Bianca respiró hondo al escuchar los golpes insistentes en la puerta. Sabía que su jefecito no se iría tan fácil, y mucho menos con ese temperamento de piedra que tenía.
—¿Quién era? —preguntó su madre desde la sala, sin apartar la vista de la televisión.
—Ah, solo un vendedor. Ya sabes, quieren ofrecer paquetes de internet y esas cosas —respondió Bianca con una sonrisa nerviosa.
—Diles que no tenemos interés.
—Sí, sí, claro —dijo mientras giraba sobre sus talones y, con toda la resignación del mundo, volvió a abrir la puerta.
Antes de que Augusto pudiera decir una sola palabra, Bianca lo sujetó con fuerza por la chaqueta y lo empujó con toda la energía que tenía acumulada, haciéndolo tambalear hacia atrás. Sin darle tiempo de reaccionar, salió tras él y cerró la puerta de un golpe, dejándolos a ambos afuera.
—¿Pero qué demonios te pasa? —bramó Augusto, sorprendido por la agresividad de Bianca.
—¡No puedes venir aquí golpeando mi puerta como si fuera la tuya! —le espetó, acercándose hasta acorralarlo contra la pared de la entrada.
Augusto, aún recuperándose del empujón, la miró con el ceño fruncido. La Bianca que tenía enfrente no era la misma asistente de esta mañana, pero sin llegar a tocarlo. Esta mujer lo tenía atrapado, con una mirada desafiante y una mano firmemente apoyada contra su pecho, impidiéndole moverse.
—Tienes agallas, Bianca —murmuró con una sonrisa de lado, sin molestarse en apartarla.
—Tengo paciencia, pero tú la estás agotando —replicó ella, presionándolo más contra la pared—. ¿Qué quieres?
—Creo que ya lo sabes.
—Si es sobre el florero, yo no fui.
—No me hagas reír.
—No estoy aquí a hacerte reír, jefecito. Y si estás pensando que voy a obedecerte como una buena empleada, estás muy equivocado —espetó, sin apartarse ni un centímetro.
Augusto la miró fijamente. Había algo en Bianca que lo irritaba y lo intrigaba al mismo tiempo. Ella al parecer no se dejaba dominar, y eso lo sacaba de quicio… pero también le divertía.
—Esto no es una petición, Bianca. Es una orden —dijo con voz grave, inclinándose un poco hacia ella—. Vas a hacer tus maletas y te vas a mudar a la mansión ahora mismo.
—¿Y si no quiero?
—Entonces… incumpliremos el contrato.
Bianca parpadeó varias veces.
—¿Contrato? ¿De qué hablas?
Augusto sonrió con burla.
—Oh, no me digas que firmaste algo sin leerlo… Eso es tan poco inteligente de tu parte.
Carlos sonrió por qué Augusto hizo lo mismo, tampoco leyó las letras pequeñas de la abuela.
Bianca apretó los dientes y aflojó un poco la presión contra su pecho.
—Explícate —exigió.
Augusto metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó su teléfono. Con unos cuantos toques, abrió un archivo y se lo mostró.
—Ahí está —señaló con satisfacción—. Cláusula número tres: La pareja debe residir bajo el mismo techo durante el primer año de matrimonio.
Bianca sintió que su estómago se hundía.
—Estás bromeando…
—No suelo bromear con temas legales.
—¡¿Cómo demonios no vi esto?!
—No lo sé, pero me encanta que lo descubras en este momento. Ahora, muévete, haz tu maleta y vámonos.
Bianca cerró los ojos un instante, tratando de calmar la furia que subía por su cuerpo. Cuando los abrió, lo miró con una sonrisa falsa.
—No voy a ir a ninguna parte, jefecito.
Augusto inclinó la cabeza, divertido.
—Si no lo haces por las buenas, lo harás por las malas.
—¿Me vas a cargar como un saco de papas?
—No lo descartes.
Bianca chasqueó la lengua, empujándolo con el dedo en el pecho.
—Escúchame bien, Augusto Martinez, no me importa qué tan rico, poderoso o molesto seas. No voy a dejar mi casa ni a mi madre para ir a vivir a esa mansión solo porque tu abuela tiene un capricho o se esté muriendo.
Augusto la miró fijamente, sin moverse. Entonces, de repente, se inclinó aún más cerca, reduciendo la distancia entre ellos.
—¿Eso significa que quieres romper el contrato?
—Significa que quiero renegociarlo.
Augusto sonrió.
—Oh, Bianca… No estás en posición de negociar.
Bianca lo miró con desafío, pero antes de que pudiera responder, la puerta detrás de ella se abrió y su madre apareció con los brazos cruzados.
—¿Van a seguir peleando ahí afuera o van a entrar y hablar como personas civilizadas?
Bianca y Augusto se quedaron en silencio.
—¡Porque los vecinos ya están mirando! —agregó su madre, señalando discretamente hacia un par de vecinas que los observaban con curiosidad desde la acera.
Bianca suspiró y miró de nuevo a su jefecito.
—No he terminado contigo —le advirtió en un susurro.
—Ni yo contigo, esposa —respondió él con una sonrisa arrogante.
Bianca rodó los ojos y entró a la casa, seguida de un muy satisfecho Augusto.
La madre de Bianca cerró la puerta con un suspiro y se giró hacia Augusto, observándolo de pies a cabeza con los brazos cruzados.
—Y tú, muchachito, ¿quién eres?
Augusto sonrió con arrogancia y dio un paso al frente, extendiendo la mano con seguridad.
—Augusto Martínez, CEO de la empresa Marciti.
La madre de Bianca levantó una ceja, cruzando los brazos con más fuerza.
—¿Marciti? ¿La compañía de tecnología y software?
—La misma.
La mujer parpadeó varias veces y luego miró a su hija, quien intentaba pasar desapercibida detrás de Augusto.
—A ver, a ver, a ver… —dijo la madre de Bianca con tono suspicaz—. ¿Me estás diciendo que te casaste con el CEO de Marciti?
—Mmm… más o menos —respondió Bianca con una sonrisa nerviosa.
—¡¿Cómo que más o menos?! —exclamó su madre antes de soltarle un coscorrón en la cabeza.
—¡Ay, mamá! —se quejó Bianca, sobándose la cabeza.
—¡¿Qué hiciste, niña?! ¡Hace apenas u
nas horas estabas llorando porque habías terminado con ese idiota de Guillermo y ahora me sales con que te casaste con un millonario?!
—¡No fue así! —protestó Bianca, esquivando otro intento de coscorrón.Mientras tanto, Augusto, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, no podía dejar de reírse. Al igual que Carlos.—Me gusta esta dinámica —comentó divertido—. Siento que voy a disfrutar esta familia.La madre de Bianca le dirigió una mirada afilada antes de volver a concentrarse en su hija.—Explícame bien, Bianca, porque esto no tiene sentido.—Mamá, te juro que esto no fue mi idea. ¡Fue una trampa! ¡Este maldito tramposo me engañó!Augusto alzó una ceja.—Yo no lo llamaría trampa… más bien, un intercambio justo.—¡¿Intercambio justo?! —Bianca lo fulminó con la mirada antes de volverse de nuevo hacia su madre—. ¡Mamá, este hombre me obligó a casarme con él porque arruiné un traje suyo!La madre de Bianca la miró en completo silencio por varios segundos.—... ¿Un traje?—Sí. Un traje supercostoso que ni en cien años podría pagar.La mujer suspiró y cerró los ojos por un momento, como si estuviera
Bianca aún no podía creer la pesadilla que estaba viviendo. Su madre, Maite, la miraba con seriedad y diversión, no podía ocultar lo mucho que disfrutaba cada segundo de su tormento.—Bianca, ve a empacar las maletas. Tienes que cumplir con tu deber de esposa —dijo Maite, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa.—¿Perdón? —Bianca casi se atragantó con sus propias palabras—. Mamá, ¿cómo es posible que me mandes a empacar para irme a vivir con ese idiota que está sentado ahí tan campante? —señaló con desprecio al hombre que, efectivamente, estaba sentado en el sillón de la sala, mirando su teléfono como si nada pasara.Augusto Martinez, su jefe… ahora esposo, ni siquiera levantó la vista. Solo movió un poco su ceja izquierda, señal de que no le importaba un comino su berrinche.—Ay, hija, no te hagas la sufrida —respondió Maite, levantándose lentamente de su silla—. Tú solita te metiste en esto. Firmaste ese contrato sin leerlo, creyendo que estabas aceptando pagar por cotas un t
Augusto se despertó con pesar con una ligera presión en la cabeza, siendo un residuo más de la noche anterior. Miró a su alrededor: la luz suave de la mañana se filtraba por las cortinas de la lujosa suite de hotel. La mujer que había pasado la noche a su lado seguía dormida, desnuda y envuelta en las sábanas arrugadas. La observó por un momento, sin una pizca de remordimiento en su mirada. Para él, era solo una más, un pasatiempo, nada más. Nunca las mujeres significaban algo más para él, solo un acoston de una noche y nomás. Se incorporó de la cama sin hacer ruido, tomando una rápida mirada al reloj de su muñeca. Las diez de la mañana. No era extraño para el dormir hasta tarde, había días en los que despertaba a más de medio día.Pero aún así había cosas que hacer, y esa mujer era solo una distracción momentánea, una que ya no le interesaba, en los más minimo.Tomó su camisa del suelo, la sacudió y la puso sobre su cuerpo de manera mecánica. Al salir de la habitación, cerró la pue
Bianca llegó a casa antes de lo esperado. Su turno había terminado más temprano, así que decidió pasar por el supermercado. Compró todo lo necesario para preparar la cena favorita de Guillermo. Quería sorprenderlo, hacer de esa noche algo especial. Después de todo, últimamente sentía que las cosas entre ellos no estaban bien, pero ella se negaba a creer que su relación estuviera en peligro.Sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta con una sonrisa. Sin embargo, lo que encontró al entrar la dejó inquieta. Había ropa tirada por toda la sala. Blusas, pantalones, incluso ropa interior. Algunas prendas eran de hombre, otras claramente de mujer. Su corazón se aceleró de inmediato. Su mente empezó a crear escenarios caóticos, pero se obligó a mantener la calma.—Seguro dejó la ropa tirada, como siempre —murmuró para sí misma, intentando convencerse de que todo estaba bien.Sin embargo, algo dentro de ella le decía que no.Dejó las bolsas de compras sobre la mesa y caminó con pasos cuidad
Bianca, después de calmarse, se fue a casa de su madre. Sabía que iba a llenarla de interrogantes, pero de nada servía mentirle a su madre. Nunca lo había hecho.Se arrepintió de no haberle hecho caso cuando le advirtió que no le gustaba Guillermo para ella. Su instinto de madre no fallaba, pero como nadie aprende por cuero ajeno, la dejó irse de casa para vivir con ese hombre.Bianca siempre fue rebelde, hacía lo que quería, y si alguien le decía que no, ella con mayor razón decía que sí. Aunque aparenta ser débil y distraída, es terca como una mula. De pequeña se metía en problemas cada vez que podía, y su madre Maite debía ir a abogar por su hija. La mujer no sabía qué hacer con ella, además era maní pesada, todo lo que tocaba lo dañaba. Tuvo que pagar varias pipetas del laboratorio de química, además de que se le cayó de las manos el costoso microscopio de la clase de ciencias.Bianca llegó con pasos cansados hasta la pequeña casa, tocó la puerta algo dudosa. Un rato después, su m
Bianca parecía pensativa, no podía creer lo que había ocurrido en las últimas horas. Su trabajo soñado en la exportadora “Marciti” había dado un giro inesperado con la llegada de Augusto Martínez. Después del incidente con el café y el traje, aún se sentía nerviosa y confundida. Lo peor de todo era que debía pagar una cantidad absurda por ese traje, como si sus gastos personales no fueran nada, ahora estaría en deuda por un año.Mientras Carlos redactaba el contrato de matrimonio, Augusto observaba con atención. Sabía que la secretaría ingenua frente a él era la candidata perfecta para cumplir con los deseos de su abuela sin comprometer su estilo de vida.Bianca, ajena a las maquinaciones de Augusto, se esforzaba por recuperar el control de la situación. Trató de recordar todos los detalles que le había contado su padre sobre la importancia de mantener la calma en momentos de crisis.Carlos terminó de redactar el contrato y se acercó a Bianca con una expresión seria en su rostro.—Bi
Bianca se quedó de pie frente a la mansión, viendo cómo el auto de su jefe se alejaba con él dentro. Maldijo para sus adentros cuando escuchó la voz de la abuela de su jefecito detrás de ella.—¿Quién rompió mi florero? —habló en tono fuerte y autoritario la abuela de Augusto.Bianca volteó a ver a la señora y se le ocurrió un plan de venganza contra su jefecito por haberla abandonado ahí.—Ay, abuela, fue Augusto. Por eso el pobre salió tan asustado y tan deprisa que me dejó aquí sola —fingió inocencia, aunque en ese momento no la tenía.—A ese nieto mío le hicieron falta un par de nalgadas. Mira que abandonarte aquí sola por el simple hecho de haber roto mi florero… Después lo haré pagar muy caro. Ahora comamos un postre y te enviaré con el chofer a donde tú quieras ir.Bianca, feliz porque se salió con la suya, entró nuevamente a la mansión de la mano de la abuela de su jefecito.—Abuela, ¿puedo pedirle un favor? —indaga Bianca, sabiendo que debe cubrirse las espaldas para salvarse