Esa noche, Luisa no pudo dormir, las mariposas en su estómago no la dejaban en paz y, a la vez, creía que, si se dormía, no tardaría en sentir las heladas manos de la esposa difunta de Mario tomándola por las pantorrillas. —¡Deja en paz a mi esposo! —diría el espectro a Luisa mientras le tapaba la boca para que no pudiera gritar y, aterrorizada, la joven creería estarse viendo a sí misma mientras intentaba llamar la atención de su hermano, que dormía a su lado, pero la cama era tan grande que, incluso con su brazo estirado, Luisa no alcanzaba a rozar el hombro de Viviana— ¡Y a mis hijos! ¡No te metas con mis hijos! ¡Nadie puede reemplazar a la señora de la casa, nadie, muchachita impetuosa! Luisa se despertó con una terrible sensación de ahogo en el pecho y el sonido de la alarma del despertador retumbando en su cabeza, a la vez que una voz gutural y siniestra la llamaba por su nombre. —¡Lu, Lu, Lu, Lu! Al abrir los ojos y volver a la realidad, Luisa vio a Viviana presionándole e
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