El silencio que quedó tras la salida de Eliot era denso, casi asfixiante. Carolina permaneció de pie en medio del salón, con el corazón desbocado y las manos temblorosas. Sus ojos recorrieron el desastre: la mesa corrida, los restos de café esparcidos por el suelo, y Henry aún de pie, con una mano sobre su mandíbula enrojecida.—Lo siento —murmuró ella, llevándose una mano a la frente—. No debió pasar esto.Henry soltó un suspiro largo antes de responder.—No es tu culpa, Carolina. Ese tipo tiene un problema de celos, y tarde o temprano iba a explotar.Ella negó con la cabeza, sintiendo una mezcla de culpa y agotamiento.—Aun así, no debería haber llegado a este punto. No es así como quería que… —Se interrumpió, incapaz de terminar la frase.Henry se acercó, con movimientos cautelosos, como si temiera que ella se quebrara en cualquier momento.—¿Estás bien? —preguntó, y su voz sonó más suave de lo habitual.Carolina levantó la mirada hacia él. A pesar del caos, la preocupación genuina
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