La brisa nocturna acariciaba mi rostro mientras caminaba hacia mi casa. El aire fresco del otoño se filtraba entre las hojas caídas, que crujían suavemente bajo mis botas. La luna llena brillaba intensamente sobre el pueblo, iluminando las calles vacías. Era una de esas noches en las que todo parecía estar en su lugar, todo tranquilo, todo como siempre. Pero, por supuesto, las cosas nunca permanecen tranquilas por mucho tiempo en mi vida.
El sonido de los árboles moviéndose me hizo detenerme en seco. Al principio, pensé que era el viento, pero luego algo en la atmósfera me hizo sentir incómoda. La sensación era extraña, como si algo estuviera observándome. Me giré lentamente, mi corazón empezando a latir más rápido. La última vez que sentí algo similar fue cuando era niña, corriendo por el bosque y sabiendo que algo o alguien me seguía.
Un ruido rompió el silencio de la noche, una rama que crujía a lo lejos, justo dentro de la franja oscura del bosque. No era normal, y no pude evitar dar un paso hacia el sonido. La curiosidad me ganó, como siempre.
"Emma, no hagas esto…" me susurré a mí misma, pero mi cuerpo se movió hacia el bosque como si una fuerza invisible me arrastrara.
Entré entre los árboles, donde la sombra parecía devorarlo todo, y apenas pude ver la forma de un hombre de pie, en la distancia. La figura estaba rígida, casi como una estatua. Mi pulso se aceleró, y una extraña punzada de miedo me recorrió la columna vertebral. ¿Quién demonios estaba allí a estas horas de la noche?
¿Un cazador? No, no podía ser. Los cazadores no rondaban tan cerca de los pueblos.
La figura se giró lentamente hacia mí, y, por un momento, mi respiración se detuvo. Sus ojos. Esos ojos dorados, como dos luceros en la oscuridad, me atravesaron como si pudieran ver todo lo que había dentro de mí. Me sentí vulnerable, pequeña, pero a la vez, algo extraño se encendió dentro de mí, algo profundo y visceral.
El hombre no se movió. Seguía observándome fijamente, pero no dijo una palabra.
"¿Quién eres?" mi voz tembló, pero traté de mantener la calma.
Sus labios se curvaron levemente en una mueca de desdén, y su postura se endureció aún más.
"No deberías estar aquí", dijo con una voz grave, que me recorrió todo el cuerpo como si cada palabra fuera un destello de electricidad. Era un tono autoritario, y me hizo dar un paso atrás, aunque mis piernas no querían moverse.
"No es seguro para ti", continuó, sin moverse ni un centímetro. Sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo sentir completamente expuesta.
"¿Por qué?" pregunté, el aire entre nosotros estaba cargado de una tensión palpable. No sabía si estaba más aterrada o intrigada.
Él no respondió. En su lugar, dio un paso hacia mí, con una velocidad que no supe de dónde había salido, pero que me dejó sin aliento. Mi corazón comenzó a latir desbocado, y me vi obligada a retroceder. No sé por qué, pero sentí que si no lo hacía, algo iba a pasar que no podría manejar.
"Vete ahora", me dijo, su voz más suave pero aún llena de advertencia.
Lo miré por un momento más, sin poder moverme. Y luego, de repente, todo lo que sentí en su presencia desapareció, como si él nunca hubiera estado allí. La sensación de miedo, la intensidad de sus ojos, todo se desvaneció en el aire frío de la noche. Y lo peor de todo, la atracción. Un deseo inexplicable por estar cerca de él, una conexión que no podía comprender.
Grité hacia atrás, volviendo sobre mis pasos, el eco de mis botas resonando entre los árboles. Mi respiración se agitaba mientras me alejaba, sin atreverme a mirar atrás, aunque mi mente no dejaba de pensar en él. ¿Qué demonios acababa de pasar?
Al llegar a mi jardín, me detuve en seco. Mi vista se dirigió automáticamente hacia el suelo, donde una serie de huellas grandes y profundas marcaban la tierra mojada. Las huellas no pertenecían a un ser humano, eso era seguro. Pero… ¿qué eran?
Mis dedos se apretaron alrededor del borde de la puerta, mientras un escalofrío recorría mi columna vertebral. La presencia de esa figura, las huellas, la extraña sensación en el aire… algo no encajaba.
Entré rápidamente, cerrando la puerta detrás de mí, y me dejé caer contra ella. Mi respiración era rápida, mis manos temblaban. El miedo había desaparecido, pero el deseo seguía ahí, latente, recorriendo mi piel.
"¿Qué está pasando?" susurré, y esa fue la primera vez que me hice una pregunta que sabía que cambiaría mi vida por completo.
Los días siguientes fueron una mezcla de caos interno y la normalidad de siempre. El pueblo seguía siendo el mismo, pero yo ya no podía ver las cosas de la misma manera. Las huellas en mi jardín se borraron al día siguiente, pero la sensación de que algo estaba mal persistía. Y Kian… había algo en su mirada, algo que me seguía a todas partes. Como si estuviera buscando algo en mí, o tal vez, quería que lo buscara.
Esa noche, cuando la luna llena volvió a brillar en el cielo, algo en mí me impulsó a salir. El aire fresco me acarició, y mi mente volaba de un pensamiento a otro. ¿Y si lo que vi no fue una alucinación? ¿Y si era real?
En el horizonte, una figura apareció entre los árboles. Kian.
Me detuve en seco, mis piernas temblaban, y mi cuerpo se tensó. No podía evitarlo, no quería acercarme a él, pero tampoco podía quedarme allí, parada, sin hacer nada. La atracción era demasiado fuerte, demasiado real.
Él se giró, sus ojos dorados brillando en la oscuridad. Cuando me vio, sus labios se curvaron en una sonrisa. No era una sonrisa amable, era la sonrisa de un depredador, y yo estaba a punto de caer en su trampa.
"Pensé que te había dicho que no te acercaras", dijo suavemente, su voz como un susurro en el viento.
"Lo sé", respondí, pero mis palabras sonaban vacías. Lo que realmente quería decir era que no podía evitarlo. No podía evitarlo.
Él lo sabía.
Y en ese momento, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Al regresar a mi casa esa noche, algo había cambiado dentro de mí. Las huellas ya no estaban en el jardín, pero la sensación de su presencia seguía ahí, como un eco en mi mente. Y mientras cerraba los ojos, me di cuenta de que no podía alejarme de él, aunque lo intentara.
"Nos vemos pronto, Emma", susurró la voz en mi mente, la voz de Kian, y en ese momento supe que lo que había comenzado, no terminaría fácilmente.
El pueblo nunca cambiaba. Era lo mismo todos los días: las mismas calles estrechas, las mismas caras amables, los mismos rumores que flotaban como niebla en el aire. Pero algo en mí había cambiado desde aquella noche. Algo que ni siquiera yo entendía. Los murmullos sobre Kian y su manada me perseguían, como fantasmas que no podía espantar, y la curiosidad, esa mezcla peligrosa de miedo y fascinación, me mantenía despierta en la oscuridad.Estaba convencida de que había algo más en Kian, algo que lo hacía diferente de todo lo que conocía. Las leyendas sobre los hombres lobo rondaban el pueblo, pero siempre las había tomado como simples cuentos. Historias para asustar a los niños o para hacer que las viejas se sintieran más importantes con sus susurros y miradas cómplices. Pero Kian... Kian no parecía parte de esas historias. Él era real. Y lo que sentía por él era real, incluso si me aterraba.Hoy era un día común. La tarde se deslizaba lentamente hacia la noche, y yo caminaba por el m
Me senté junto a la ventana, la carta todavía sobre la mesa, arrugada, como si pudiera deshacerse de la verdad que me había revelado. ¿Quién había escrito eso? ¿Quién sabía sobre mi encuentro con Kian? El miedo no se había ido, pero ahora se sentía más como un compañero persistente, un susurro en mi mente cada vez que pensaba en él. Me preguntaba si la advertencia era real o simplemente un intento de mantenerme alejada. Porque, a pesar de todo lo que había escuchado, a pesar de las leyendas, algo en mí seguía deseando verlo, seguirlo. Algo más profundo, más primitivo que el miedo.La luz de la tarde se filtraba suavemente a través de la ventana, pero mi mente seguía llena de sombras. Me levanté, dispuesta a distraerme, pero mi cuerpo no me respondía como yo esperaba. Todo parecía en cámara lenta. Mis pasos, mis respiraciones, mi corazón… todo era más intenso, como si un imán invisible me estuviera arrastrando hacia algo que no quería, pero deseaba con una fuerza inexplicable.Tomé un
El aire caliente de la fiesta me envolvía como una manta, opresiva y pegajosa. El bullicio de la gente me rodeaba, risas y conversaciones se entrelazaban en una cacofonía que se me hacía insoportable. Sin embargo, lo peor no era el ruido ni el calor. Era él. Kian. Estaba allí, a unos pocos metros de mí, su figura imponente casi como una sombra que oscurecía todo a su alrededor. Mi corazón latía en desorden, y mis pensamientos eran un caos. La advertencia de Kian seguía retumbando en mi mente: "Lo que sientes no es amor. Es instinto".El instinto...Me moría de curiosidad por saber qué significaba eso. ¿Era cierto? ¿Era tan sencillo? Porque si todo se reducía a una simple necesidad instintiva, ¿por qué mi cuerpo reaccionab
Era un viernes por la tarde, pero mi mente no sabía qué día era. El aire estaba pesado, como si el universo hubiera decidido suspender el tiempo, como si los minutos se alargaran indefinidamente y me dejaran atrapada en una telaraña de pensamientos. No podía dejar de pensar en él. Kian. El hombre que había desbaratado mi mundo y lo había reordenado de una manera que ni siquiera entendía.Mi vida diaria parecía tan distante en comparación con lo que había experimentado. Mi trabajo, mis amigos, incluso la calma habitual de mi casa ya no me daban la misma paz. Había algo dentro de mí, una necesidad que no podía acallar, y todo apuntaba hacia él. Lo deseaba de una manera salvaje, irracional, peligrosa. Y al mismo tiempo, algo dentro de mí me gritaba que no debía acercar