El pueblo nunca cambiaba. Era lo mismo todos los días: las mismas calles estrechas, las mismas caras amables, los mismos rumores que flotaban como niebla en el aire. Pero algo en mí había cambiado desde aquella noche. Algo que ni siquiera yo entendía. Los murmullos sobre Kian y su manada me perseguían, como fantasmas que no podía espantar, y la curiosidad, esa mezcla peligrosa de miedo y fascinación, me mantenía despierta en la oscuridad.
Estaba convencida de que había algo más en Kian, algo que lo hacía diferente de todo lo que conocía. Las leyendas sobre los hombres lobo rondaban el pueblo, pero siempre las había tomado como simples cuentos. Historias para asustar a los niños o para hacer que las viejas se sintieran más importantes con sus susurros y miradas cómplices. Pero Kian... Kian no parecía parte de esas historias. Él era real. Y lo que sentía por él era real, incluso si me aterraba.
Hoy era un día común. La tarde se deslizaba lentamente hacia la noche, y yo caminaba por el mercado local, empacando algunas verduras para la cena. Mi mente, sin embargo, no podía dejar de pensar en él. En los ojos dorados que me miraban en la oscuridad, en la voz que me había susurrado, advirtiéndome de algo que no comprendía del todo. ¿Por qué él me atraía con tanta intensidad?
Un par de pasos más y lo vi. Kian estaba al otro lado del mercado, como si el destino hubiera decidido que no podía escapar de su mirada. Me congelé al instante. Estaba allí, tan imponente, tan... inalcanzable. No podía dejar de mirarlo, aunque sabía que eso solo me pondría en peligro. No era una simple atracción. Había algo más, algo que no podía explicar, que iba más allá de la superficie.
Me sentí observada, y cuando finalmente encontré su mirada, un escalofrío recorrió mi columna. Esta vez, no me apartó la mirada. Su expresión era tan enigmática como siempre, pero había algo más en ella. No era indiferencia ni desprecio, como la última vez. No. Esta vez había algo... algo más. ¿De qué se trataba? No estaba segura, pero estaba empezando a darme cuenta de que la línea entre el miedo y el deseo se difuminaba cada vez más.
Decidí hacer algo ridículo. Decidí caminar hacia él. ¿Por qué? Ni siquiera podía responderme. Era un impulso, una necesidad loca que ni yo misma entendía. Mis pasos eran más rápidos de lo que debería haber sido, y cuando lo tuve frente a mí, la tensión entre nosotros fue tan palpable que casi pude tocarla.
—Emma —dijo, su voz profunda y grave, pero esta vez no sonaba tan dura, tan distante como la última vez. Había un matiz de algo... ¿afecto? No lo sabía.
—Kian —respondí, intentando sonar calmada, pero mi voz tembló. ¿Por qué sentía que todo el aire a mi alrededor se volvía más denso? Como si todo a mi alrededor se desvaneciera, dejando solo a él y a mí.
Un silencio pesado se instaló entre nosotros. Podía sentir la presión en el aire, como si estuviéramos en el filo de algo, de algo que no debería estar pasando. La multitud alrededor de nosotros seguía su curso, pero en ese momento, parecía como si todo se hubiera detenido.
—No debí haber... venido aquí —dije, con una sonrisa nerviosa. No era algo que pensara, pero no sabía qué más decir. La tensión era tan fuerte que me estaba ahogando. ¿Por qué no podía controlar mis pensamientos cuando él estaba cerca?
Kian dio un paso hacia mí, lo suficientemente cerca como para que el aire entre nosotros se volviera insoportable. Mis manos comenzaron a sudar, y el latido de mi corazón resonaba en mis oídos.
—Emma —susurró de nuevo, y esta vez, algo en su tono hizo que mi cuerpo reaccionara sin pensarlo. Algo en su voz era un llamado. Un llamado que mi cuerpo no podía ignorar.
Y entonces, en un movimiento casi involuntario, nuestras manos se rozaron. Fue como una descarga eléctrica. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un temblor recorrió mi piel, y sentí que mi corazón saltaba al unísono con mi respiración. Me aparté rápidamente, mi rostro enrojecido por la vergüenza, pero no pude evitar mirarlo. Kian también me miraba, sus ojos dorados brillando con intensidad, como si hubiera algo más detrás de esa mirada que no estaba dispuesto a compartir.
—Lo... lo siento —musité, sintiendo el calor subir a mi rostro. ¿Por qué todo se sentía tan fuera de control?
Kian no respondió de inmediato. Su mirada se mantuvo fija en mis ojos, pero podía ver que estaba luchando contra algo dentro de sí mismo. ¿Qué era lo que veía en mí? ¿Qué estaba pasando entre nosotros que ni él mismo podía comprender?
Finalmente, sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, pero su voz fue dura, decidida.
—Mantente lejos de mí, Emma. Mi mundo no es para ti. No entiendes lo que eso significa. —Su tono fue suave, pero las palabras, las palabras fueron un golpe.
Mis dedos temblaron, y un nudo se formó en mi estómago. Su rechazo me dolió más de lo que quería admitir, pero algo en mí sabía que no podía ignorarlo. Era el alfa de la manada, y mi vida no valía nada si me metía en su camino. Lo entendí, aunque no quería.
—Lo... lo haré —respondí, mi voz quebrándose. Estaba buscando una forma de escapar, de huir de ese momento, pero algo me mantenía allí, un lazo invisible que no podía romper.
Él asintió ligeramente, su mirada no dejándome ir. Había algo en sus ojos que no podía interpretar, algo que no estaba dispuesto a compartir conmigo.
Antes de darme la vuelta para irme, me lanzó una última advertencia, como si sus palabras fueran una sentencia.
—No sigas viniendo a mi mundo, Emma. Te lo advertí.
Mi respiración era superficial mientras me alejaba, pero cuando pensaba que el mercado se había quedado atrás, sentí algo raro en el aire. Algo pesado, peligroso. Algo que me perseguiría incluso cuando no estuviera cerca de él.
De vuelta a mi casa, me tiré sobre la mesa, la sensación de estar atrapada en algo mucho más grande que yo misma comenzaba a ahogarme. Y entonces, cuando menos lo esperaba, la puerta de la casa crujió, y algo extraño apareció en el suelo.
Una carta.
La abrí, y el mensaje me heló la sangre:
"Mantente alejada de él, o el peligro te alcanzará."
Mis manos temblaron al sostener el papel, y el eco de sus palabras resonó en mi cabeza.
"Te lo advertí."
El miedo me envolvió como una manta, pero también algo más. Algo más que no podía ignorar.
Apreté la carta con más fuerza, el papel crujió entre mis dedos, y la tensión en mi pecho creció con cada segundo que pasaba. El mensaje estaba claro, y, sin embargo, no entendía nada. ¿Quién había escrito esto? ¿Por qué a mí? Mi mente trataba de encontrar una respuesta lógica, pero no podía. ¿Cómo podía alguien saber lo que había sucedido entre Kian y yo en el mercado? No había habido testigos. No había forma de que alguien hubiera presenciado el roce de nuestras manos. Y sin embargo, alguien sabía. Alguien estaba observando, y esa idea me ponía los pelos de punta.
Solté un suspiro, sintiéndome atrapada entre el miedo y la curiosidad. ¿Por qué me sentía tan extrañamente atraída hacia Kian, a pesar de las advertencias, a pesar de los rumores sobre su manada? ¿Qué era lo que me mantenía atada a él? Algo en mi interior me decía que no debía ignorar lo que sentía, pero otro lado de mí me advertía que ese camino podría ser mi perdición.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —murmuré, mirándome al espejo. La chica que veía reflejada no era la misma que había sido ayer. Había algo diferente en mi mirada. Algo peligroso, algo que había despertado al tocar la superficie de este mundo que no entendía.
Mi mente seguía saltando entre pensamientos. Por un lado, el miedo me instaba a huir, a olvidarme de Kian y su manada, a cerrar los ojos a todo lo que había visto, pero por otro lado, había algo en mí que me empujaba a saber más, a adentrarme en ese misterio oscuro que lo rodeaba. Pero ¿a qué costo?
Coloqué la carta sobre la mesa y me levanté, la noche había caído por completo, y el viento afuera soplaba con fuerza. Sentí una extraña presión en el aire, como si algo estuviera a punto de suceder. El mismo sentimiento que había tenido esa noche en el bosque, cuando vi a Kian por primera vez.
Salí de mi casa sin pensarlo, sin una razón concreta. Caminé por las calles vacías, mis pasos resonando en el silencio. Había algo en el aire, algo palpable que me empujaba hacia él. La luna brillaba en lo alto, bañando el pueblo en una luz plateada. No sabía qué esperaba encontrar, pero las calles parecían llevarme solas, como si el destino mismo me estuviera guiando.
Llegué al borde del bosque, donde el terreno comenzaba a volverse más oscuro y denso. La sensación en mi pecho se intensificó. Mi respiración era rápida y superficial, y mi cuerpo estaba tenso, como si algo estuviera acechando en las sombras. No era la primera vez que caminaba por ahí, pero nunca antes había sentido este peso en el aire, esta sensación de que alguien, o algo, me observaba.
Miré hacia el claro, donde todo había comenzado, el lugar donde Kian había aparecido esa primera noche. Estaba oscuro, pero las sombras parecían moverse con vida propia, y me sentí atraída hacia ellas, aunque mi instinto me gritaba que me alejara.
De repente, una figura apareció entre los árboles, con una agilidad sobrenatural. Mi corazón se detuvo por un momento. No era una sorpresa; sabía que él vendría. Kian. Estaba allí, observándome desde la oscuridad, sus ojos dorados brillando intensamente, como dos faros en la noche.
—¿Qué haces aquí? —su voz fue baja, profunda, y un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Había algo en su tono que me desarmó, algo que me hizo dudar de todo lo que pensaba saber.
No sabía qué responder. Mis pensamientos se agolpaban en mi mente, pero las palabras no salían. La tensión entre nosotros era tan densa que casi podía tocarla. Podía sentir la electricidad en el aire, como si el simple hecho de estar cerca de él me estuviera consumiendo. El roce de nuestras manos en el mercado había sido solo el comienzo de algo mucho más grande. Algo que no podía controlar.
Kian dio un paso hacia mí, su figura oscura recortada contra la luz de la luna. El viento movía su cabello, y por un instante, sentí una poderosa necesidad de acercarme, de tocarlo, de romper la distancia que nos separaba. Pero algo en sus ojos me detuvo.
—Te dije que te alejaras —dijo, su voz grave y cargada de una advertencia que no podía ignorar.
Mis labios se abrieron, pero no encontré las palabras adecuadas. ¿Por qué no podía simplemente darme por vencida? ¿Por qué la atracción que sentía hacia él parecía más fuerte que mi miedo?
—No es tan fácil —respondí, mi voz temblorosa pero desafiante. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué me sentía tan impetuosa? Mi cuerpo se estaba rebelando contra mi mente. Quería huir, pero no podía. Algo me mantenía allí, algo que no entendía.
Él suspiró, como si estuviera cansado de esta conversación. Se acercó aún más, hasta que estaba tan cerca que podía sentir su calor, su presencia abrumadora. No dije nada, porque sabía que cualquier palabra que saliera de mi boca solo haría que la tensión entre nosotros aumentara. Estaba demasiado cerca de lo prohibido, demasiado cerca de algo que no debía tocar.
Kian levantó la mano, como si quisiera decir algo, pero se detuvo. Sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo dar un paso atrás, mi pecho acelerado por la cercanía. ¿Qué estaba pasando entre nosotros? ¿Por qué no podía simplemente dejarlo ir?
Finalmente, dio un paso atrás, su postura rígida, como si estuviera luchando contra sí mismo.
—Vete a casa, Emma. No puedes seguir viniendo aquí. —Su voz fue un susurro bajo, pero lleno de una fuerza que me hizo estremecer.
Antes de que pudiera replicar, él desapareció en las sombras del bosque, tan rápido como había llegado, dejándome sola con mis pensamientos, con mis dudas, y con una sensación de vacío que me perseguiría hasta que comprendiera lo que realmente estaba sucediendo entre nosotros.
Regresé a mi casa, mis pasos pesados, mi mente aún atrapada entre la fascinación y el miedo. Cuando entré, la carta seguía allí, sobre la mesa. Pero ahora, algo había cambiado. Ya no sentía miedo de la advertencia. Ahora, solo sentía una determinación creciente.
"Mantente alejada de él, o el peligro te alcanzará."
¿Peligro? No podía ignorar lo que sentía, no podía alejarme. Si eso significaba peligro, entonces estaba dispuesta a enfrentarlo.
Y así, sin saberlo, ya estaba demasiado lejos para regresar.
Me senté junto a la ventana, la carta todavía sobre la mesa, arrugada, como si pudiera deshacerse de la verdad que me había revelado. ¿Quién había escrito eso? ¿Quién sabía sobre mi encuentro con Kian? El miedo no se había ido, pero ahora se sentía más como un compañero persistente, un susurro en mi mente cada vez que pensaba en él. Me preguntaba si la advertencia era real o simplemente un intento de mantenerme alejada. Porque, a pesar de todo lo que había escuchado, a pesar de las leyendas, algo en mí seguía deseando verlo, seguirlo. Algo más profundo, más primitivo que el miedo.La luz de la tarde se filtraba suavemente a través de la ventana, pero mi mente seguía llena de sombras. Me levanté, dispuesta a distraerme, pero mi cuerpo no me respondía como yo esperaba. Todo parecía en cámara lenta. Mis pasos, mis respiraciones, mi corazón… todo era más intenso, como si un imán invisible me estuviera arrastrando hacia algo que no quería, pero deseaba con una fuerza inexplicable.Tomé un
El aire caliente de la fiesta me envolvía como una manta, opresiva y pegajosa. El bullicio de la gente me rodeaba, risas y conversaciones se entrelazaban en una cacofonía que se me hacía insoportable. Sin embargo, lo peor no era el ruido ni el calor. Era él. Kian. Estaba allí, a unos pocos metros de mí, su figura imponente casi como una sombra que oscurecía todo a su alrededor. Mi corazón latía en desorden, y mis pensamientos eran un caos. La advertencia de Kian seguía retumbando en mi mente: "Lo que sientes no es amor. Es instinto".El instinto...Me moría de curiosidad por saber qué significaba eso. ¿Era cierto? ¿Era tan sencillo? Porque si todo se reducía a una simple necesidad instintiva, ¿por qué mi cuerpo reaccionab
Era un viernes por la tarde, pero mi mente no sabía qué día era. El aire estaba pesado, como si el universo hubiera decidido suspender el tiempo, como si los minutos se alargaran indefinidamente y me dejaran atrapada en una telaraña de pensamientos. No podía dejar de pensar en él. Kian. El hombre que había desbaratado mi mundo y lo había reordenado de una manera que ni siquiera entendía.Mi vida diaria parecía tan distante en comparación con lo que había experimentado. Mi trabajo, mis amigos, incluso la calma habitual de mi casa ya no me daban la misma paz. Había algo dentro de mí, una necesidad que no podía acallar, y todo apuntaba hacia él. Lo deseaba de una manera salvaje, irracional, peligrosa. Y al mismo tiempo, algo dentro de mí me gritaba que no debía acercar
La brisa nocturna acariciaba mi rostro mientras caminaba hacia mi casa. El aire fresco del otoño se filtraba entre las hojas caídas, que crujían suavemente bajo mis botas. La luna llena brillaba intensamente sobre el pueblo, iluminando las calles vacías. Era una de esas noches en las que todo parecía estar en su lugar, todo tranquilo, todo como siempre. Pero, por supuesto, las cosas nunca permanecen tranquilas por mucho tiempo en mi vida.El sonido de los árboles moviéndose me hizo detenerme en seco. Al principio, pensé que era el viento, pero luego algo en la atmósfera me hizo sentir incómoda. La sensación era extraña, como si algo estuviera observándome. Me giré lentamente, mi corazón empezando a latir más rápido. La última vez que sentí algo similar fue cuando era niña, corriendo por el bosque y sabiendo que algo o alguien me seguía.Un ruido rompió el silencio de la noche, una rama que crujía a lo lejos, justo dentro de la franja oscura del bosque. No era normal, y no pude evitar