4

El aire caliente de la fiesta me envolvía como una manta, opresiva y pegajosa. El bullicio de la gente me rodeaba, risas y conversaciones se entrelazaban en una cacofonía que se me hacía insoportable. Sin embargo, lo peor no era el ruido ni el calor. Era él. Kian. Estaba allí, a unos pocos metros de mí, su figura imponente casi como una sombra que oscurecía todo a su alrededor. Mi corazón latía en desorden, y mis pensamientos eran un caos. La advertencia de Kian seguía retumbando en mi mente: "Lo que sientes no es amor. Es instinto".

El instinto...

Me moría de curiosidad por saber qué significaba eso. ¿Era cierto? ¿Era tan sencillo? Porque si todo se reducía a una simple necesidad instintiva, ¿por qué mi cuerpo reaccionaba de esa forma cada vez que estaba cerca de él? ¿Por qué sentía que el aire se volvía denso, como si estuviéramos a punto de estallar?

La música sonaba fuerte, pero apenas la escuchaba. Todo mi ser estaba enfocado en él. Mi respiración se aceleraba cada vez que lo veía moverse, cada vez que sus ojos dorados se encontraban con los míos. Y él, como siempre, parecía estar consciente de todo. Su mirada no dejaba de buscarme entre la multitud, incluso si solo era por un segundo. Mi cuerpo reaccionaba automáticamente, como si lo hubiera memorizado, como si estuviera marcada por él, por su presencia.

De repente, nuestros ojos se encontraron. Fue como un choque eléctrico, inmediato y salvaje. La sala se desvaneció alrededor de nosotros, y solo existimos él y yo. La gente seguía conversando, bailando, pero en ese instante no había nadie más. Mi pulso se aceleró, mi piel se erizó. El deseo que había intentado ignorar surgió con más fuerza que nunca.

Me sentí atrapada, pero al mismo tiempo, liberada. Atrapada en la tentación de acercarme a él, de sentir sus manos en mi piel, pero liberada porque, en ese instante, el miedo a lo prohibido se desvaneció. Me empujaba hacia él, sin que pudiera detenerlo.

Y, como si hubiera sentido lo mismo, Kian comenzó a caminar hacia mí. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesar. El aire se tensó aún más entre nosotros, como si una cuerda invisible estuviera apretándose a medida que él se acercaba. Sentí que mis pies no podían moverse, como si el suelo estuviera pegado a ellos. ¿Por qué siempre me sentía tan vulnerable a su alrededor?

Finalmente, llegó a mi lado. Mi respiración se detuvo por un momento, y todo a mi alrededor se desvaneció. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, la fuerza de su presencia. El silencio entre nosotros era abrumador, como si ambos supiéramos lo que estaba a punto de suceder, pero ninguno de los dos se atrevía a romperlo.

—Emma —dijo, su voz rasposa, como si la pronunciara a través de la niebla. Mi nombre en sus labios sonaba diferente, como si estuviera marcándome, reclamándome.

No podía decir nada. Estaba demasiado concentrada en la forma en que su presencia me envolvía, en la manera en que sus ojos brillaban con una intensidad que me quemaba. Algo dentro de mí quería dar un paso adelante, pero el miedo me lo impedía. Aún recordaba sus palabras, su advertencia: "Los lobos siempre cazan, incluso cuando no lo desean". ¿Qué significaba eso?

Entonces, de repente, sin previo aviso, Kian me tomó por el brazo, sus dedos cerrándose alrededor de mi piel con una fuerza que me hizo estremecer. La electricidad entre nosotros fue inmediata, una descarga de energía que me recorrió de pies a cabeza. Su toque era a la vez firme y suave, como si no quisiera asustarme, pero su cuerpo estaba tan cerca del mío que me sentía como si fuera a estallar en cualquier momento.

Sin mediar palabra, me guió hacia un rincón apartado de la fiesta, donde la música se atenuaba y las sombras nos rodeaban. El aire se volvía más denso, como si el mundo entero hubiera desaparecido y solo existiéramos nosotros. El roce de sus dedos contra mi piel me hizo temblar, y me costaba mantenerme en pie, como si mis piernas ya no me respondieran.

Me sentía a la vez aterrada y ansiosa, una mezcla de sensaciones que me provocaban un calor abrasador en todo el cuerpo. ¿Por qué no podía controlar este deseo? ¿Por qué quería tanto estar cerca de él, a pesar de que me lo había advertido tantas veces?

Kian me empujó suavemente contra la pared, su rostro tan cerca del mío que podía sentir su aliento en mi piel. El contacto de su cuerpo contra el mío me hizo sentir como si una ola de fuego me recorriera, quemando todo a su paso. Mis respiraciones se entrelazaban, mi pecho subiendo y bajando con rapidez.

—Kian... —susurré, sin saber qué más decir. No entendía lo que estaba pasando, no entendía por qué me sentía tan perdida, tan absorbida por él.

Él no respondió de inmediato. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y deseo, como si estuviera luchando contra algo dentro de él. Y entonces, por fin, habló, su voz grave y baja, apenas un susurro.

—No sabes lo que estás haciendo, Emma. No sabes a lo que te estás exponiendo —dijo, su tono tenso, como si cada palabra le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Pero no me importaba. No podía alejarme. No podía ignorar lo que sentía, lo que estábamos creando entre nosotros. No importaba cuán peligrosa fuera la situación. Estaba dispuesta a arriesgarlo todo.

Antes de que pudiera responder, sentí el roce de su cuerpo más cerca del mío, su pecho presionando contra el mío. La tensión entre nosotros era insoportable, como una cuerda a punto de romperse.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté, mi voz temblando, mi cuerpo instando al suyo a acercarse aún más.

Kian no respondió de inmediato. Por un segundo, sentí que todo se detenía. La fiesta, la música, la gente... todo desapareció. Solo quedábamos él y yo, atrapados en un juego peligroso que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar de jugar.

Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos. El deseo, la necesidad, todo estaba reflejado en su mirada, pero había algo más. Algo oscuro, profundo, que no podía entender.

—Nunca olvides que los lobos siempre cazan, incluso cuando no lo desean —dijo en voz baja, como una advertencia final.

Y, con un último roce de sus labios sobre los míos, se alejó, dejándome sola en la oscuridad, con el eco de sus palabras retumbando en mi cabeza. ¿Era eso lo que había pasado entre nosotros? ¿Un juego de caza y presa?

El miedo y el deseo se mezclaron en mi pecho, y por primera vez, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.

La noche se estiró como un silencio interminable. Sus palabras aún reverberaban en mi mente, como un eco imposible de ignorar. Los lobos siempre cazan, incluso cuando no lo desean. ¿Qué significaba eso? ¿De verdad me estaba advirtiendo sobre algo más allá de lo evidente? Algo más oscuro, más peligroso, algo que no podía ver, pero que sentía latente en cada fibra de mi ser.

Me quedé allí, inmóvil, mi cuerpo temblando ligeramente mientras mi mente trataba de entender todo lo que había ocurrido. Kian, con su poder innegable, con su capacidad de hacer que el mundo se desmoronara a su alrededor, había estado tan cerca de mí. Demasiado cerca. Había sentido su energía, su fuego, y no pude evitarlo. Algo dentro de mí había respondido, y no estaba segura de si era lo correcto, pero no podía simplemente ignorarlo.

La fiesta seguía adelante, como si nada hubiera pasado. Las risas, las conversaciones, las luces titilando sobre la pista de baile... pero yo solo veía oscuridad. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, como si el aire que respiraba ya no fuera suficiente. Los murmullos de la gente, los chistes y las bromas, todo se desvaneció. Estaba sola, completamente sola, atrapada entre la confusión y la necesidad de entender.

Un leve roce en mi brazo me hizo sobresaltar. Instintivamente, di un paso atrás, pero cuando levanté la vista, la figura de Kian estaba ahí, de nuevo frente a mí. Esta vez, no había contacto físico, solo esa presencia tan penetrante que no me dejaba respirar.

—¿Estás bien? —su voz era suave, pero la oscuridad que había en sus ojos no dejaba dudas. Estaba preguntando por mí, pero no de la manera en que lo haría cualquier otra persona. Era como si esperara que respondiera con una respuesta más profunda, algo que no podía dar.

Mis palabras se atoraron en mi garganta. ¿Qué le iba a decir? ¿Que me sentía perdida, como si hubiera estado al borde de algo que no podía entender? No, no podía. Mi orgullo no me lo permitiría. Así que opté por una sonrisa nerviosa, una que intentaba ocultar la tormenta que se desataba dentro de mí.

—Estoy... bien. —Mi voz tembló, y lo supe. No lo había creído ni un segundo. Kian no parecía convencido, y su mirada se endureció.

—No me mientas, Emma. Sabes que no soy tonto. —El tono de su voz se suavizó al final, pero la amenaza seguía latente. Esa mezcla de cuidado y peligro estaba siempre presente, y era más intensa que nunca en ese momento.

Él se acercó, apenas unos centímetros, y el espacio entre nosotros se volvió aún más cargado. No podía escapar de él, no quería hacerlo. Pero a la vez, temía lo que podía suceder si no mantenía las distancias.

—¿Por qué lo haces? —pregunté, mi voz casi un susurro, como si las palabras pudieran perderse en el aire y desaparecer para siempre.

Kian me miró por un largo minuto, sin decir nada. Era como si me estuviera evaluando, intentando encontrar algo en mi rostro que justificara su respuesta, alguna señal de debilidad, alguna grieta que pudiera explotar. Finalmente, suspiró, y sus ojos se suavizaron, aunque su mirada seguía intensa.

—Porque lo que está entre nosotros... —Su voz se quebró un momento, y vi que su fachada se resquebrajaba, aunque solo fuera por un segundo—, lo que está entre nosotros no es algo que puedas entender fácilmente. Ni yo lo entiendo. —Bajó la cabeza, como si estuviera buscando las palabras correctas, pero no las encontraba. Era como si él mismo estuviera atrapado en algo más grande que los dos, algo que ni siquiera él quería enfrentar.

El silencio se alzó nuevamente, pesado e incómodo. Pero no quería romperlo. No podía hacerlo. Algo en su vulnerabilidad me tocó, y por un momento, fue como si todo el mundo dejara de existir. Solo estábamos nosotros, dos personas rotas de formas diferentes, tratando de encontrar algo en el otro que nos completara.

Me obligué a dar un paso atrás, solo un pequeño movimiento, pero suficiente para liberar un poco de la tensión que sentía.

—¿Por qué me haces esto, Kian? —pregunté, mi voz casi rota. No sabía si lo decía por él o por mí misma. Pero lo necesitaba. Necesitaba entender por qué alguien como él, alguien que parecía ser tan inalcanzable, tan fuera de mi alcance, me estaba arrastrando hacia un abismo del que no podía salir.

Kian cerró los ojos por un momento, como si quisiera prepararse para lo que estaba por decir.

—Porque no hay salida. —Su respuesta fue tan tajante que me cortó la respiración. Mis ojos se abrieron de par en par, pero él no me dejó procesar. —No hay salida, Emma. Y lo peor de todo es que no quiero que la haya. —Cuando levantó la vista hacia mí, sus ojos ardían con algo que no podía identificar: deseo, miedo, rabia... o tal vez todo a la vez.

Su cercanía me hizo temblar nuevamente, pero no me aparté. Algo dentro de mí me decía que estaba más cerca de la verdad que nunca, aunque temiera lo que eso implicara. Cada palabra que Kian pronunciaba me sumergía más en su mundo, en su oscuridad, y a la vez me atraía hacia él con una fuerza irresistible.

Kian dio un paso hacia mí, y mi respiración se detuvo cuando su mano rozó mi mejilla, suave y lenta. Esa simple caricia fue suficiente para que todo mi cuerpo reaccionara como si fuera fuego tocando piel. No era solo deseo; era una conexión tan profunda que me dolía.

—Lo que sientes no es amor, Emma —dijo, pero esta vez, su voz era más suave, como si quisiera que yo le creyera—. Lo que sientes es lo que un lobo siente cuando ve a su presa. Instinto, necesidad. No podemos ignorarlo.

Me quedé en silencio. Sus palabras eran tan hirientes como la verdad misma, pero también había algo más en ellas. Algo que no podía evitar. Mi mente decía que debía alejarme, que debía huir, pero mi cuerpo se oponía. Quería más de él, aunque sabía que eso me destruiría.

Kian se alejó lentamente, dejándome allí, sola, con el dolor y la necesidad creciendo dentro de mí. Me había tocado de una manera que nunca había experimentado, y sabía que no podía regresar atrás. Estaba atrapada. Atrapada en algo mucho más grande que yo.

Pero Kian no me lo había advertido solo para asustarme. Me lo había dicho porque sabía que me iba a cazar. Y ahora, yo también sabía que no iba a poder escapar.

El silencio se alzó entre nosotros nuevamente, y su última advertencia flotó en el aire, grabada en mi mente.

Los lobos siempre cazan, incluso cuando no lo desean.

Y yo era su presa.

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