Bianca aún no podía creer la pesadilla que estaba viviendo. Su madre, Maite, la miraba con seriedad y diversión, no podía ocultar lo mucho que disfrutaba cada segundo de su tormento.—Bianca, ve a empacar las maletas. Tienes que cumplir con tu deber de esposa —dijo Maite, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa.—¿Perdón? —Bianca casi se atragantó con sus propias palabras—. Mamá, ¿cómo es posible que me mandes a empacar para irme a vivir con ese idiota que está sentado ahí tan campante? —señaló con desprecio al hombre que, efectivamente, estaba sentado en el sillón de la sala, mirando su teléfono como si nada pasara.Augusto Martinez, su jefe… ahora esposo, ni siquiera levantó la vista. Solo movió un poco su ceja izquierda, señal de que no le importaba un comino su berrinche.—Ay, hija, no te hagas la sufrida —respondió Maite, levantándose lentamente de su silla—. Tú solita te metiste en esto. Firmaste ese contrato sin leerlo, creyendo que estabas aceptando pagar por cotas un t
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