CXLVI Frío

—¿Por qué mi hija te llama padre? ¿Desde cuándo tú y ella se conocen?

Con esas preguntas, que tras el sosegado tono de voz de Libi guardaban una furia incontenible, comenzó ella el titánico propósito de desenredar la madeja que los indescifrables motivos de Irum habían enmarañado.

La cordialidad, en la medida en que le fuera posible manifestarla, sería su primera línea de defensa.

—La conocí al poco tiempo de que la trajeras a vivir contigo. Cuando la vi, sentí de inmediato una conexión especial.

Tal y como le había pasado a ella. Sus destinos, conectados por un hilo invisible, habían terminado entrelazados, por doloroso que resultara. Era una trampa de la que no había podido escapar, Irum se las arreglaba para llevar Lituania a donde fuera.

—Ella se parece tanto a ti y creo que también se parece un poco a mí, esa cara que pone cuando está concentrada dibujando es como la mía cuando reviso documentos en el trabajo.

Libi ahogó un chillido del llanto que se le desbordaba. Claro que
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