Capítulo 6:

Bianca respiró hondo al escuchar los golpes insistentes en la puerta. Sabía que su jefecito no se iría tan fácil, y mucho menos con ese temperamento de piedra que tenía.

—¿Quién era? —preguntó su madre desde la sala, sin apartar la vista de la televisión.

—Ah, solo un vendedor. Ya sabes, quieren ofrecer paquetes de internet y esas cosas —respondió Bianca con una sonrisa nerviosa.

—Diles que no tenemos interés.

—Sí, sí, claro —dijo mientras giraba sobre sus talones y, con toda la resignación del mundo, volvió a abrir la puerta.

Antes de que Augusto pudiera decir una sola palabra, Bianca lo sujetó con fuerza por la chaqueta y lo empujó con toda la energía que tenía acumulada, haciéndolo tambalear hacia atrás. Sin darle tiempo de reaccionar, salió tras él y cerró la puerta de un golpe, dejándolos a ambos afuera.

—¿Pero qué demonios te pasa? —bramó Augusto, sorprendido por la agresividad de Bianca.

—¡No puedes venir aquí golpeando mi puerta como si fuera la tuya! —le espetó, acercándose hasta acorralarlo contra la pared de la entrada.

Augusto, aún recuperándose del empujón, la miró con el ceño fruncido. La Bianca que tenía enfrente no era la misma asistente de esta mañana, pero sin llegar a tocarlo. Esta mujer lo tenía atrapado, con una mirada desafiante y una mano firmemente apoyada contra su pecho, impidiéndole moverse.

—Tienes agallas, Bianca —murmuró con una sonrisa de lado, sin molestarse en apartarla.

—Tengo paciencia, pero tú la estás agotando —replicó ella, presionándolo más contra la pared—. ¿Qué quieres?

—Creo que ya lo sabes.

—Si es sobre el florero, yo no fui.

—No me hagas reír.

—No estoy aquí a hacerte reír, jefecito. Y si estás pensando que voy a obedecerte como una buena empleada, estás muy equivocado —espetó, sin apartarse ni un centímetro.

Augusto la miró fijamente. Había algo en Bianca que lo irritaba y lo intrigaba al mismo tiempo. Ella al parecer no se dejaba dominar, y eso lo sacaba de quicio… pero también le divertía.

—Esto no es una petición, Bianca. Es una orden —dijo con voz grave, inclinándose un poco hacia ella—. Vas a hacer tus maletas y te vas a mudar a la mansión ahora mismo.

—¿Y si no quiero?

—Entonces… incumpliremos el contrato.

Bianca parpadeó varias veces.

—¿Contrato? ¿De qué hablas?

Augusto sonrió con burla.

—Oh, no me digas que firmaste algo sin leerlo… Eso es tan poco inteligente de tu parte.

Carlos sonrió por qué Augusto hizo lo mismo, tampoco leyó las letras pequeñas de la abuela.

Bianca apretó los dientes y aflojó un poco la presión contra su pecho.

—Explícate —exigió.

Augusto metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó su teléfono. Con unos cuantos toques, abrió un archivo y se lo mostró.

—Ahí está —señaló con satisfacción—. Cláusula número tres: La pareja debe residir bajo el mismo techo durante el primer año de matrimonio.

Bianca sintió que su estómago se hundía.

—Estás bromeando…

—No suelo bromear con temas legales.

—¡¿Cómo demonios no vi esto?!

—No lo sé, pero me encanta que lo descubras en este momento. Ahora, muévete, haz tu maleta y vámonos.

Bianca cerró los ojos un instante, tratando de calmar la furia que subía por su cuerpo. Cuando los abrió, lo miró con una sonrisa falsa.

—No voy a ir a ninguna parte, jefecito.

Augusto inclinó la cabeza, divertido.

—Si no lo haces por las buenas, lo harás por las malas.

—¿Me vas a cargar como un saco de papas?

—No lo descartes.

Bianca chasqueó la lengua, empujándolo con el dedo en el pecho.

—Escúchame bien, Augusto Martinez, no me importa qué tan rico, poderoso o molesto seas. No voy a dejar mi casa ni a mi madre para ir a vivir a esa mansión solo porque tu abuela tiene un capricho o se esté muriendo.

Augusto la miró fijamente, sin moverse. Entonces, de repente, se inclinó aún más cerca, reduciendo la distancia entre ellos.

—¿Eso significa que quieres romper el contrato?

—Significa que quiero renegociarlo.

Augusto sonrió.

—Oh, Bianca… No estás en posición de negociar.

Bianca lo miró con desafío, pero antes de que pudiera responder, la puerta detrás de ella se abrió y su madre apareció con los brazos cruzados.

—¿Van a seguir peleando ahí afuera o van a entrar y hablar como personas civilizadas?

Bianca y Augusto se quedaron en silencio.

—¡Porque los vecinos ya están mirando! —agregó su madre, señalando discretamente hacia un par de vecinas que los observaban con curiosidad desde la acera.

Bianca suspiró y miró de nuevo a su jefecito.

—No he terminado contigo —le advirtió en un susurro.

—Ni yo contigo, esposa —respondió él con una sonrisa arrogante.

Bianca rodó los ojos y entró a la casa, seguida de un muy satisfecho Augusto.

La madre de Bianca cerró la puerta con un suspiro y se giró hacia Augusto, observándolo de pies a cabeza con los brazos cruzados.

—Y tú, muchachito, ¿quién eres?

Augusto sonrió con arrogancia y dio un paso al frente, extendiendo la mano con seguridad.

—Augusto Martínez, CEO de la empresa Marciti.

La madre de Bianca levantó una ceja, cruzando los brazos con más fuerza.

—¿Marciti? ¿La compañía de tecnología y software?

—La misma.

La mujer parpadeó varias veces y luego miró a su hija, quien intentaba pasar desapercibida detrás de Augusto.

—A ver, a ver, a ver… —dijo la madre de Bianca con tono suspicaz—. ¿Me estás diciendo que te casaste con el CEO de Marciti?

—Mmm… más o menos —respondió Bianca con una sonrisa nerviosa.

—¡¿Cómo que más o menos?! —exclamó su madre antes de soltarle un coscorrón en la cabeza.

—¡Ay, mamá! —se quejó Bianca, sobándose la cabeza.

—¡¿Qué hiciste, niña?! ¡Hace apenas u

nas horas estabas llorando porque habías terminado con ese idiota de Guillermo y ahora me sales con que te casaste con un millonario?!

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