objetos rotos, reemplazados. Las botellas vacías han sido sustituidas por otras nuevas. No hay rastro de nuestra invasión. —¿Buscando los rastros de tu obra maestra? La voz me paraliza. No es la del anciano. Un escalofrío me recorre la columna cuando una figura masculina rodea mi cuerpo y se acerca al escritorio. Lo sigo con la mirada, incapaz de ocultar la tensión que me provoca su presencia. Era alto. Muy alto. Su presencia ocupaba todo el lugar y me hacía sentir diminuta. Su traje negro impecable resaltaba sus hombros anchos y su postura imponente. El cabello oscuro perfectamente peinado y esos ojos azul hielo me dieron escalofríos. Guapo. Demasiado guapo. Pero no en un sentido universitario o de estrella de televisión. No. Tenía el tipo de atractivo peligroso que encuentras en libros oscuros, el que te hace preguntarte si deberías correr en la dirección opuesta. Siento frío. Me siento diminuta. Un insecto a punto de ser aplastado. —Señor Knight —habla el abogado—, la señorita Cross ha venido tal como usted ordenó. —Déjennos solos. El tono de su voz no es rudo, pero tampoco admite réplica. En cuestión de segundos, la puerta se cierra tras los abogados, dejándome sola en la jaula con el lobo. Intento tragar, pero mi garganta está seca. —Yo… —mi voz sale más baja de lo que me gustaría—. Lo siento. Estoy avergonzada por mi comportamiento. Aceptaré las consecuencias y pagaré los daños. —¿Las aceptarás? —su tono es burlón. —¿A qué se refiere? —Me refiero al contrato matrimonial, por supuesto. Doy un paso adelante y apoyo las manos en su escritorio. —Quiero que se anule lo antes posible. Una carcajada baja y sin vida escapa de sus labios. —Eso no será posible. Mis ojos se abren de par en par. —¿Qué? —Dije que no voy a anular nuestro matrimonio. Y tú tampoco lo harás. —¿De qué demonios habla? —mi paciencia se desmorona—. Ni siquiera me conoce. Una sonrisa ladeada se dibuja en su rostro mientras se inclina sobre el escritorio. —Anel Rosa Cross. Norteamericana con ascendencia latina. Veintitrés años. Becada en la Universidad de Londres, facultad de Ciencias Sociales. Familia disfuncional. Amigos que rozan la delincuencia. Mi estómago se revuelve. —¿Cómo sabes todo eso? —Porque lo sé casi todo sobre ti. Pero tú no sabes nada sobre mí. Un estremecimiento me recorre la espalda. —¿Qué quieres de mí? Su sonrisa desaparece. —Eres mi esposa, Anel. Y quiero que sigas siéndolo. Se inclina un poco más, su mirada clavándose en la mía como una sentencia. —Y para que lo tengas claro… No es una petición. Es un hecho.Mi mirada no se molesta en esconder lo que siento. Esto es demasiado impredecible para mí. De todas las opciones que imaginé, esta es la que menos sentido tiene. Esperaba un reclamo, incluso una demanda, pero no... me está prácticamente obligando a seguir casada con él.—¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —le pregunté, exasperada. —Esto es una locura, no tiene ni pie ni cabeza.—No tienes que entenderlo, solo acatarlo —respondió con frialdad, llevándome al límite de mi paciencia.—¡No lo haré!—Lo harás. No seas imprudente sin antes conocer las dos partes de este matrimonio, puede que te interese.—No me interesa —respondí rápidamente—. ¿Qué me va a ofrecer? ¿Una vida como nunca imaginé, llena de lujos con los que solo podría soñar? —pregunté, señalando irónicamente los alrededores de la ostentosa oficina. —Todo esto... no me interesa. Mi libertad no tiene precio. Es mucho más valiosa que cualquier cosa material.—Y justamente por tu libertad es que harás lo que te digo —aseguró,
Estaba siendo arrestada. Los policías me esposaron y me arrastraron fuera de la empresa, tratándome como una criminal cualquiera. Lo merecía. En el fondo, sabía que todo esto era lo que merecía, incluso la humillación de ser observada por los trabajadores, que detuvieron su paso solo para ver el espectáculo.Al llegar a la salida, me subieron a un auto policial, que arrancó rumbo a la estación. No tardamos mucho en llegar. Aún esposada, me sentaron frente a un escritorio de madera, donde un policía comenzó a interrogarme. Curiosamente, lo sabía todo. No necesitaba decirle nada. Él no preguntó, solo afirmó, basándose en pruebas que indicaban que nosotros habíamos irrumpido en la empresa. Pero había algo que él no sabía: quién robó la pulsera.Mi mente trabajó rápido. De inmediato comprendí que el maldito Demon había enviado las grabaciones de otras cámaras de seguridad, las que nos mostraban entrando al edificio, pero no las de la cámara que captó a Ray robando la joya. Quería dejar la
El auto avanzó por kilómetros de carretera antes de reducir la velocidad frente a unas imponentes rejas de metal negro. El sonido del motor se volvió un murmullo mientras nos acercábamos a la entrada. Un guardia se aproximó al auto, con su uniforme impecable y una expresión seria. Llevaba un arma a la vista, un detalle que no pasó desapercibido para mí y que hizo que se me helara la sangre.Se inclinó hacia la ventanilla, evaluándonos con una mirada analítica antes de asentir y hacer una seña para que abrieran la reja. La estructura metálica se deslizó con un rechinar controlado, permitiéndonos el paso. El auto tomó entonces un estrecho camino empedrado, flanqueado por rosales rojos en plena floración. La escena era tan elegante como inquietante, un contraste entre belleza y peligro que no me pasó desapercibido.Al detenernos, la mansión apareció ante mí en toda su magnificencia. Solo cuando bajé del auto y pude observarla en su totalidad comprendí la cantidad de dinero que debía pose
Salí de la habitación con pasos rápidos, siguiendo a la sirvienta que había venido a buscarme. Caminaba con una calma exasperante, como si el tiempo no tuviera importancia. Pero para mí sí la tenía. No porque ansiara encontrarme con él otra vez, sino porque cada segundo era una oportunidad para observar la mansión, buscar grietas en su seguridad, puertas mal cerradas, ventanas entreabiertas… cualquier descuido que me diera una posibilidad de escape. Si tenía suerte, esta sería mi última noche aquí.Los tacones que me habían dado junto con el vestido resonaban en el suelo con cada paso. La falda negra ondeaba alrededor de mis piernas con elegancia. Me veía bien, demasiado bien. Jamás me imaginé vistiendo algo tan fino, pero no podía negar que este tipo de ropa tenía su encanto, incluso en alguien como yo.Bajamos las escaleras, atravesamos el salón principal y cruzamos un largo corredor antes de llegar al comedor. La mesa era enorme, con espacio para al menos doce personas, pero lo que
Mis manos tiemblan de ira. Debo controlarme o él ganará. Empiezo a sospechar que eso es exactamente lo que quiere: verme caer en la desesperación, perder el control, romperme. Este hombre, a quien apenas conozco, es un enigma. Al principio se mostró como alguien frío, distante, con una mirada vacía que no reflejaba nada. Cada sonrisa suya parecía forzada, un acto ensayado. Era amenazante, directo. Pero ahora juega con otro enfoque. Su burla es evidente, disfruta mi miseria. ¿Por qué? ¿Qué tiene contra mí?Sí, me colé en su empresa, destrocé su oficina y firmé un contrato que no me correspondía. Lo admito. Me merecía consecuencias, pero esto… esto va más allá. Amenazarme, chantajearme, obligarme a ser su esposa, es un nivel de crueldad que traspasa cualquier límite. Y me aterra.Él hace una señal con la mano y los guardias retroceden. Se alejan, guardan sus armas y me dejan un camino libre. Ya no me rodean.—Regresemos —ordena Damon, su tono inflexible.—No —respondo con firmeza.Su ex
Camino por los corredores de la mansión con paso firme. Aún me siento ajena a este lugar, como si sus muros intentaran recordarme que no pertenezco aquí. Pero, al menos, creo saber cómo llegar al salón donde cenamos anoche. No sé si él estará ahí, pero espero que sí. Estoy dispuesta a tener una conversación muy seria con él.El eco de mis pasos resuena sobre el mármol pulido. Mi espalda erguida y mi expresión imperturbable no dejan lugar a dudas: voy en serio. No sé cuánto de imponente luzco ahora mismo, pero los sirvientes que encuentro en mi camino bajan la cabeza con respeto. Aun así, noto sus miradas furtivas, los susurros que nacen en cuanto paso de largo. No me importa. Tengo cosas más importantes en las que concentrarme.Cuando giro en el último pasillo, entro al salón. La mesa está servida para dos, aunque él no está. Pero si dispuso esto, significa que sabía que vendría. Sabía que aceptaría el reto. Lo que no sabe es lo que estoy dispuesta a hacer. Al principio, mi única inte
Después de soltar esa información como un balde de agua fría, Damon se levanta y se marcha sin una sola mirada atrás, dejándome sola y completamente desorientada. Me quedo ahí unos minutos más, procesando lo que acaba de pasar, tratando de asimilar que ahora mi vida depende de un guardaespaldas y que estoy atrapada en un mundo donde un solo error podría costarme la vida.Para cuando reacciono, mi apetito ha desaparecido y el café frente a mí se ha enfriado. Me levanto justo cuando una joven sirvienta se acerca para recoger la mesa. Me hace una leve reverencia, pero algo en ella me provoca un escalofrío. Su mirada, aunque respetuosa en apariencia, es fría, como si me odiara sin razón alguna. Estoy segura de que nunca la había visto antes, así que no entiendo de dónde viene ese desprecio.Decido ignorarlo y me dirijo de regreso a mi habitación. No tengo mucho que hacer ni conozco los alrededores de la mansión, así que no hay otro lugar a donde ir. Sin embargo, al avanzar, noto un pasill
Después de aquel ataque de pánico, sigo en el suelo, desorientada. Todo mi cuerpo tiembla en espasmos, recordándome que la crisis me sacudió por completo. La sensación es asfixiante. Hacía mucho que no pasaba por esto y, por un momento, creí que lo había superado. Pero estaba equivocada. El miedo sigue aquí, acechando en las sombras, y con él, los recuerdos que tanto intento olvidar. Esos recuerdos que me empujan de nuevo a este ciclo dañino de terror y desesperación.Odio la sangre. Odio las armas. Odio este mundo violento en el que me han arrastrado. Y lo peor es que no hay escapatoria. Saber que otra vez estaré rodeada de muerte y caos me pone los nervios de punta. Tal vez debería retomar la medicación. No quiero. La detesto. Pero si esto sigue así, no tendré opción. Algo me dice que esta no será la última crisis.Pasan los minutos… quizás horas. No lo sé. Pero cuando finalmente reúno fuerzas, me obligo a levantarme. Me aliso la falda del vestido, trato de arreglar mi cabello desor