Esperar a que ella se durmiera y decidir qué hacer con su vida fue una de las decisiones más difíciles que había tomado. Se quedó allí, inmóvil, observándola mientras la respiración pausada de Alina llenaba la habitación. Su pecho subía y bajaba con delicadeza, y su rostro, antes tenso, ahora irradiaba una paz que parecía ajena al caos en el que ambos estaban sumergidos.Ella dormía con la inocencia de quien ignora el peligro, como si su mente hubiera olvidado, aunque fuera por unas horas, la sombra que él proyectaba sobre su vida. Y Viktor, de pie junto a la cama, sintió un impulso irrefrenable de hacer lo que no se atrevió minutos atrás. Sus dedos hormigueaban con la tentación de tocarla, de reclamar lo que su cuerpo le exigía, pero una parte de sí mismo, la parte que aún se aferraba a un vestigio de control, le hizo dar un paso atrás.Sabía que no se lo perdonaría si se dejaba arrastrar por sus deseos en ese momento. Con la misma calma con la que solía acechar a sus presas, la acom
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