Capitulo 3

Elena abrió los ojos como platos al sentir su cercanía, porque realmente la había tomado por sorpresa, de manera que se demoró un poco antes de alejarse, poner una mano entre ellos y mirarlo a los ojos como si recién la hubiera abofeteado en el rostro. Sin embargo, era Fred quien parecía más afectado, quitando toda la calidez de sus ojos, pero manteniendo una intensidad que ella no terminaba de comprender. Lo único que sabía, era que, esto era lo que se suponía que tenía que ocurrir, porque Fred le acababa decir que trabajaba con intercambio y él había intercambiado sus recursos por su cuerpo. Ella se dio cuenta de que eso iba a pasar, le gustara o no. 

—¿Qué haces? —le preguntó ella, frunciendo el ceño a pesar de que sentía que no debería hacerlo. Debería estar triste, no molesta. 

—Vamos, sabes que quieres un poco de amor —Fred intentó acercarse nuevamente a ella, solo para que Elena terminara alejándose, incluso levantándose más rápido de lo que debería, por lo que sintiendo un repentino dolor en el estómago—. ¿Qué haces? ¡Ven aquí! 

—No, creo que… —Elena lo miró, a él todavía sentado en el sillón y ella parada, en su ropa, en su casa, bajo su aroma—... ¿Acaso me ayudaré solo para esto? 

Fred rodó los ojos. 

—Obviamente, así son las cosas en lobos sin manada —le explico. 

—No —Elena negó—. No tengo intenciones de acostarme contigo.

El beta apretó los labios. 

—Ya te alimente y te bañe, seguramente incluso estás lubricada, no te cuesta nada pagarme lo que gaste por ti —Ella negó, dando un paso atrás—. Oh vamos, no luzcas tan sorprendida, no tienes ese lujo cuando te robaron todo lo que tenías. 

Elena alzó las cejas, sorprendida. 

Y no tenía ningún tipo de prueba, pero solamente sabía que él era quien había entrado a su casa, dejándole ninguna otra excusa para terminar metiendola a su casa. La dejó sin nada porque sin nada, entonces ella necesitaba algo más. Se preguntó, en esos segundos, si esta era la madre que le daría a su hijo, una mujer ingenua, débil y estúpida. 

¿Había corrido de su hogar para darle este tipo de vida a su hijo? 

Ella creía que no. 

—No se robarón mi dignidad —le respondió. 

Eso no. 

Eso jamás. 

No estaba segura como salió de esa casa, pero lo hizo. Lo hizo a pesar de que sentía como que debería quedarse. Era una mujer omega, por dios, él tenía razón. No tenía privilegios para gastar, estaba arruinada, sin embargo, mientras volvía a su misma m****a, se dio cuenta de algo que eventualmente la salvaría, algo en tu torso, que prende como fuego y la hacía enojar. Puede que no lo notara exactamente en ese momento, pero había una razón por la que apenas se paró entre la nada misma, entre muebles rotos, vidrios y nada de dinero, decidió que ese no sería su fin. Esa misma noche busco un departamento en otro lado, no importaba que fuera incluso menor a lo que ahora tenía.

No podía seguir pagando eso de todas maneras. 

Tuvo que mudarse al lado sur de la ciudad, a la altura de donde no existían casas pintorescas y personas aparentemente buenas, pero no importaba porque ella ya se había dado cuenta de que no existían personas buenas. El último día que estuvo ahí, le indico al sistema de viajes donde tenían que llevar sus pequeñas cajas, lo poco que le quedaba, mientras Fred la miraba desde su puerta, con una sonrisa burlesca y los brazos cruzados sobre su pecho. 

—Una pena que eso de ahí se vaya sin haberlo probado —murmurò con cuidado—. ¿Te asusté la otra noche, pequeño pajarito?

—Cállate —respondió ella, cerrando la puerta mala. 

—Me sorprende mucho, teniendo en cuenta que ya sabes de dónde vienen los bebes —Ella rodó los ojos, ignorándolo mientras se iba—. Bueno, al menos sabes que si necesitas dinero, comida o refugio, aquí lo puedes encontrar por el precio adecuado.

Elena se negó a mirarlo sobre su hombro, se negó a darle ese placer. 

Su nuevo departamento tenía dos habitaciones, pero la casa no era una bonita casa, las paredes estaban sucias, con hongos, no sólo no había calefacción, sino que tampoco había calor. El invierno era helado, tan helado, que ella sentía como se metia por sus huesos en esa casa. Sin embargo, sabía que estaba segura, porque había puesto siete cerraduras diferentes, incluso aunque había tenido que gastar las joyas que le quedaban. Ahora esa casa le pertenecía por unos buenos meses, más largos de lo que duraría su hijo en nacer. 

Ella se acostó en solo un colchón, mirando el techo, mientras la lluvia golpeaba sus ventanas delgadas y la asustaba un poco. 

—Cuando era niña, solía pensar en que era parte del cielo porque mi madre envió a que alguien pintara estrellas en mi techo —murmuró para ella misma y su hijo—. Cuando nazcas, haré que pinten flores o algo mas realista… —siguió diciendo, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Jamás dejaré que pienses que perteneces ahí arriba, porque entonces, no podré detener tu caída. No podré… no podré protegerte.

Justo en ese momento, ella sintió un pequeño movimiento en su vientre. 

Como si su hijo le hubiera respondido. 

Elena sonrio ante eso, un poco de alivio antes de domir. 

Ella realmente no tuvo un respiro hasta meses después, cuando todo se veía blanco como la nieve y ella se había olvidado un poco de sentir pena por sí misma. En cambio, bueno, todo había cambiado y ya no se entristecía tanto como antes. Esa noche, había vuelto de una última entrevista a la que ni siquiera la atendieron, en cambio, miraron su vientre de meses, miraron lo cansada que estaba y le dijeron que no. A ese punto, ella ya casi no tenía dinero, ni fuerzas, de forma que cuando sus dedos temblaron tanto por el pánico que sintió como si no pudiera sostener las llaves, lo que hizo fue apretar la mano y golpear con fuerza en la puerta. 

No debería haberlo hecho, se quejó enseguida. 

—Maldita puerta de mie*da —se quejó rápidamente—. ¡Te odio! ¡Maldición! ¡Te odio puerta horrible! 

Elena saltó a llorar, sollozando mientras presionaba la frente sobre la puerta. Aun no entendía porque el mundo era tan malo. 

—Ehh… ¿Todo bien? —escuché entonces. 

Ella se giró para ver a un hombre delgado a su lado. 

Elena rodó los ojos. 

—Si —dijo enseguida, siendo más inteligente que eso y volviendo a la puerta—. No tengo intención de follar contigo por comida, puedes irte. 

—... Oh —El hombre frunció el ceño—. Okey, lo lamento, aunque yo no… no tengo intención de follar con todo o con nadie, ¿Pero necesitas ayuda con esa puerta? 

—No —lo cortò. 

—¿Puedes agacharte para recoger las llaves? 

Elena se giró frunciendo el ceño. 

—¿De qué estás hablando? —pregunto molesta. El hombre desconocido frunció un poco el ceño y se movió, solo lo suficiente para hincarse a su lado y recoger las llaves que ella había dejado caer—. Oh. 

—Dejame abrirla para ti.

—No, no es necesario —el hombre no la escuchó, mientras metía una de sus miles de llaves a la cerradura—. ¿Te digo que no es necesario? 

—Lo sé —El hombre asintió—. Sé que es tener todos estos síntomas que no puedes controlar, es una jodida, pero tranquila, te prometo que no tengo segundas intenciones, primero porque no estoy atraído por mujeres y porque… bueno, porque no. 

Elena lo observó con cuidado, sintiéndose más calmada. 

—No te daré nada por esta ayuda. 

—No te preocupes, pero me sorprende que tengas tantas cerraduras —le siguió diciendo él—. Además, no hago cosas por otras personas a cambio de algo, sino porque soy un lobo solitario y a veces me gusta tomar el té con otras señoras. 

Ella alzó las cejas. 

—Tengo dieciocho —le contò. 

El hombre la giró a ver rápidamente a los ojos, luego bajó a su vientre y luego volvió a sus ojos.

—Oh, bueno, ser señora es más bien un estado psicológico —le indico—. Me llamo Noah, por cierto. Vivo aquí al frente. 

—Okey. 

—Si necesitas algo, solo tienes que pedirlo, ¿si? —el hombre le entregó las llaves una vez terminó de ayudarla—. Sin ninguna condición, solo me gusta ayudar. 

—Si —respondio un poco más suave—... Gracias. 

Esa noche Noah no fue a su departamento pidiendo nada. 

De hecho, la siguiente vez que se vieron, lo que hizo fue saludar con amabilidad y luego seguir en lo suyo. Y podría parecer pequeño, pero honestamente, eso era lo que necesitaba para seguir. Alguien, solo una persona, que le mostrara compasión. 

Al final, sería Noah quien cambiaría su vida. 

Pero ella no sabía eso todavía.

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