3

Me senté junto a la ventana, la carta todavía sobre la mesa, arrugada, como si pudiera deshacerse de la verdad que me había revelado. ¿Quién había escrito eso? ¿Quién sabía sobre mi encuentro con Kian? El miedo no se había ido, pero ahora se sentía más como un compañero persistente, un susurro en mi mente cada vez que pensaba en él. Me preguntaba si la advertencia era real o simplemente un intento de mantenerme alejada. Porque, a pesar de todo lo que había escuchado, a pesar de las leyendas, algo en mí seguía deseando verlo, seguirlo. Algo más profundo, más primitivo que el miedo.

La luz de la tarde se filtraba suavemente a través de la ventana, pero mi mente seguía llena de sombras. Me levanté, dispuesta a distraerme, pero mi cuerpo no me respondía como yo esperaba. Todo parecía en cámara lenta. Mis pasos, mis respiraciones, mi corazón… todo era más intenso, como si un imán invisible me estuviera arrastrando hacia algo que no quería, pero deseaba con una fuerza inexplicable.

Tomé un abrigo, sin pensar mucho en lo que hacía, y salí de la casa. El aire frío de la tarde me golpeó la cara, el viento agitando mi cabello mientras mis pasos me guiaban por el camino que conducía al bosque. ¿Por qué lo hacía? No lo sabía. No quería estar aquí, no quería seguir a Kian en sus misterios, pero mis pies me llevaban.

El bosque se desplegaba ante mí, sus sombras alargándose a medida que el sol se ponía. Estaba completamente sola, y, sin embargo, la sensación de ser observada me envolvía. Mi cuerpo reaccionaba a algo en el aire, algo que no podía ver pero que sabía que estaba ahí.

De repente, lo vi. No hizo ruido al acercarse, como si fuera parte de las sombras mismas. Kian. Su presencia me aplastó de inmediato, esa fuerza invisible que tenía el poder de hacer que mi corazón latiera más rápido, que mi piel se erizara. No había palabras entre nosotros, solo la quietud que se sentía demasiado intensa para ser ignorada. Él no dijo nada. Yo no dije nada.

Nos quedamos ahí, a pocos metros el uno del otro, como si todo el universo hubiera detenido su curso para observarnos. Las hojas caídas crujían bajo sus botas, pero el aire estaba tan cargado que cualquier sonido parecía desaparecer. No había nada, excepto él, y mi cuerpo reaccionando a su cercanía. Mi piel ardía, mi mente enloquecía.

Kian estaba imponente, sus ojos dorados brillando en la penumbra del bosque, su postura recta, pero algo en su expresión mostraba una batalla interna. Podía sentirlo, la tensión que se desbordaba entre nosotros, aunque no nos tocábamos, aunque no dijéramos nada.

Mis pensamientos daban vueltas en mi cabeza como una rueda descontrolada, pero no podía hacer nada más que mirarlo. La fuerza que emanaba de él era innegable, algo salvaje, algo que parecía estar en su sangre, algo que nunca entendería. Pero eso no me detenía.

Al final, fui yo quien rompió el silencio.

—¿Es cierto? —pregunté, mis palabras sonando más débiles de lo que había imaginado. Miré al suelo un instante antes de levantar la vista y encontrar sus ojos fijos en los míos, como si hubiera estado esperando mi pregunta.

Él no respondió de inmediato. Los segundos pasaron como si fueran horas. Su mirada se suavizó por un momento, y, aunque intentó ocultarlo, pude ver la respuesta en su rostro.

—¿Qué es lo que estás preguntando? —su voz, baja, profunda, se mezclaba con el viento.

Mis palabras se enredaron en mi garganta. El miedo estaba ahí, empujándome a alejarme, a ignorar lo que sentía, pero no podía. No podía dejarlo ir, no después de todo lo que había visto, no después de sentir su presencia tan cerca de mí.

—Las leyendas —dije finalmente, el eco de mi propia voz resonando entre los árboles. —¿Son verdad?

Kian me miró por un largo rato, y su silencio era más pesado que cualquier palabra. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que me desconcertaba, como si me estuviera leyendo, como si pudiera ver hasta el último rincón de mis pensamientos más oscuros.

—¿Leyendas? —repitió, casi en tono de burla, como si mi pregunta fuera absurda. —No son más que historias contadas por personas que no entienden lo que pasa en este mundo.

Mis labios se apretaron, mi corazón se aceleró. Había algo en sus palabras, algo que no encajaba con lo que me decía. Pero su expresión seguía siendo firme, distante, como si no quisiera darme ninguna pista.

Me acerqué un paso, la tensión entre nosotros aumentando con cada centímetro que cruzaba. La distancia se reducía, pero no podía ignorar lo que sentía, lo que se estaba formando en el aire. El roce de nuestras pieles, aunque mínimo, podría haber encendido un fuego entre nosotros.

—Eso no responde a mi pregunta —respondí, con un tono desafiante que ni siquiera me reconocí. Mi cuerpo me pedía que me acercara más, que lo tocara, pero algo me decía que si lo hacía, no habría vuelta atrás.

Kian cerró los ojos por un instante, como si estuviera luchando contra algo más grande que él. Cuando los abrió, ya no había ira, pero sí algo mucho más peligroso. Algo salvaje.

—No puedes entenderlo —dijo, sus palabras un susurro en la penumbra. —Las leyendas no son solo historias. Son advertencias. Lo que sea que sientas, no es amor, Emma. Es instinto.

Las palabras me golpearon con la fuerza de un rayo, y, por un momento, todo en mí se detuvo. Instinto. Eso era todo lo que había entre nosotros. Nada más. No era amor, no era algo real, solo una atracción primitiva que mi cuerpo no podía ignorar.

Pero, aunque sus palabras me congelaron, mi corazón seguía latiendo de una manera desbocada. El deseo seguía ardiendo en mis venas, y aunque sabía lo que me estaba diciendo, algo dentro de mí no quería aceptarlo. No podía. No después de todo lo que había sentido, no después de todo lo que mi cuerpo había experimentado cuando estaba cerca de él.

Kian me miró una última vez, y en sus ojos vi algo que no había visto antes: compasión. O tal vez era algo más. Algo que no quería admitir. Luego, sin decir una palabra más, dio un paso atrás y desapareció en la oscuridad del bosque.

Me quedé allí, con el viento acariciando mi rostro, mi respiración agitada, mi mente hecha un torbellino. Instinto. Eso era lo que sentía. Y a pesar de todo lo que me decía, no podía dejar de quererlo.

Pero ahora, sabía que nada entre nosotros sería fácil. Nada sería lo que yo pensaba que era. Y, tal vez, eso era lo más aterrador de todo.

Me quedé allí, parada en medio del bosque, el aire frío como una daga atravesando mi piel, pero no podía moverme. Algo dentro de mí me mantenía anclada al suelo, como si las palabras de Kian hubieran dejado una marca, una cicatriz invisible que se abría con cada latido de mi corazón.

Instinto.

Eso fue todo. Eso fue lo que me había estado atrayendo, lo que me había hecho acercarme a él una y otra vez, como una marioneta incapaz de romper los hilos invisibles que nos conectaban. Pero no podía ser cierto, ¿verdad? No podía ser tan simple. Porque, aunque él lo dijera, había algo más entre nosotros. Algo que iba más allá de lo físico. Algo que me hacía querer acercarme, tocarlo, sentirlo. Pero no. Él lo había dicho: no era amor. Era solo instinto.

Pero no pude evitar la sensación de vacío que me dejó su partida. Me quedé allí, mirando el lugar por donde había desaparecido, esperando que regresara, que dijera algo más, cualquier cosa que me diera alguna respuesta, alguna razón por la que mi cuerpo y mi alma se sentían tan completos a su lado.

"Es solo instinto", repetí en mi mente, como si eso fuera suficiente para convencerme de que estaba bien. Que todo lo que sentía, toda esa atracción, esa necesidad de estar cerca de él, no era más que una reacción biológica, una llamada de la naturaleza. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si realmente era más que eso?

Me senté en una roca cercana, el frío de la piedra atravesando mi abrigo, pero no me importó. Mis pensamientos eran un caos, girando y girando alrededor de lo que acababa de suceder, de lo que acababa de escuchar. No pude dejar de pensar en su rostro, en la forma en que sus ojos dorados me miraban, como si pudieran ver dentro de mí, como si pudiera ver lo que ni yo misma entendía.

La oscuridad comenzó a caer sobre el bosque, las sombras alargándose entre los árboles. A lo lejos, el susurro de las hojas moviéndose al ritmo del viento era lo único que rompía el silencio. Pero no me sentía sola. Sabía que él estaba cerca, aunque no pudiera verlo. Sabía que él estaba observándome, desde algún lugar dentro de ese bosque que parecía esconder secretos que no estaba dispuesta a descubrir, pero que no podía evitar.

Me levanté finalmente, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros, y comencé a caminar de regreso hacia el pueblo, mi mente aún atrapada entre sus palabras. Cada paso que daba me acercaba más al lugar donde todo comenzó. ¿Por qué tenía que ser él? ¿Por qué esa atracción incontrolable? Mi corazón latía de una forma errática, como si estuviera corriendo, huyendo de algo, pero sin saber de qué. No podía quitarme esa sensación de que lo que sentía era más grande que cualquier advertencia, más grande que cualquier historia que me hubiera contado.

Al llegar al borde del bosque, algo me detuvo. Un susurro. Un leve crujido de ramas. Me volví con rapidez, y allí, en el borde de la oscuridad, lo vi. Kian. Estaba de pie entre los árboles, su figura encajada en las sombras, tan imponente y silencioso como siempre. Sus ojos me observaban, pero esta vez había algo diferente en su mirada. No era solo desprecio o distancia. Había un dolor en esos ojos dorados, una lucha interna que nunca había visto antes.

No pude evitar acercarme, como si mi cuerpo ya no pudiera ignorar lo que mi mente no quería aceptar.

—¿Por qué sigues cerca de mí? —preguntó, su voz grave cortando el aire como una hoja afilada.

Su pregunta me desconcertó. ¿Por qué seguía cerca de él? ¿Qué tenía de malo seguir buscando respuestas, seguir buscando algo que ni siquiera yo comprendía?

—No sé —respondí con sinceridad, mis palabras saliendo en un susurro. —No sé por qué.

La tensión entre nosotros aumentaba de nuevo, palpable, eléctrica. Algo en el aire se cargaba, como si un tormentón se estuviera formando sin que pudiéramos evitarlo. Mi piel ardía por dentro, la necesidad de estar cerca de él era como una llama encendida que no quería apagarse.

—Deberías irte, Emma —dijo, y esta vez su tono era diferente. No era una orden, no era una amenaza. Era una súplica. Algo en su voz me hizo detenerme. Algo en esa palabra, "deberías", resonaba con una sinceridad que no había escuchado de él antes.

No lo entendía. Quería alejarme, sí. Quería huir de este caos, de esta lucha interna, pero no podía. Mi cuerpo no lo permitiría. No podía dejarlo ir tan fácilmente. Y él lo sabía.

—¿Y si no lo hago? —pregunté, sin pensar. Mi voz era baja, desafiante, pero también temblorosa, como si una parte de mí temiera la respuesta.

Kian dio un paso hacia mí, su mirada fija en la mía, más intensa que nunca. Por un momento, el tiempo pareció detenerse, como si el universo entero estuviera esperando que tomáramos una decisión, que dijéramos las palabras correctas.

—Entonces, nunca volverás a ser la misma —dijo, con una suavidad peligrosa. —Porque lo que buscas, lo que deseas, no es algo que pueda controlarse.

Sus palabras fueron como una sentencia. Algo en mi interior se desmoronó, pero al mismo tiempo, esa declaración me hizo querer acercarme más a él. Sabía que no podía, sabía que tenía que alejarme, pero no podía evitarlo.

Unos segundos más pasaron, y me quedé mirándolo, mi respiración irregular, mi corazón golpeando en mi pecho. Finalmente, él dio un paso atrás, su mirada quebrándose antes de volverse nuevamente distante, casi como si estuviera huyendo de algo que ni siquiera él entendía.

—Haz lo que quieras —dijo, su voz ahora mucho más fría, más controlada. —Pero recuerda lo que te dije, Emma. Nada de lo que sientes es lo que parece.

Y, sin darme tiempo para responder, se dio la vuelta y desapareció en las sombras del bosque, dejando atrás una sensación de vacío en mi pecho. Pero ahora no estaba sola. Algo dentro de mí había despertado, y no sabía si eso era lo que realmente quería.

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