5. Abogados

Durante la próxima semana me la pase enviando mensajes uno tras otro peleando con Alexander por correo electrónico. Mi atención estaba completamente centrada en finalizar nuestro acuerdo comercial, ya que pensaba que tenerlo cerca sería un desorden.

Alexander siempre fue la fuerza sísmica que sacudía mis bases, la tormenta que dejaba ruinas a su paso, así que sabia era imprescindible expulsarlo de mi vida. Empecé a masajear mi sien con las puntas de los dedos, sintiendo un intenso dolor de cabeza. Tenía la sensación de que Alexander se estaba convirtiendo en una amenaza para mi bienestar emocional si no conseguía apartarlo de mi vida de una vez por todas.

La puerta de mi oficina se abrió con un crujido casi teatral, donde entraron dos abogados. Los trajes perfectamente confeccionados y sus rostros imperturbables daban la impresión de haber sido extraídos de un libro de misterio. Uno de ellos, el individuo de mayor estatura, acomodó sus anteojos al tiempo que arqueaba una ceja, una acción que pretendía denotar autoridad, pero solo consiguió provocar una sonrisa sarcástica en mí.

—¿No te enseñó tu madre a tocar? ¿Quiénes son y qué quieren? Que recuerde no tengo reuniones para las once. —pregunté, dejando que la desdicha asomara en mi voz.

El abogado, que se notaba había anticipado una reunión complicada, adoptó una actitud seria. Con un tono elegante, las palabras reverberaron en la oficina como si fueran un eco.

—Procedemos en representación del señor Alexander Lennox —empezó, con un tono de voz casi apacible—. Es imprescindible comunicarle acerca de una potencial violación del contrato a raíz de sus esfuerzos por desvincular su empresa hotelera de los restaurantes que son propiedad de nuestro cliente.

Fue imposible contener la risa. Se trataba de una risa profunda, llena de desprecio y un toque de entretenimiento macabro. La imagen de Alexander inmerso en su universo de opulencia y egocentrismo resultaba totalmente previsible.

—¿Desde qué momento Alexander se preocupa por el cumplimiento de un contrato? —murmuré, sin poder controlar mi sarcasmo—. ¿Su única preocupación es el dinero y abandonar a su exmujer en medio de un campo rodeado de vacas, verdad? Actuando como si tuviera autoridad para dictar lo que es correcto o incorrecto.

El abogado parecía tomarse un momento para respirar, sus labios se tensaron levemente al escuchar mi comentario sarcástico, y su mirada se volvió más penetrante.

—Con respeto, señora Dorothea, debo indicar que la terminación de este contrato con nuestro cliente podría conllevar repercusiones jurídicas que no le recomendaríamos pasar por alto.

Mi carcajada resurgió con mayor intensidad, inundando la habitación con un sonido que seguramente le resultaba molesto.

—¿Repercusiones? —pregunté mientras me cruzaba de brazos, disfrutando de cada instante. —¿Acaso piensan que me asusta lo que Alexander sea capaz de hacer? Realizaré lo que me apetezca. Además, háganle saber al señor Lennox que se prepare, ya que cuento con abogados que también desean conocerlo con entusiasmo con una demanda por acoso si continua.

A pesar de fruncir el ceño, el abogado se mantuvo firme en su posición.

—Se trata de un tema grave, señora Dorothea.

—Lo comprendo, querido —contesté, apoyándome una mano en la barbilla, inundada de seguridad—. Sin embargo, no deben equivocarse: desde mi perspectiva, esto constituye un juego distinto en el que la situación me beneficia.

Me senté en mi silla insinuando que ellos se encontraban en mi espacio. En la oficina se percibía una atmósfera tensa y pesada, como si estuviera a punto de desencadenarse en cualquier instante. Las frías miradas de los abogados de Alexander estaban fijas en mí. Quien había guardado silencio hasta ese momento esbozó una sonrisa gélida que indicaba que no estaban allí para divertirse. La actitud altanera me molestaba mucho mientras se acomodaban en las sillas, como si estuvieran en su propia casa.

—Señora Dorothea —dijo uno de ellos con una voz que intentaba ser serena pero que únicamente me provocaba más enfado. —No permitiremos que se interrumpa el acuerdo entre la compañía de Alexander Lennox y la empresa de tu familia.

Una risa llena de ira se escapó de mi boca. —¿Realmente piensan que con esto pueden causarme miedo? Aguardar la documentación legal de mis abogados. Antes de estar con Alexander, preferiría morirme. —contesté, mostrando una sonrisa llena de determinación.

El abogado se inclinó hacia adelante, dejando caer una enorme carpeta sobre la mesa. Su caída resonó en el silencio de la oficina, y pude sentir cómo las miradas se centraban en mí. Miré de reojo la carpeta.

—¿Y eso qué es? —inquirí saber sintiendo que mi corazón comenzaba a acelerarse ante la incertidumbre.

—Si decides rescindir el contrato, esto es a lo que te enfrentarás. La documentación tiene el poder de transformar por completo tus ideas. Este es el acuerdo que se estableció con nuestro cliente. —hablaba de manera seria pero intimidante.

Una ira me invadió, me puse de pie apuntando hacia la puerta, ya que no toleraría ninguna situación amenazante en mi lugar de trabajo.

—Lárguense de aquí antes de que llame a seguridad. —Les lancé un grito, sin ocultar mi enojo. Las sonrisas se desvanecieron ligeramente, notando que estos se levantaron para irse.

En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, mi enojo se convirtió en determinación. Tomé mi celular y contacté a Theodore, quien es mi representante legal. Ya había llegado a mi oficina en menos de una hora, un hombre de apariencia seria pero con un aire de confianza que siempre me había calmado. Lo conocía porque el había sido amigo de unos conocidos de confianza de mi familia.

—Dorothea, ¿qué ha pasado? —me preguntó mientras entraba. Sin perder tiempo, le pasé la carpeta, ansiosa por escuchar su opinión. Me lanzaba en mi asiento intentando aligerar mi dolor de cabeza.

Al revisar los papeles, dejó escapar un silbido que me provocó inquietud. Permanecía erguida observándolo con seriedad, aguardando a que se expresara.

—La situación es seria. —concluyó expresando una combinación de asombro y inquietud. Experimenté un aumento repentino en mi nivel de ansiedad.

—Me podrías explicar el significado de eso? ¿Qué puedo hacer? —indagé, intentando mantener la voz constante, a pesar de que entendía que ese silbido no era una señal positiva.

—Lamentablemente, tus posibilidades de acción son limitadas. En caso de que decidas incumplir el acuerdo, tendrás la responsabilidad de transferir el treinta y cinco por ciento de tus establecimientos hoteleros a Alexander. —me explicó con un tono lleno de pesar que solo hizo que mi descontento aumentara.

—¿Estás bromeando? —exclamé, experimentando el palpitar de la ira en mis venas, combinado con el desconcierto. Resultaba inconcebible para mí la posibilidad de perder mi herencia debido a un acuerdo prácticamente impuesto por mis padres.

—Te aseguro que no estoy haciendo una broma. De acuerdo al acuerdo establecido, únicamente tu padre y Alexander tienen la potestad de dar por finalizada esta unión. —expresó, fijando su mirada en mis ojos con solemnidad.

Mientras reflexionaba en esas palabras, sentía que todo a mi alrededor se desmoronaba. Me encontraba enredada en un juego en el que no había elegido participar.

—Está bien, me comunicaré con mi papá en ese caso.

Theodore cogió los documentos mientras me observaba de reojo. —Supongo que pronto nos dirigiremos al tribunal, revisaré este documento minuciosamente para ver qué posibilidades tenemos.

En medio de mi sufrimiento, me percataba de que mi vínculo con Alexander era irrompible, debido a mis hijos, a ese contrato y al amor que solía profesarle... aunque en este momento solo experimentaba repulsión hacia él.

Al ingresar al despacho de mi padre en su casa al salir de mi oficina.. Lo hallé inmerso en sus papeles. Poseía una mirada enfocada, pero me atreví a interrumpirlo.

—Padre, debo conversar contigo acerca de Alexander .

Alzó la mirada y sus profundos ojos se encontraron con los míos, intentando descifrar lo que se escondía detrás de mis palabras.

—¿Qué ocurre, Dorothea? —inquirió, con su habitual tono sosegado que siempre conseguía tranquilizarme.

—Deseo que finalices el acuerdo con él. No deseo volver a colaborar con Alexander —contesté, experimentando un aumento en la tensión en mi pecho.

Resultaba increíble para mí lo directa que fui, sin embargo, él no mostró asombro alguno. Por el contrario, decidió revisar nuevamente los papeles sobre su mesa de trabajo.

—Comprendo que tus emociones hacia Alexander han cambiado, pero los dos son igualmente indispensables para ese contrato. ¿Por qué esta decisión tan repentina de terminar con el contrato? —preguntó, suavizando la dureza de su mirada.—Mientras estabas bajo a mi mando no parecio incomodarte ya que nunca dijiste nada.

Profundamente respiré, en busca de las palabras adecuadas.

—Ya no deseo volver a verlo, papá. Resulta difícil. Nadie puede separar lo personal de lo profesional como tú lo haces —repliqué, frunciendo el ceño.

—Entiendo que su relación matrimonial ha terminado, sin embargo, es fundamental separar claramente los asuntos comerciales de las emocionales. En el ámbito laboral, es importante separar lo personal mas cuando ambos negocios sacan mucho dinero por esa union.—contestó con una voz serena que casi lograba transmitirme su tranquilidad.

—Pero, papá, por favor, si te lo ruego... —Intenté persuadirlo mirándolo de la misma manera que cuando era adolescente.

Se quedó en silencio, los documentos en sus manos ahora parecían pesados. Finalmente, habló con decisión:

—No voy a dar por finalizado el acuerdo, Dorothea. Solo si Alexander me lo solicita, accederé a hacerlo. Se trata de mantener la ética en el trabajo.

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