EdwardLa luz tenue de la mañana se filtraba a través de los ventanales, bañando la habitación en un resplandor dorado. El silencio era espeso, interrumpido solo por la respiración pausada de Grace. Desde el sillón, la observé con una intensidad que me asustaba.Su cuerpo se hundía en el colchón, una parte de su espalda desnuda expuesta por la sábana que apenas cubría el resto de su figura. Su cabello rubio y ondulado se esparcía sobre la almohada, enredado en suaves bucles que parecían atrapados entre la penumbra y la luz.Tragué con dificultad.Había algo sagrado en verla así, vulnerable, descansando después de las tormentas que habíamos atravesado.Todo esto era nuevo. Para ella, para mí. Para lo que habíamos construido. Para lo que habíamos perdido.Llevé una mano a mi rostro, masajeando mi sien. Me sentía agotado, como si cada fibra de mi ser cargara un peso invisible. Habíamos pasado la madrugada juntos, sin prisa, sin barreras, dejando que nuestras palabras llenaran los silenci
GraceEstaba sentada frente al espejo en la habitación del ático de Edward, observando mi reflejo con una mezcla de emociones difíciles de definir. Todo lo que había sucedido desde que acepté el acuerdo con Edward me había llevado a lugares que jamás imaginé. Mi vida, antes predecible y estructurada, ahora estaba teñida de incertidumbre y sentimientos que no terminaba de comprender.Me mordí el labio, inquieta. Edward había salido a desayunar con su familia en el hotel donde estaban hospedados, y desde entonces, no había recibido noticias suyas. Cada minuto que pasaba en silencio solo alimentaba mi ansiedad. No quería admitirlo, pero la sensación de no saber qué estaba haciendo o pensando me descolocaba.El sonido de mi teléfono me sacó de mis pensamientos. Al desbloquear la pantalla, vi un mensaje de mi madre, Marie, invitándome a almorzar. Durante un instante, dudé. Aún no confiaba del todo en ella; después de todo, había pasado años resentida por su abandono. Pero también sabía que
EdwardEl ático estaba lleno de voces y risas. Me recargué en el respaldo del sofá con una copa de vino en la mano, observando la escena frente a mí. No podía negar que era extraño ver mi espacio, antes tan silencioso y ordenado, convertido en un punto de reunión familiar. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me molestaba.Mi madre, hablaba animadamente con mis hermanos y sus esposas. Se notaba en su expresión lo mucho que disfrutaba tenernos a todos juntos. Siempre había querido esto ella y mi padre: que nos reuniéramos como una familia, que no fuéramos simples nombres en documentos empresariales o herederos de un legado. Quería que perteneciéramos los unos a los otros.A mi lado, Grace reía suavemente ante un comentario de mi cuñada. Su mano descansaba sobre su muslo, y sin pensarlo demasiado, deslicé la mía hasta rozarla, luego entrelacé nuestros dedos, algo raro que hiciera yo, era algo bueno y se sentía bastante bien. Su calor era una especie de ancla, un recordatorio de que
GraceVolví a mirar la lista de ideas que mi madre, Marie, me había entregado hacía apenas unos días para el nuevo proyecto del restaurante. Estaba llena de garabatos, anotaciones al margen y pequeñas ilustraciones que reflejaban su entusiasmo. Normalmente, me habría sumergido de lleno, visualizando menús, la decoración, e incluso la lista de reproducción ambiental. Pero mi mente estaba, en otra parte, completamente inquieta, dando vueltas y más vueltas a la pregunta de Edward. ¿Realmente iría con él a Italia? ¿Dejaría atrás todo lo que conocía y amaba para cambiar esta ciudad, con sus luces brillantes y su ritmo frenético, por su pueblo natal, un lugar que solo conocía breve y de sus relatos, a veces idílicos, a veces melancólicos? ¿Sería capaz de vivir entre los viñedos de su familia, respirando el aire impregnado de uva y tierra, lejos de mi propia familia y mis propios sueños?Sabía que si no tomaba una decisión pronto, si seguía postergando la respuesta, sus maletas y su avión p
GraceMientras me alejaba lentamente del jardín, con la mente aún llena de las palabras de mi madre, mi teléfono vibró suavemente en el bolsillo de mi pantalón. Con un suspiro, lo saqué y miré fijamente la pantalla iluminada.Edward.Mi corazón dio un vuelco repentino en mi pecho, latiendo con fuerza y rapidez, acelerándose ante la simple visión de su nombre grabado en la pantalla. Un torrente de emociones me inundó, desde la anticipación hasta una profunda inquietud. Dudé por un instante, pero finalmente respondí la llamada, sintiendo un nudo opresivo formándose en mi estómago.—Hola… —dije, con la voz apenas audible, luchando por mantener la calma.—Hola, pequeña… —su voz grave y cálida resonó a través del altavoz, haciéndome cerrar los ojos por un segundo. Una oleada de emoción recorrió mi cuerpo como una descarga eléctrica, desde la punta de mis pies hasta la raíz de mi cabello. Era extraño, incluso íntimo, la manera en la que me llamó, un apodo cariñoso que me estremecía hasta lo
EdwardUna opresión desconocida, una sensación insidiosa, como una garra helada apretando mi corazón, se instaló en mi pecho sin motivo aparente. Un nudo de ansiedad frío y pesado, una sombra repentina proyectada sobre un día soleado, oscureciendo mi visión. No lograba identificar una causa lógica, un desencadenante racional para esta angustia, pero la sensación era ineludible, pegajosa y persistente. Hacía apenas unos instantes, había estado hablando con Grace. Ella se dirigía hacia nuestro hogar, feliz de volver a casa. Y, sin embargo, había algo en su voz. Algo sutil, casi imperceptible, pero inconfundible para mí. Algo que me hizo tensarme por dentro, un presentimiento oscuro que me recorrió la espina dorsal. Íbamos a hablar. Teníamos muchas cosas que hablar, asuntos importantes que debíamos resolver juntos. Entonces, de repente, como si mi cuerpo actuara por su cuenta, dejé caer el vaso de whisky sobre la superficie pulida de la mesa de centro en el ático, la madera oscura brilla
GraceEl dolor me atravesó como una daga, justo en el centro de mi pecho. Mis ojos se abrieron abruptamente, desmesuradamente grandes, llenos de pavor. Estaba asustada, completamente alterada, con una sensación punzante de terror que me atenazaba, pero apenas podía tomar una bocanada de aire. La respiración se me escapaba, como si mis pulmones se negaran a funcionar. En medio de la confusión y el pánico, dirigí la mirada a mí alrededor, intentando comprender qué estaba sucediendo. Las luces del techo, fluorescentes y frías, pasaban a toda velocidad, creando estelas borrosas a mi paso. A mis costados, percibía figuras humanas difusas, contornos indistintos que se movían frenéticamente. ¿Era una mascarilla de oxígeno lo que cubría mi rostro? La sentía extraña, invasiva. Instintivamente, quise retirarla, arrancarla de mi cara, pero mis brazos se negaron a obedecer. Mis extremidades estaban pesadas, inertes. Mi cuerpo entero, mi ser, no reaccionaba a mis órdenes. Sentí un ardor intenso en
GraceDesperté lentamente, como si regresara de un viaje muy, muy lejano. El sonido era tan tenue, casi inaudible: el susurro de mi nombre. Era como emerger de un sueño profundo, tan pesado que me había mantenido prisionera. La transición a la conciencia fue dolorosa. Un dolor punzante recorrió cada centímetro de mi cuerpo al intentar moverme, recordándome de manera brutal cada herida, cada contusión. Mis costillas, en particular, protestaban con cada inhalación, con cada intento de llenar mis pulmones de aire. Sentía una opresión constante, un recordatorio constante de lo que había pasado. Mi brazo, quieto e inmóvil a mi lado, me hizo suponer lo peor. No sentía nada, ni siquiera un leve hormigueo. El pánico comenzó a instalarse en mi interior.Parpadeé lentamente, con dificultad, tratando de acostumbrar mis ojos a la luz que ahora inundaba la habitación. Todo parecía borroso al principio, una mancha difusa de colores y formas sin definición. Necesitaba tiempo para enfocar, para permi