Los periodistas ajustaron sus micrófonos y cámaras, listos para transmitir la conferencia en vivo. Ricardo hizo una señal con la mano, indicando que todo estaba preparado.Alejandro entró con paso firme, acompañado de Margaret, su padre Carlos y su tío Óscar. Sin decir una palabra, tomó una silla y la acercó para que Margaret se sentara. Luego, él se acomodó a su lado.El murmullo en la sala se detuvo cuando uno de los periodistas, sosteniendo su micrófono, habló en voz alta:—Estamos listos. En tres... dos... uno… ¡Al aire!Todas las cámaras enfocaron a Alejandro y Margaret, esperando la declaración oficial.—Señor Ferrer —preguntó el mismo periodista—, el mundo quiere saber la verdad. ¿Es cierto que Margaret está esperando un hijo suyo?El silencio fue ensordecedor. Todas las miradas estaban puestas en Alejandro, esperando su respuesta.Alejandro tomó aire profundamente, apretó los puños sobre la mesa y miró fijamente a los periodistas. Luego, con voz firme, dijo:—Sí, es cierto. Ma
Camila miró a su madre con tristeza.—Madre, vine a despedirme de usted… —dijo Camila con la voz entrecortada.Su madre la miró con el corazón apretado.—¿Despedirte? ¿A dónde piensas ir, hija?—Tengo pensado viajar —respondió Camila, tratando de sonar firme—. Si me quedo aquí, es posible que Alejandro aparezca en cualquier momento.—¿Y si lo hace?Camila suspiró, desviando la mirada.—Si llega a venir, dile que me fui… y que no sabes dónde estoy. Dile que no me busque, que haga como si yo nunca hubiera existido para él.Su madre negó con la cabeza, con los ojos llenos de preocupación.—Hija, ¿estás segura de esto?Camila le tomó las manos y le dedicó una sonrisa triste.—Sí, mamá… Es lo mejor.La mujer la abrazó con fuerza, sintiendo que su niña se le escapaba de las manos.—Nos veremos pronto, madre. Te enviaré a buscar cuando me sienta segura en algún lugar de este mundo.Su madre la abrazó con fuerza, como si no quisiera soltarla.—Está bien, hija… Pero por favor, cuídate mucho. Y
La pequeña frotó sus ojitos somnolientos mientras caminaba hacia su madre.—Mamá, aquí estoy… —murmuró con voz adormilada.La madre de Camila la cargó con ternura, pero la niña alzó la vista y abrió los ojos con sorpresa al reconocer a Alejandro.—¿Eres tú, Alejandro?Alejandro se acerco un poco y le sonrió.—Hola, pequeña. ¿Cómo estás?La niña bajó la mirada con tristeza.—Estoy muy triste… Mi mamá me dijo que mi hermana se fue y no sabremos cuándo volverá…El pecho de Alejandro se oprimió al ver la angustia en los ojos inocentes de la niña. Sin pensarlo dos veces, la tomó en sus brazos y le dio un beso en la frente.—No te preocupes, yo buscaré a tu hermana y la traeré de vuelta. Ya lo verás —prometió con firmeza.La niña lo miró fijamente, como si intentara descifrar si decía la verdad, y luego frunció el ceño con inocente seriedad.—Alejandro… ¿Tú ya no quieres a mi hermana?El corazón de Alejandro se detuvo por un segundo ante esa pregunta.—Yo… —balbuceó, sin saber cómo responde
El Legado de Don Alfonso El viento frío soplaba entre los árboles del cementerio, sacudiendo las hojas secas que crujían bajo los pies de quienes asistían al último adiós. Alejandro Ferrer permanecía en silencio, observando cómo el ataúd de su abuelo, Don Alfonso Ferrer, descendía lentamente hacia su tumba. La expresión en su rostro era tan rígida como siempre; no había lágrimas en sus ojos, aunque el peso de la pérdida lo aplastaba por dentro. Alejandro, de treinta y tres años, había aprendido desde joven a no mostrar sus emociones. Era un hombre fuerte, calculador y con un temperamento frío que lo convertía en un líder implacable en los negocios. Su abuelo había sido su modelo a seguir, el hombre que le había enseñado a no depender de nadie, a ser independiente y a tomar el control. Ahora, todo lo que quedaba de Don Alfonso era una pesada herencia: no solo la empresa familiar, sino también el vacío que dejaba en cada uno de los miembros de la familia. A su lado, sus padres, Carl
El restaurante al que Ricardo había llevado a Alejandro era uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, conocido por su discreción y elegancia. A pesar de la tranquilidad que ofrecía el lugar, Alejandro seguía inquieto. Ni siquiera el olor a comida recién preparada lograba aliviar la presión que sentía en el pecho. No era solo la pérdida de su abuelo, sino todo lo que implicaba la herencia que ahora recaía sobre él. —Relájate, hombre —dijo Ricardo mientras los dos se sentaban en una mesa junto a la ventana—. Una comida no va a arreglar todo, pero al menos te sacará de esa nube oscura en la que te has metido. Alejandro no respondió, solo asintió, su mente todavía enfocada en los pendientes que lo esperaban en la oficina. Sin embargo, decidió hacer un esfuerzo aunque fuera por unos minutos. —Voy al baño un segundo —dijo Alejandro, levantándose de la mesa. Caminó con paso firme hacia la parte trasera del restaurante, intentando organizar sus pensamientos. Mientras regresaba, dis
Camila caminaba por las calles del barrio con pasos lentos, sintiendo el peso de la tarde en sus hombros. A sus 23 años, la vida no había sido fácil para ella, pero siempre había encontrado la fuerza para seguir adelante. Desde que su padre murió en un accidente cuando ella tenía solo 17 años, la responsabilidad de cuidar a su familia había recaído completamente sobre sus hombros. Su madre, Marta, había quedado devastada por la pérdida, y desde entonces, Camila había sido el pilar del hogar. Vivía en una pequeña casa de un barrio humilde, junto a su madre y su hermana menor, Sofía, quien apenas tenía 6 años. El hogar era modesto, con muebles desgastados pero llenos de cariño. A pesar de las dificultades económicas, Camila siempre hacía lo posible por mantener un ambiente cálido y amoroso para su hermana y su madre. Ese día, al abrir la puerta de su casa más temprano de lo habitual, su madre, Marta, levantó la vista desde la mesa del comedor, sorprendida. Marta era una mujer de rost
Había pasado un mes desde que Don Alfonso Ferrer fue enterrado, y el luto aún rondaba en los corazones de la familia. Alejandro Ferrer, a pesar de su temple firme, no podía evitar sentirse inquieto. El testamento de su abuelo sería leído al día siguiente, y aunque muchos asumían que la empresa familiar le pertenecería, Alejandro no estaba tan seguro. Aquella tarde, se encontraba en el club privado junto a su amigo Ricardo. Era un lugar que siempre había frecuentado, pero en ese momento no lograba disfrutar la atmósfera relajada del sitio. Estaban sentados en la terraza, con bebidas sobre la mesa y una vista de la ciudad que, para Alejandro, parecía lejana y borrosa. —¿Listo para mañana? —preguntó Ricardo mientras daba un sorbo a su bebida. Alejandro se encogió de hombros, con una expresión seria. —No sé si estoy listo, Ricardo. Mi abuelo siempre fue impredecible. No tengo ni idea de lo que pueda haber dejado en ese testamento. Ricardo lo miró con curiosidad. —¿De verdad crees q
La noche había sido larga, pero Alejandro, fiel a su costumbre, no dejaba que las distracciones lo afectaran. Se despidió de la mujer con quien había compartido la velada, tan despreocupado como siempre, asegurándose de que ella no esperara nada más que un momento pasajero. Después de todo, su vida no estaba diseñada para compromisos duraderos.Cuando finalmente llegó a casa, la madrugada ya asomaba y las luces de la enorme residencia Ferrer permanecían encendidas. La imponente mansión, situada en las afueras de la ciudad, parecía más silenciosa que de costumbre, y Alejandro no pudo evitar notar lo pesado que se sentía el ambiente al entrar.Al cruzar la puerta, fue recibido por la mirada seria de su padre, Carlos Ferrer, quien estaba sentado en uno de los sillones del gran salón. Llevaba un tiempo esperando su regreso, con una mezcla de preocupación y anticipación reflejada en sus ojos.—Alejandro —dijo Carlos con voz firme, aunque contenida—. Mañana se lee el testamento de tu abuelo