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Todos los capítulos de Danza con el Diablo: Capítulo 21 - Capítulo 30
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Cautiva de su sombra
Allí, apoyado contra la pared con la arrogancia de quien sabe que su sola presencia es una sentencia, Viktor la observaba.Alina se detuvo en seco. Su pecho subía y bajaba con la respiración alterada. Sentía la piel erizarse de forma involuntaria. Quiso retroceder, pero sus pies no respondieron.Él sonrió de lado. Las palabras deberían haber sido una afirmación inofensiva, pero en su boca sonaron como un veredicto. Como si fuera él quien lo permitía.Alina apretó los labios. Su orgullo se negaba a ceder terreno.Las luces del pasillo eran tenues, pero bastaban para resaltar el fulgor gélido de sus ojos. Ojos que la desnudaban, que la atrapaban en un juego que ella no quería jugar.—Déjame en paz —exigió Alina, con la mandíbula apretada—. ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dijo que eras bien recibido aquí? —escupió a la defensiva—. Vete.Él se inclinó levemente hacia ella.—Eso no depende de ti —susurró.Alina sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era miedo. O no solo miedo. Era algo má
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Mentiras y Deseos
La habitación se llenó de una tensión eléctrica cuando Alina sintió su respiración caliente en contra de la piel de su rostro. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se clavaron en los de ella con una intensidad devastadora. En su mirada no había prisa, solo la certeza de un cazador que sabe que su presa ya está acorralada.Alina tragó saliva, su corazón martillaba contra su pecho con fuerza descomunal.—No tienes derecho —susurró, tratando de ignorar el temblor en su voz.Viktor sonrió de lado, era una sonrisa que no auguraba nada bueno. Se inclinó apenas, lo suficiente para que su aliento rozara la piel expuesta de su cuello. Ella se tensó, sus instintos gritaban peligro, pero su cuerpo traicionero no retrocedió.—Tengo más derecho del que imaginas —murmuró contra su oído—. Eres mía, Alina. No sé cuántas veces tendré que repetírtelo para que lo entiendas.La furia chispeó en los ojos de Alina, encendiendo un fuego que luchaba contra el frío sofocante que él imponía.—No soy de nadie —
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El abismo de Viktor
La habitación era un santuario de silencio, iluminado por la tenue luz de la lámpara de la mesa de noche y el resplandor plateado de la luna que se filtraba a través de la única ventana. El aire frío se colaba por la abertura, trayendo consigo un escalofrío que se arrastró por la piel desnuda de Alina, erizándola como si respondiera al peligro latente en la penumbra.Arrinconada contra el espaldar de la cama, se abrazaba a sí misma en un intento desesperado de preservar el poco control que aún le quedaba. Pero no podía engañarse. No estaba atrapada por la habitación ni por la cerradura de la puerta, sino por el hombre que la observaba desde la esquina de la cama. Su presencia era una sombra inamovible, una sentencia silenciosa dictada con cada respiro contenido entre ellos.La mirada de Viktor era un abismo de furia y deseo insatisfecho. Sus ojos la desafiaban, exigían rendición, pero también ardían con una rabia contenida que teñía su piel pálida de un carmín febril. Sus labios estab
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La segunda noche: La jaula de oro
Esperar a que ella se durmiera y decidir qué hacer con su vida fue una de las decisiones más difíciles que había tomado. Se quedó allí, inmóvil, observándola mientras la respiración pausada de Alina llenaba la habitación. Su pecho subía y bajaba con delicadeza, y su rostro, antes tenso, ahora irradiaba una paz que parecía ajena al caos en el que ambos estaban sumergidos.Ella dormía con la inocencia de quien ignora el peligro, como si su mente hubiera olvidado, aunque fuera por unas horas, la sombra que él proyectaba sobre su vida. Y Viktor, de pie junto a la cama, sintió un impulso irrefrenable de hacer lo que no se atrevió minutos atrás. Sus dedos hormigueaban con la tentación de tocarla, de reclamar lo que su cuerpo le exigía, pero una parte de sí mismo, la parte que aún se aferraba a un vestigio de control, le hizo dar un paso atrás.Sabía que no se lo perdonaría si se dejaba arrastrar por sus deseos en ese momento. Con la misma calma con la que solía acechar a sus presas, la acom
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Lo que quiero de ti
Alina observó el festín que tenía delante con una expresión impenetrable, aunque en su interior se libraba una batalla de emociones encontradas.—Espero te guste todo lo que mandé a preparar —dijo Viktor con un tono de voz sutil, casi gentil.Ella levantó la mirada, encontrándose con sus ojos fríos, expectantes. «¿Y cómo sabes cuáles son mis gustos?» cuestionó en su mente, pero su boca permaneció sellada. Aprendió rápido que sus objeciones no hacían más que alimentar su placer por el control. No tenía caso refutarle, no cuando él siempre imponía su voluntad, no cuando ella era una mera espectadora en su propia vida.El plato frente a ella era una obra de arte culinaria: un cangrejo meticulosamente decorado con especias y encurtidos exóticos. El aroma le resultaba extraño, ajeno a todo lo que había probado antes. No era algo que hubiera elegido, pero eso poco importaba. En ella estaba adaptarse o seguir peleando hasta el agotamiento, porque simplemente Viktor no le prestaría la mayor
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Cuando el miedo susurra mentiras
A la mañana siguiente, Alina descendió por las escaleras del ático hacia el exterior con una emoción silente, sintiendo la presión invisible pero implacable de la presencia de Viktor a su lado. A cada paso, el peso de su control se hacía más evidente, le confirmaba que la opulencia que la rodeaba no era más que una celda disfrazada de lujo, una trampa dorada de la que no veía escapatoria. La idea de adaptarse a la rutina impuesta por él le resultaba abrumadora; siempre había sido dueña de sus propias decisiones, moviéndose según sus necesidades y deseos, pese a la presión de su padrastro por hacerse de su dinero. Ahora, todo lo que Viktor le imponía le hacía sentir que estaba atrapada en una jaula invisible, aunque exquisitamente adornada. Nada le faltaría, salvo su propia voluntad... y, si se atrevía a admitirlo, el amor puro y real que anhelaba recibir en lo más profundo de su ser.La noche anterior había sido distinta a la anterior. No la despojó de su ropa, no la tocó con lujuria,
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La rosa y el demonio
Una hora y media después, luego de confirmar que no se encontraría con su grupo hasta la noche en el teatro, Alina se topó con la incómoda realidad de que Viktor ya tenía un plan meticulosamente trazado para el resto del día.No hubo oportunidad de discutirlo, ni de negarse. Antes de que pudiera ofrecer resistencia, ya se encontraba siendo arrastrada por las calles parisinas como una muñeca de lujo, atrapada bajo la voluntad de un hombre que parecía ver en ella algo que debía moldear a su antojo.El sol de París brillaba en lo alto, derramando su cálida luz sobre las aceras adoquinadas, donde turistas y locales se mezclaban en un ritmo casi onírico. Pero la ensoñación de la ciudad contrastaba con la sensación de asfixia que le producía la mano firme de Viktor, aferrada a la suya con una posesividad que la inquietaba. No le dio tregua, ni un respiro, ni la más mínima posibilidad de escabullirse. Su agarre era más que un simple toque; era una advertencia silenciosa, un recordatorio de q
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El infierno de su rescate
Desesperado por no encontrarla en los sanitarios, el humor de Viktor comenzó a escalar a niveles que solo él y sus hombres podían comprender. La serenidad que había mantenido se desmoronó, fue devorada por la ira ardiente de no hallar a Alina en ningún rincón del área donde se suponía que debía estar. Su respiración se volvió errática, su mandíbula se tensó, y su paciencia, ya frágil, se rompió como un cristal hecho añicos.—Maldita cría… —bufó entre dientes, su voz solo destilada signos de amenaza—. Te voy a enseñar a respetarme. A mí nadie me desafía. A mí nadie me deja.Cada palabra salió de su boca con un veneno hirviente mientras avanzaba con zancadas furiosas, sus ojos escaneaban cada sombra, cada rincón, buscando algún indicio de ella. Los empleados del teatro cada vez que él miraba en dirección de alguno de ellos desviaban la mirada con miedo, sintiendo la electricidad de su rabia vibrar en el aire.Aunque él no lo analizara, era evidente que no estaba acostumbrado a la sensac
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El precio de la salvación
Alina despertó sobresaltada. La habitación en la que se encontraba era espaciosa, con un estilo minimalista que exudaba lujo y frialdad al mismo tiempo. Las sábanas de seda se sentían extrañas contra su piel, demasiado suaves, demasiado ajenas. Un ligero mareo la obligó a apoyarse en los codos mientras sus ojos exploraban el lugar. El lugar le resultaba conocido, tenía esa sensación pero el aturdimiento era abrumador. Entonces lo vio.Viktor estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos de su pantalón negro, observándola con esa calma inhumana que la ponía al borde del pánico. Su silueta parecía aún más imponente con la luz tenue que perfilaba cada una de sus facciones afiladas. No había duda de dónde estaba. Y eso la llenó de terror.—¿Dónde estoy? —su voz salió temblorosa, pero intentó mantener la compostura.Viktor se giró lentamente, como si no tuviera prisa en responder. Caminó hacia ella con pasos calculados y se detuvo al borde de la cama.—En un lugar donde s
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Un monstruo de dos caras
Alina se estremeció cuando Viktor se incorporó y caminó hacia una mesa de madera oscura en el rincón de la terraza de la habitación, parte del pequeño jardín dispuesto en un espacio estratégicamente diseñado en las afueras de la habitación. Se movía con la misma gracia felina de siempre, una mezcla perfecta entre letalidad y control absoluto. Ella apenas respiraba, observándolo con recelo mientras él servía una copa de licor ámbar.Era su segundo día en la casa de Viktor después del rescate, y todavía no lograba recomponerse por completo de la experiencia vivida. Aún sentía los efectos de la sustancia que le habían inyectado, una letalidad que la mantenía en un estado de letargo impropio en ella. Su cuerpo, aunque descansado, se sentía extraño, pesado, como si todavía estuviera atrapado en aquella pesadilla. Un hombre al que Viktor le presentó como su médico personal había ido a verla en varias ocasiones durante esos dos días. Aquella misma mañana había estado con ella, revisando su e
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