6. Fiebre

Un sentimiento de frustración me invadió de repente. Sabía que tenía razón, pero el peso de la situación era demasiado para alejarlo de nuestros hijos.

—No puedo hacer esto —murmuré, sintiendo que la conversación se deslizaba entre mis dedos.

—Comprendo, mi niña. En ocasiones, es necesario afrontar circunstancias complicadas para poder desarrollarnos. —Sus palabras fueron un bálsamo y un obstáculo al mismo tiempo.

—Papá ¿Acaso quieres verme sufrir? Tu hiciste este contrato con Alexander donde yo pierdo. No solo me ofreciste como un objeto de intercambio hacia el…ahora tengo que aguantarlo, aunque no quiera.

—Cariño, yo nunca te ofrecería como un objeto eres lo más preciado para mi. Pero en el mundo de los negocios y los sentimientos no pueden enlazarse. Nuestros hoteles necesitan sus restaurantes de la misma manera que el nos necesita a nosotros asi que la respuesta final es no. No permitiré que se rompa este contrato.

Salí de su oficina con la mente agitada, sintiendo una fuerte lucha entre nosotros donde solo perdería lo que más me interesaba...mis hijos. Mientras caminaba hacia la habitación de ellos para abrazarlo recibía una notificación.

***SecretShadow***No deberías meterte rodearte con Alexander, el le pertenece a alguien mas y si no te alejas me encargare de que lo que más amas desaparezca.

—Yo lo quiero lejos. —Murmure. —Es el que se empeña en molestarme la existencia. —Con sumo enojo bloqueaba el contacto intentando ignorar esos mensajes.

La mañana siguiente estaba con mis hijos. La cocina estaba impregnada con el olor del café recién preparado y los pancakes cocinándose con un ligero sonido en la sartén. Anoche me vi envuelta en una acalorada discusión por correo electrónico con Alexander, llegué a creer que él aguardaba mis mensajes frente a su escritorio para contestarlos de inmediato. La disparidad entre mis mensajes y sus contestaciones era de menos de diez minutos, como si estuviera concentrado únicamente en fastidiarme.

Suspire levemente, Alexander sería el caos para molestarme solo con su mera presencia en mi cabeza. Al percibir el ruido de unos pasos en la escalera de mi casa, volví la vista hacia la mesa por encima de mi hombro. Anastasia se encontraba sentada a la mesa, jugueteando con su cabello mientras sonreía y movía los pies debajo de la mesa. Observé detenidamente a mi alrededor y me di cuenta de que mi pequeño huracán no estaba presente.

—Cariño, ¿Dónde está Alejandro? —preguntó con voz dulce al colocarle un pancake en un plato para entregárselo.

 Anastasia pasó la lengua por sus labios mientras cogía un tenedor para partir un trozo de la pancake. Alzó la mirada del plato y con un suave movimiento de la mano indicó la dirección de la escalera. La inquietud que crecía en mi pecho persistía, aunque el ritual matutino me mantenía distraída. Creí que se estaba demorando en cepillarse o quizás en cambiarse de ropa, pero al extenderse el silencio más de lo acostumbrado, una sensación gélida recorrió mi espalda.

Coloqué la espátula a un lado, dejando que mi instinto de madre se manifestara. Caminé hacia la habitación de Alejandro y al momento de abrir la puerta, sentí un nudo en la garganta. En ese momento, se encontraba recogido en la cama, con un tono de piel más claro de lo habitual y una tos áspera que me provocó una gran preocupación.

—Oh, mi pequeño osito. —musité, acercándome a su lado para sentarme en la cama—. ¿Por qué no me dijiste que te sentías así? ¿Por qué no le pediste a tu hermana que me trajera?

Con mi manos  acaricié su frente. La temperatura era elevada. El calor es insoportable. Al coger el termómetro, percibí que mi temperatura corporal estaba elevada, lo que me hizo fruncir levemente el ceño. No podíamos ignorar esa fiebre tan elevada como si no fuera importante.

—No puedes quedarte en casa —dije, casi en un susurro—. Necesitamos llevarte al hospital.

Justo en ese momento, se escuchó el timbre de la puerta. Emely, como de costumbre, llegó puntualmente una vez más. La vi entrar y supe Anastasia probablemente le dijo que estábamos aquí al señalarle. Ese sábado, se suponía que yo iria a pasear con mis hijos mientras Emely tenía una cita con su novio. 

—Emely, necesito tu ayuda —le dije, con una prisa que apenas podía disimular—. Alejandro no se siente bien. Tiene fiebre, y creo que deberíamos ir al hospital.

Emely asintió, comprendiendo la seriedad de la situación. Anastasia la cual subió de la cocina nos observo. Pude ver que su mirada preocupada se acercó a su hermano susurrándole algo a lo cual Alejandro tosiendo movió ligeramente la cabeza.

—Tu hermanito mayor es fuerte, no es nada. —tosía.

—Anastasia, ¿quieres quedarte aquí mientras yo te cuido? —preguntó Emely con dulzura—. Prometo que todo estará bien mientras tu mami va a llevar a tu hermano al hospital.

Sin embargo, Anastasia negó con la cabeza, lo que me entristeció al notar la firmeza en su mirada.

—Observa, cariño —intervine en la conversación—. Teníamos pensado ir al salón recreativo este fin de semana, ¿te acuerdas? Alejandro se va a poner bien, y Emely se quedará contigo. Voy a acompañarlo al hospital por un momento, mientras tú te quedas aquí con tu tía.

La expresión de mi hija cambió por un momento, pero seguía con dudas. Vi cómo el miedo luchaba contra la promesa de algo divertido. Aun así, sabía que era lo mejor.

—Eso está bien, ¿verdad? —le pregunté suavemente, tratando de calmarla. 

Emely se aproximó y se sentó a su lado con el propósito de calmar su preocupación.

—Podemos hacer un plan de una gran aventura en casa, ¿no es cierto, Anastasia? Mientras tanto, tu hermano necesita atención.

Anastasia se acercaba a su hermano susurrándole algo. Tras despegarse su rostro estaba ligeramente preocupada.

—Mamá, Anastasia dice que no se quiere quedar aquí porque le dará miedo. Ella pregunta si puede ir con tía Emely al centro comercial.

Suspire levemente, aunque mi hija no hablara había adoptado la actitud testaruda de Alexander. Mire a Emely la cual miro su teléfono y la note que me hizo una señal para confirmar de que podia llevarla. Le acaricie el cabello y tras de esto la mejilla.

—Está bien —dije, aunque su voz sonaba dubitativa. —Pero recuerda que debes estar con tu tía y escucharla. 

Ella solo confirmo con su cabeza a lo que le acaricie levemente la cabeza.  Dediqué los próximos minutos a toda prisa, verificando que Alejandro contara con todo lo indispensable para su traslado al centro médico. Mientras tanto, Emely se ocupaba de entretener a Anastasia, lo que alivió un poco mi carga. En unas horas, ellas planeaban ir al centro comercial, mientras yo acompañaba a Alejandro al hospital.

Al llegar, nos asignaron una habitación. Los sonidos de los monitores y el leve zumbido de las máquinas me envolvían como una melodía perturbadora. Alejandro, con un leve rubor en la cara, tenía gotas de sudor en la frente. Cada instante que transcurría, mi preocupación por él crecía.

Al entrar en la habitación, los médicos transmitían tranquilidad con sus rostros serenos, lo que nos reconfortaba. Uno de ellos, un doctor con rizos en el cabello y lentes, se inclinó junto a Alejandro y le dirigió la palabra con esa tonalidad calmada característica de los profesionales de la medicina. 

—Alejandro, vamos a darte un poco de medicina para ayudar a que te sientas mejor. Te mantendremos en observación durante unas horas para asegurarnos de que funcione —susurro, mientras preparaba la jeringa.

Permanecí a su lado, acariciando con dulzura su rostro. 

 

—No te preocupes, mamá está a tu lado para cuidarte.— Murmuré en voz baja.

Mientras los médicos administraban la inyección a Alejandro, una sensación de angustia oprimía mi pecho. Después de sentir el dolor, lo envolví con cariño, lo cual hizo que esbozara una leve sonrisa y cerrara los ojos.

Justo cuando el médico terminó y salió de la habitación, Alejandro abrió los ojos y me miró, como si acabara de recordar algo valioso. —Mamá... anoche estaba caminando con mi papá en mi sueño. —susurró con voz áspera, sus ojos brillando intensamente. Por un instante, mi corazón dejó de latir.

Rechazo.

No podría permitir que mi hijo y Alexander se acercaran.

—Cariño mío... tu papá no está presente, él se encuentra en un lugar distante. —No quería molestar a mi hijo, pero no podia permitir que el sintiera esperanza de encontrar a Alexander.

—Pero... Mi padre de que vendría por mí. —Insistió, sus ojos llenos de una mezcla de anhelo y determinación que me rasgó el alma. 

Sentí el ardor en mi pecho. —Fue solo un sueño cariño, tu padre no esta aquí. —murmuraba levemente intentando sonreír. —Lo importante es que yo estoy aquí contigo, y siempre te cuidaré, pase lo que pase. —Acaricié su mejilla, dejando que mis dedos dibujaran un mapa de amor sobre su piel cálida.

—Pero yo quiero ver a mi padre.

—Cielo eso no pasara...

Mi hijo hizo una leve mueca mientras los doctores entraban a la habitación para evaluar su condición. Mis hijos Alejandro y Anastasias eran mi mayor tesoro, a quienes protegería con todas mis fuerzas. Tenía que ser su refugio, su madre y su guardiana en este mundo incierto. Así lo prometí, mientras la fiebre seguía su curso y las horas se deslizaban lentamente.

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