Capitulo 49 - En la mesa de los lobos

Al día siguiente, Carolina pasó horas intentando concentrarse en sus responsabilidades, pero su mente no dejaba de divagar. La cercanía de la cena en la mansión la mantenía inquieta. Sabía que no sería un encuentro fácil, no con Axel allí, su prometida y la mirada siempre crítica de Amanda.

Cuando el reloj marcó las seis, se obligó a levantarse del sofá. No podía permitirse dudar. Con movimientos mecánicos, se dirigió al vestidor y eligió un vestido que, aunque sobrio, resaltaba su figura. Era de un azul profundo que contrastaba con su piel clara. Alisó el tejido entre sus dedos, preguntándose si era suficiente para enfrentar lo que estaba por venir.

Se sentó frente al espejo y comenzó a arreglarse el cabello. Las ondas caían suavemente sobre sus hombros, enmarcando su rostro. Se maquilló con precisión, buscando un equilibrio entre elegancia y discreción. Pero nada de eso podía ocultar el temblor de sus manos o el nudo que le apretaba el estómago.

El sonido del timbre la sobresaltó. Respiró hondo antes de dirigirse a la puerta. Al abrirla, se encontró con la mirada intensa de Eliot.

—Estás hermosa —murmuró, recorriéndola con los ojos.

—Gracias —respondió en voz baja, intentando sonreír.

Él dio un paso hacia ella, inclinándose un poco.

—¿Estás lista? —preguntó con suavidad.

—Lo estaré —dijo, más para convencerse a sí misma que a él.

El trayecto a la mansión transcurrió en un silencio tenso. Eliot sostenía su mano con firmeza, como si temiera que se desmoronara en cualquier momento. Al llegar, la imponente residencia brillaba bajo las luces. Carolina tragó saliva, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

Al entrar, todas las miradas se volvieron hacia ellos. La atmósfera era pesada, casi sofocante. Amanda, siempre impecable y altiva, los observaba con un destello de desagrado apenas disimulado. A su lado, Tatiana, la prometida de Axel, tenía una sonrisa fría dibujada en los labios. Y entonces lo vio.

Axel estaba al otro extremo del salón, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. Pero sus ojos, esos ojos que ella conocía tan bien, la devoraron con una intensidad que le robó el aliento.

—Llegan tarde —dijo Amanda con tono cortante.

—Nos aseguramos de que Carolina estuviera perfecta para la ocasión —respondió Eliot con una calma calculada, apretando ligeramente la mano de Carolina.

—Qué detalle tan… considerado —intervino Tatiana, con una mueca que no llegaba a ser una sonrisa—. Aunque algunos dicen que no importa cuánto te arregles si no perteneces a este círculo.

Carolina sintió la puñalada de aquellas palabras, pero mantuvo la cabeza en alto. No les daría el placer de verla quebrarse.

—Lo importante no es a dónde perteneces, sino quién está dispuesto a luchar por ti —replicó Eliot, con una mirada dura dirigida a su madre.

Axel soltó una risa seca desde su lugar.

—Siempre tan heroico, hermano. Qué conmovedor —murmuró, avanzando lentamente hacia ellos.

Antes de que Eliot pudiera responder, el sonido del bastón del abuelo Cedric resonó en la estancia. Todos guardaron silencio cuando el patriarca se acercó con su habitual aire de autoridad.

—Es suficiente —sentenció con voz firme—. Esta noche no estamos aquí para rivalidades infantiles. Estamos para hablar de asuntos importantes.

Los ojos del anciano se posaron en Carolina con una mezcla de curiosidad y determinación.

—He decidido que es momento de avanzar —continuó—. La boda de Eliot y Carolina se celebrará dentro de dos meses. Ya no hay más dilaciones.

El anuncio cayó como una bomba en el salón. Carolina sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. No esperaba que el abuelo lo hiciera tan público ni tan definitivo.

Tatiana apretó la mandíbula con evidente molestia, mientras Amanda dejó escapar un suspiro de exasperación.

—Es lo mejor para la familia —agregó Cedric, con una mirada que no admitía discusión.

Eliot le dedicó una sonrisa breve a Carolina, pero en sus ojos brillaba la preocupación. Sabía que ella no lo amaba, al menos no como él la amaba a ella.

Axel, por su parte, se mantuvo en silencio, aunque su mandíbula estaba tensada y sus puños cerrados. Cuando su mirada se cruzó con la de Carolina, un torrente de emociones no dichas pasó entre ellos.

Ella bajó la vista, sintiendo el peso de su destino cerrarse como una trampa. Sabía que no tenía opción. Debía casarse con Eliot… aunque su corazón nunca había dejado de pertenecer a otro.

**

Carolina apenas podía respirar. El anuncio del abuelo Cedric seguía resonando en su cabeza como un martillazo. Dos meses. En dos meses estaría casada con Eliot.

Sentía el peso de las miradas sobre ella, especialmente la de Axel. Ese fuego oscuro que ardía en sus ojos la quemaba, la desarmaba. Necesitaba un respiro, un momento a solas antes de perder el control.

—Disculpa, Eliot —murmuró, apartando su mano con suavidad—. Necesito ir al baño.

Él asintió con una leve sonrisa, pero su preocupación era evidente. Carolina se giró y caminó con paso firme hacia el pasillo, tratando de no permitir que las emociones la dominaran.

Cuando llegó al lujoso baño de mármol, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando hondo. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho.

—Esto no está bien… —susurró para sí misma, apretando los ojos con frustración.

Giró hacia el espejo y vio su propio reflejo: el maquillaje perfecto, el vestido impecable… pero en sus ojos solo había caos. Caos y algo más. Algo que no quería admitir.

El sonido de la puerta abriéndose de golpe la sacó de sus pensamientos. Carolina se quedó helada al verlo entrar. Axel.

—¿Qué estás haciendo aquí? —demandó, su voz más temblorosa de lo que hubiera querido.

Axel cerró la puerta con un movimiento lento y calculado, bloqueando la salida. Su presencia llenaba el espacio, dominándolo todo.

—¿De verdad creías que no vendría a buscarte? —su tono era bajo, casi peligroso—. Sabes muy bien que no puedo permitir que sigas con este juego.

Carolina retrocedió un paso, pero él avanzó con una calma que solo intensificaba la tensión.

—No tienes derecho a irrumpir así —replicó, alzando la barbilla con desafío—. Ya no somos nada, Axel. Tú fuiste quien me dejó.

Una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

—¿Eso es lo que te dices a ti misma para poder dormir por las noches? —susurró, acortando la distancia entre ellos.

Antes de que pudiera responder, su mano se alzó y la sujetó suavemente por el cuello, con una autoridad asfixiante que la dejó sin aliento.

—Axel… —su voz se quebró, una mezcla de rabia, miedo y algo más profundo que no podía controlar.

—Eres mía, Carolina —susurró con una firmeza escalofriante—. Siempre lo has sido. Y no voy a dejar que Eliot te tenga.

La presión de sus dedos no era violenta, pero la intensidad de su agarre la mantenía inmóvil. El latido acelerado de su corazón resonaba en sus oídos mientras sus ojos se clavaban en los de él, en una batalla silenciosa de poder.

—No puedes decidir sobre mi vida —escupió con furia—. Me dejaste. Me rompiste. Y ahora quieres venir a reclamar algo que ya no te pertenece.

Axel rió con amargura, acercando su rostro al de ella hasta que sus labios casi se rozaron.

—No te atrevas a decirme que no me perteneces. Porque sé que cuando estás con él… piensas en mí.

Carolina sintió un escalofrío recorrer su columna. Lo odiaba por tener razón. Lo odiaba por conocer cada rincón de su alma, incluso las partes que ella misma negaba.

—No tienes derecho a volver a mi vida como si nada —susurró con furia contenida—. ¿Por qué lo haces, Axel? ¿Por qué ahora?

Él apretó la mandíbula, sus ojos oscureciéndose aún más.

—Porque no voy a dejar que te cases con él. Si lo haces, Carolina… te juro que te arrepentirás.

Su amenaza cayó como un veneno en el aire. La fuerza de sus palabras la paralizó por un momento, pero su orgullo no le permitiría ceder.

—¿Qué harás, Axel? —lo desafió, con una sonrisa amarga—. ¿Arruinarás mi boda? ¿Sabes qué es lo más triste? Que por más que intentes controlarme, lo único que demuestras es que no puedes superarme.

Los ojos de Axel se encendieron con una mezcla peligrosa de furia y deseo. Su agarre en su cuello se volvió más firme, aunque aún cuidaba no lastimarla.

—¿Superarte? —rió con frialdad—. ¿Cómo se supera a la mujer que te envenena el alma?

El silencio entre ellos era una tormenta contenida, una que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

—Tienes miedo —murmuró ella, con la voz temblorosa pero desafiante—. Miedo de que pueda amar a Eliot como alguna vez te amé a ti.

—No lo harás —afirmó con dureza—. Porque nadie podrá tocarte como yo lo hice. Nadie sabrá cómo hacerte temblar, Carolina.

Su proximidad la estaba consumiendo, avivando un fuego que creía apagado. Pero no podía permitirse caer otra vez. No con él.

—Te odio —susurró, aunque incluso ella pudo notar la falta de convicción en sus palabras.

Axel inclinó la cabeza, rozando su mejilla con sus labios.

—Mientes —susurró contra su piel—. Y lo sabes.

Carolina apretó los ojos, luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer. Él estaba destruyendo sus defensas, como siempre lo hacía.

—No voy a detenerme —susurró él, su aliento cálido acariciando su cuello—. Si sigues adelante con esa boda, te juro que haré de tu vida un infierno.

Carolina abrió los ojos de golpe, y con un empujón lo apartó.

—¡No me asustas, Axel! —exclamó, con una mezcla de rabia y dolor—. Ya no tienes poder sobre mí.

Axel la observó por un largo instante, con una sonrisa torcida en los labios.

—Veremos cuánto dura tu resistencia —dijo con una calma gélida antes de girarse hacia la puerta.

Cuando la dejó sola, Carolina sintió que sus piernas apenas podían sostenerla. Se llevó una mano al cuello, todavía sintiendo el calor de su toque.

Sabía que Axel no estaba jugando. Y lo peor de todo… era que una parte de ella no quería que se detuviera.

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