SAMANTA
Me levanté ese día con unas tremendas ojeras, pues no concilié para nada el sueño. Volver a ver a Rick me había afectado demasiado, tanto que estaba muy sorprendida porque creí que era algo del pasado, algo insulso que no podría sacudir mi interior como cuando era una simple adolescente.
Necesitaba olvidar ese estúpido amor de infancia o perdería algo más que la cordura en presencia de ese hombre ya maduro y, para qué negar, demasiado sensual. Con el simple halo de su voz y la evidente experiencia que destilaba por cada poro de su piel, alborotó sin dudas mis hormonas como nunca las había sentido.
Como una tonta quinceañera, marqué de inmediato el número de Frank y lo invité a almorzar para, por lo menos, tener la excusa de no dejar caer la baba por Rick.
«¡Tonta! ¡Eres una completa tonta, Sam!», me reprendí tirando de mis cabellos como si estuviera loca.
¿Qué haría cuando lo tuviera de nuevo delante de mí?
Tal vez él ni siquiera me tomó en cuenta, por de más, y a juzgar por sus palabras, tampoco había recordado quién era.
«¡Estúpido Rick, estúpida yo y mi tonto corazón!».
Di vueltas en la habitación.
Lo mejor sería tratar de evitarlo, y luego de la comida convencer a Frank para salir de aquí con cualquier pretexto.
Sabía que era ridículo mi comportamiento, pero ante el avasallante impacto que causó en mí reencontrarme nuevamente con él, no quería arriesgarme a nada.
Lo mejor para todos sería decirle de una vez por todas a Frank que aceptaba casarme con él, porque, aunque asumí ante mi tío que acepté su propuesta, la realidad era que aún no le había dicho nada acerca de mi decisión. Además, sin dudas Frank era el hombre adecuado para mí y me amaba de una manera que sería difícil que alguien más lo hiciera. Pese a que yo solo lo quisiera, estaba segura de que, con el tiempo, lograría amarlo y olvidaría de una vez por todas ese sentimiento absurdo que sentía por ese hombre que volvió a aparecer después de tanto tiempo.
Negué con la cabeza y suspiré con resignación. Me adentré al tocador para darme una ducha y esperar a que todo sucediera rápido.
Frank llegó, como siempre, puntual, y ambos nos acomodamos en el salón principal, donde escogimos una película para verla mientras el almuerzo estaba listo.
A decir verdad, ni siquiera entendía lo que mis ojos miraban. Mi cabeza estaba llena de estúpidos pensamientos que no me llevaban más que a aquellos luceros de un color tan inusual, que podían hipnotizar a cualquiera. No podía evitar compararlos con los iris del desconocido que me acechaba en mis sueños.
¿Aquello habría sido una especie de alerta para mí?
Tal vez mis instintos ya percibían su presencia, aunque yo no lo supiera.
¡Hasta en mis pensamientos sonaba patética!
—¿Sucede algo, Sam? —habló Frank y volví a mi realidad. Asentí y compuse una sonrisa—. ¿Estás segura? —insistió mi dulce novio.
Agarré su mano.
—Estoy segura, Frank. —Le di un beso suave en los labios.
De pronto oí unos pasos y rompimos el beso para ver a mi tío John acercarse inusualmente feliz.
—¡Querido sobrino, qué gusto verte! —saludó.
—John, qué bueno verte —respondió Frank, se puso de pie y extendió la mano hacia él. Sin embargo, mi tío le dio un abrazo efusivo y palmeó su espalda.
—¡Enhorabuena, Frank! —continuó demasiado exaltado—. Sam me contó que están comprometidos al fin, muchacho.
Al oírlo, casi me caigo de espaldas y comencé a toser por la sorpresa de sus palabras, mientras Frank me veía inquisitivo. Yo aún no le había dado una respuesta y sabía que él no quería presionarme. Sin embargo, debía asumir de una vez por todas aquel compromiso.
—En realidad dijo que pensaría en mi propuesta… —dijo él. Me contempló y aguardó por una respuesta definitiva; yo seguía sentada en el sillón sin moverme—. Pero si te ha dicho que sí a ti, John, asumo que su respuesta será la que tanto he deseado escuchar.
Esta vez sentí esos dos pares de ojos tan distintos clavados en mí, esperando que reaccionara y comenzara a mover la lengua.
—Yo…
—John… —escuché la voz rígida de Rick cuando ingresó al salón detrás de mi tío— no deberías presionarla. Deja que tome sus decisiones sin dejarse influenciar por lo que esperas de ella.
Rick ni siquiera titubeó para hablar, y yo lo único que pude hacer en ese momento fue observarlo, boquiabierta. No esperaba aquellas palabras ni al dueño de las mismas.
Tragué con dificultad y sentí cómo mis piernas comenzaban a temblar, tanto que estaba segura de que, si me ponía de pie, me fallarían.
Miré de reojo a Frank y a John, que fulminaron a Rick.
No obstante, en los orbes de mi novio podía vislumbrar un destello diferente, algo que nunca había visto en alguien tan tranquilo como él.
No quería creer que Frank estuviera celoso de Rick, ni que Rick hiciera aquello a propósito para provocarlo, como si buscara que no aceptara casarme con él. Mi imaginación volaba y simplemente me repetía en mis adentros que lo que pensaba era imposible.
Al parecer, no fui la única que percibió aquella mirada profunda de Frank, ya que el tío John de inmediato le palmeó la espalda y forzó una sonrisa.
—Frank, hijo… —trató de apaciguar la situación— déjame presentarte a Rick. —Se abrió paso mientras Rick se acercaba sin vacilar a Frank—. Es un amigo de la infancia. Crecimos y estudiamos juntos, y cuando Sam era pequeña, siempre me ayudaba a cuidarla —enfatizó sus palabras, viéndolo con fijeza.
—Richard Jones. —Rick, sin un atisbo de culpa, extendió una mano hacia Frank, quien dudó en devolver el saludo, pero sintió la presión en los ojos del tío John y no le quedó más alternativa que responder.
Entretanto, mi interés viajó de uno a otro sin poderme creer que esto pasara.
—Un gusto, señor Jones —reaccionó al fin, Frank, estrechando la mano de Rick, y este sonrió con socarronería—. Francesco Müller, hijo.
En ese momento no me quedó más remedio que erguirme al ver la actitud desafiante de Rick.
Pero ¿qué demonios le sucedía?
Si no fuera completamente imposible, juraría que Rick y Frank parecían dos leones machos peleando por una misma hembra.
Cuando rompieron el saludo, Rick desvió sus ojos hacía mi sin ningún pudor; dejó vislumbrar una sonrisa demasiado sugerente de satisfacción.
—Hola, Samanta —pronunció con seguridad.
Sentí un remolino intenso instalarse en mi vientre. Oír la manera en que pronunciaba mi nombre solo me hacía comprender que ese hombre era puro fuego y que, si no corría en la dirección opuesta a la que él se dirigía, me terminaría quemando solita.
Con rapidez, Frank posó su mano en mi cintura en señal de posesión. Rick solo sonrió al ver su reacción, ladeó la cabeza y recorrió con sus luceros todo mi cuerpo.
Quería desaparecer.
¡No entendía nada!
—Hola, Rick —atiné a decir sin siquiera observarlo. No me atrevía a hacerlo y temía que Frank se diera cuenta de lo que ese hombre le causaba a mi cuerpo.
—Bueno —por fin intervino mi tío—, ahora que ya se conocen, podemos pasar al comedor y disfrutar de la deliciosa comida que nos preparó Elena. —John no era idiota y sabía que se percató de lo que sucedía.
En un silencio incómodo, pasamos al comedor y tomamos asiento. John tomó su lugar en la cabecera y Frank lo hizo a su derecha, tirándome con suavidad para que me sentara su lado, por lo que Rick tomó asiento en el lado izquierdo del tío John, justo delante de mí.
Gracias a Dios, la intromisión de Elena, la ama de llaves y cocinera, fue aflojando la enorme tensión que podía palparse en el aire, con su sentido del humor y deleitándonos con exquisitos platos que los demás acompañaron con el vino que Rick había llevado.
Yo no bebí porque necesitaba estar serena para no perder los estribos, pero Rick me apremió a que probara un sorbo de su copa, cosa que molestó en sobremanera a Frank.
—Este vino es muy especial, Samanta —objetó para persuadirme de que lo degustara—. Es un Vega Sicilia; un clásico vino español de la D.O. Ribera del Duero. Pruébalo, por favor. —Me extendió la copa y titubeante, acepté.
—Conocemos el vino perfectamente —interrumpió Frank—. Mi familia tiene una vasta colección de los mejores vinos del mundo y con Sam ya lo hemos degustado en nuestro aniversario —acotó sonriente.
—¡Frank! —lo reprendí—. Rick solo trata de ser amable, y ambos sabemos que el vino es delicioso. —Me dirigí de nuevo a Rick para agradecerle—: Está exquisito, Rick. Gracias.
Devolví la copa y Rick simplemente asintió. Sin embargo, noté a mi tío John impaciente, como si rogara en sus adentros que esa comida se acabara con rapidez.
Terminamos de comer y Rick fue el primero en levantarse de la mesa.
—Estuvo todo muy exquisito —agradeció a John—. Felicita a Elena por mí, tal vez algún día pueda ir a cocinar para mí —bromeó.
—Búscate tu propia cocinera —respondió mi tío un poco más relajado, siguiendo el acto de Rick. De inmediato, Frank agarró mi mano y se puso de pie.
—Nosotros nos retiramos, John. —Ambos hombres fijaron sus ojos en él—. Iremos con Sam al cine; ya vez que anoche me la robaste y hoy pretendo recuperar el tiempo perdido. —Me abrazó y me dio un casto beso en los labios.
Me sentí un poco incómoda ante la mirada que me dedicaba Rick y quise con todas mis fuerzas que la tierra me tragara.
—Está bien, muchacho. No lleguen tarde. Sabes que odio no tener a Sam en casa temprano —respondió John.
Frank asintió y de despidió.
—Adiós, John. —Dirigió la vista a Rick—. Hasta luego, señor Jones. Fue un placer conocerlo —murmuró con una sonrisa forzada.
—Igualmente, Frank —contestó como si nada y fijó sus ojos otra vez en mí—. Hasta pronto, Samanta. —Su voz me estremeció de nuevo y me apresuré en despedirme para salir de aquel lugar.
—Adiós, Rick —solté sin mirarlo para ir junto a mi tío con rapidez—. Tío John, nos vemos más tarde. —Le propiné un beso en la mejilla y John me devolvió el gesto con un casto beso en la frente.
—Adiós, pequeña. Disfruta tu salida —musitó de forma paternal y vio a mi novio con seriedad—. Frank, hijo, trae a mi hija temprano, por favor, y cuídala mucho.
Una vez que salimos de allí, sentí que el alma me volvía al cuerpo. Respiré profundo y traté de serenarme mientras subíamos al coche y salíamos del lujoso edificio donde vivía con mi tío John.
Sin embargo, cuando creí que la calma había vuelto a mi alrededor, las cosas volvieron a tomar un rumbo complicado.
—¿Quién era ese sujeto, Sam? —interrogó Frank, quien conducía hacía el centro comercial Copley Place.
—¿Rick? —traté de sonar indiferente. Sabía que Frank en algún momento notaría el efecto que había causado en mí aquel hombre.
—Sí, Rick —replicó exasperado—. No comiences con tus evasivas, Sam. ¿Quién es ese tipo y por qué te pones de esa manera cuando está cerca? —espetó en un tono en el que jamás me había hablado, sorprendiéndome por entero.
—No comiences con tus celos infundados —contesté nerviosa—. El tío John te lo presentó, ¿no es así? —Frank asintió—. Asimismo, te explicó quién era. Entonces, no comprendo tu pregunta.
—¿Ese hombre te gusta? —indagó sin vueltas y me sentí morir.
Mi estómago de inmediato se revolvió y la garganta se me secó por los nervios
¿Tan evidente era lo que me ocurría?
—¡Por Dios, Frank! ¿De dónde sacas esas cosas? —logré decir sin inmutarme.
Frank no podía saber que, hacía muchos años, sentía un enamoramiento tonto por Rick.
—De tu actitud —resolló con firmeza—. Jamás te sentí temblar con mis besos como lo hiciste cuando aquel tipo solo mencionó tu nombre. —Sus palabras sonaban amargas, dolidas, y estaba en todo su derecho. Él no era un idiota, pues se dio cuenta de que algo me pasaba con Rick.
Me sentí patética y culpable. Traté de ser paciente para explicarle que no existía, ni existiría jamás, absolutamente nada, entre Rick y yo.
—Estás imaginando cosas, cielo —intenté restarle importancia—. Rick solo es el amigo del tío John; siempre me vio y me verá como la pequeña sobrina de su mejor amigo. Quítate esas tontas ideas de la cabeza —argumenté. De este modo, hice lo posible para que Frank ya no indagara sobre el asunto.
—¿Y tú? —Logró que frunciera el ceño ante aquella pregunta que no comprendí de inmediato—. ¿Tú siempre lo has visto como el mejor amigo de tu tío? —formuló.
Palidecí.
Traté de recomponerme de inmediato para responder segura a lo que preguntaba. Gracias a Dios lo conseguí.
—¡Por Dios, Frank! ¿Esto es en serio? ¿Para esto querías salir? —Evité seguir sometiéndome a un interrogatorio—. Si así será toda nuestra tarde, prefiero que me devuelvas a casa —volví a decir tajante.
Frank se suavizó.
—Lo siento, pero me puse celoso al notar que causaba cierto efecto en ti, aunque lo niegues.
Sentí morirme por dentro. El que menos merecía ser lastimado, era Frank, y por Dios que trataría de no hacer cosas que lo hirieran.
—No es nada de lo que imaginas, Frank. Simplemente no lo veía hace más de diez años y me sorprendió volver a verlo. —El semáforo se puso en rojo y él detuvo la marcha, volviéndose a mirarme.
—¿Prometes que es solo eso? —murmuró esperanzado y me sostuvo la mirada.
—Lo prometo, amor. —Hice lo posible para convencerme a mí misma que decía la verdad.
Apoyé mi cabeza en su hombro, entretanto, él volvía a conducir muy concentrado.
Odiaba mentir, pero en este caso la mentira era el mejor camino.
Luego de un largo silencio, volví a formular palabra:
—Por cierto, Linda nos invitó a su fiesta de cumpleaños el viernes.
—¿Pasado mañana?
—Ajá...
—Lo lamento, pero no podré ir, preciosa. Sabes que desde hace tiempo papá me delega algunos compromisos de la empresa, y el viernes por la noche tengo una cena con los proveedores de Alemania —habló, resignado.
—Entonces… tampoco iré —respondí segura.
Frank sonrió.
—Es un alivio saber que no quieres salir sin mí, Sam, pero, por favor, ve —pidió—. No dejes de ir por mi culpa. Solo estudias y trabajas, y nunca tienes ganas de salir. Ve con Linda, sabes que confío en ti.
—Gracias por hacerlo, pero lo pensaré.
Aparcó el coche y desabrochó nuestros cinturones de seguridad. Tomó mi rostro entre sus manos y me vio a los ojos con seriedad.
—Necesito una respuesta, Sam…
—¿Quieres que decida ahora si iré o no a la fiesta de Linda? —pregunté divertida. Negó.
—No precisamente a eso. Sabes a lo que me refiero. Odio que los hombres te vean como lo hizo el susodicho amigo de tu tío, lo detesto, y los celos me nublan el juicio porque te amo más que a nada, más que a nadie en este mundo. Quiero que me digas de una vez si aceptas compartir tu vida conmigo, como le has hecho creer a tu tío John, o si simplemente fueron palabras para dejarlo contento.
Tragué saliva y junté los párpados. Al separarlos, solo llevé mi mano a la mejilla Frank, acariciando su suave piel.
Besé sus labios, despacio, y vi cómo cerraba sus orbes y me respondía con ternura.
—Sé que jamás encontraré a alguien que me ame como tú, cielo. Y sí… —dije al fin con cierta resignación— acepto ser tu esposa.
Frank de inmediato se abalanzó sobre mí y regó besos por todo mi rostro; yo solo rogaba por que aquella decisión fuera la más acertada y pudiera deshacerme de una vez por todas del fantasma de Richard Jones.
RICKCuando llegué a casa de John, oí las felicitaciones efusivas que le propinaba al muchacho que estaba con Samanta. Al fin conocería al susodicho noviecito y tendría un mejor panorama de lo que me esperaba con esa belleza que quería para mí.De todas maneras, era evidente que no deseaba casarse con ese joven y, mucho menos, estaba enamorada, por lo que le estaría haciendo un favor y no otra cosa.Ladeé mi rostro, viéndolo por detrás de la silueta de John. No podía negar que no estaba nada mal. Sin embargo, estaba seguro de que salía ganando en experiencia, y es que la diferencia entre él y yo era que a mí no me interesaban las rosas y corazones. Solo quería deleitarme y saciar mis ganas con aquella mujer que dejó de ser «la pequeña Sam», como John se empeñaba en llamarla.
RICKLlegué a mi departamento con bastante tensión en el cuerpo por mis pensamientos poco inocentes hacía Samanta. El lugar se trataba de un ático bastante lujoso con una habitación principal y tres habitaciones para las visitas. Del elevador, marcando el código del departamento, se accedía directamente al vestíbulo que le correspondía y dividía la entrada al salón principal mediante una puerta de cristal. La estancia era impresionante por las vistas que ofrecía. El piso era de madera de roble lustrado, al punto de poder contemplar en él mi propio reflejo. El salón era muy amplio y se dividía en tres ambientes. El primero; una sala principal decorada con sillones de cuero marrón, mesa centro de cristal, una chimenea moderna y un mobiliario que ostentaba en él un enorme televisor con consola y en uno de los costados
RICKCuando John me dio las nuevas coordenadas, supuse que se debía a que una de sus aventuras se encontraría allí, y mi intuición me decía que tal vez se trataba de la amiga de Samanta.Sonreí con satisfacción, imaginándola nerviosa al verme también allí, provocándola a ella y al muchacho que tenía por novio.Sin embargo, al llegar al lugar, grande fue mi sorpresa de hallarla sola. No podría escudarse detrás de aquel niñato, ni muchos menos tendría a su tío John para sacarla del apuro al que la sometería.La había visto llegar, beber apenas una cola y luego bajar a la pista principal para danzar como el mismísimo diablo… Provocó, incitó y movió su delicado y sensual cuerpo de sirena sin que supiera que la estudiaba desde la terraza, donde beb&ia
SAMANTAEntré con prisa y con el cuerpo trémulo al piso que compartía con John. Al cerrar la puerta, emití un hondo suspiro. Me recosté en la lisa superficie y cerré los ojos para intentar procesar todo lo que acababa de ocurrir en casa de Rick.«¡Estuve en casa de Rick! Pero ¿qué demonios me ocurrió para haber accedido marcharme con él?», pensé en mis adentros, completamente sobrepasada por todo lo que ese hombre causó en mí, tan así que solo empleé unas cuantas palabras.Inhalé y exhalé varias veces, tratando de olvidar su cálido aliento en mi nuca y en la piel de mis hombros mientras afirmaba con total convicción que el motivo por el que no tenía entusiasmo alguno por mi matrimonio con Frank… se debía a que estaba interesada en él
SAMANTAOí el despertador y, por primera vez en mi vida, no deseaba desprenderme de las sábanas. Con pereza, comencé a removerme en la cama. Intenté espabilarme y abrir los ojos sin mucho éxito. Era lunes y debía acudir a la oficina, más aún porque durante la mañana presentarían a un nuevo socio comercial que aportaría un capital importante para un nuevo proyecto en Europa y Las Vegas.—¡Sam! —oí a mi tío gritar tras la puerta—. ¡Pequeña, levántate!—¡Ya voy, tío! —Puse una almohada sobre mi cabeza.Sin mucho afán, me metí en la ducha y dejé caer el chorro de agua caliente sobre mi piel. Sentía ciertas molestias en mi sexo por lo que había pasado con Frank. Tal vez no lo amaba como debía, pero estaba segura de que, si pon&iacu
RICKCon una sonrisa que Samanta no había podido ver, salí de su oficina dejándola picada con mis insinuaciones. Pero era la verdad, y aunque ella me gustaba demasiado, no mentiría para meterla a mi cama. Ella tendría que ser consciente de que, si venía a mí, sería por su propia voluntad y sabiendo que conmigo podría tenerlo todo, excepto una relación como la que tenía con ese muchacho.Las cosas marchaban tal y como lo planeé: con ella sintiéndose acorralada por lo que sentía hacia mi persona.Cuando en mi piso reaccionó de tal forma por afirmarle con absoluta convicción que en ella vivía un sentimiento que la llevaba a mí, comprendí que solo le faltaría un pequeño empujón para que comenzara a ablandarse, ceder a sus impulsos y deseos más pecaminosos. La hab&
SAMANTARick me dejó completamente aturdida con su comportamiento y peor aún con la invitación poco decorosa que hizo al marcharse. No podía negar que ese hombre jugaba con mi mente y con las reacciones de mi cuerpo; siempre movía los hilos de mis pensamientos más pecaminosos y manejaba como un títere los movimientos de mi anatomía, que con pocas palabras se rendía a sus deseos. Me picaba y atraía sembrando la curiosidad; la insinuación en su boca me haría descender al mismísimo infierno si no cuidaba mis pasos.Suspiré frustrada por la tensión que había dejado en mi cuerpo mientras ignoraba las llamadas incesantes de Frank. Me recosté en mi sillón y di vueltas en él. Mi atención se fijó en el techo.«¿Y si Rick tiene razón? ¿Mi matrimonio ya
RICKSu agitada respiración y la conmoción en su rostro angelical, me dieron indicios de que había llegado hasta aquí, tal y como lo esperaba, en un arranque de ira y ganas de reclamar mi perfecto juego sin siquiera percatarse que lo único que buscaba era precisamente eso: tenerla aquí, a mi merced… a las siete.Me recosté en la puerta y crucé mis brazos con una sonrisa satisfecha por mi pequeña victoria. Se veía fascinante con sus pálidas mejillas sonrojadas y sus ojos color noche llameantes de furia e incertidumbre. Ladeé mi rostro, me relamí los labios y la miré de pies a cabeza. Seguía con el mismo atuendo que la mañana, tal y como lo predije, por lo que era un buen momento para entregarle sus regalos.—Hola, Samanta. —Trastabilló, dando pasos hacia atrás. De inmediato me abalanc&eacut