3. ATRAPADA

KAELA:

 Me arrastraban sin contemplación por el bosque nevado. Estaba atrapada; me habían colocado un collar de plata desde el momento en que me agarraron. Las lágrimas rodaban por mis mejillas al recordar la imagen de mi padre desangrándose sobre la nieve, con su mirada dorada fija en mí. Con cada paso que daba, la rabia crecía más intensa en mí. Laila, mi loba, luchaba por salir, pero el maldito collar no la dejaba. ¡Estaba atrapada! 

 De pronto, un formidable rugido hizo temblar el bosque. Era un Alfa Real; lo conocía porque era igual al que recordaba de mi padre.

—¿Y ese terrible gruñido? —preguntó un lobezno asustado.

—Es uno que nadie quiere escuchar —respondió el jefe—. ¡Es un Alfa Real! 

—¿Y eso qué es? —preguntó de nuevo.

—Una raza de lobos que no quieres conocer. ¡Deja de preguntar y corre! —El tirón en la cadena me hizo seguirlos.

 Otro rugido volvió a estremecer el bosque, más fuerte, más cercano. Lo sentí atravesar mi pecho como una llamarada en lo más profundo de mi ser. Su desesperación era palpable. 

—¡Kaela, responde! —gritó mi loba Laila en mi interior—. ¡Es nuestro compañero!

—¿Cómo lo sabes? Llevamos años fuera; puedes estar confundida —me negué, pero la sensación era insoportable. 

 La incertidumbre y la duda me paralizaban por dentro. La idea de que pudiera no venir a salvarme, sino a hacer cumplir un destino que se había torcido entre sangre y silencios, me hacía resistir.  

—No podemos arriesgarnos… —le respondí secamente—. No debemos confiar en nadie.

 Podía ver cómo mis captores se lanzaban miradas rápidas, cada uno esperando que fuera el otro quien propusiera retroceder. Eso me confundía, papá dijo que era el último Alfa Real que quedaba. Entonces, si era Kaesar quien los había enviado a eliminar a mi padre y atraparme a mí, ¿por qué le temían? ¿O no era él ese Alfa Real que estábamos escuchando? Hacía demasiados años que había dejado de verlo y escucharlo. Éramos apenas unos niños cuando nos separaron.  

—¡Rápido, limpien las huellas! —ladró el que lideraba al grupo, mientras otro más se agachaba con una rama para borrar rastros en la nieve.  

—Si nos alcanza, estamos muertos. Ese rugido no era normal. Esto no es cosa de un lobo cualquiera —susurró el más joven, temblando asustado.  

—Bueno, dicen que el lobo del Alfa Kaesar es más que un lobo normal. Algunos aseguran que se transforma en una bestia inmortal. A lo mejor es ese Alfa Real que escuchamos que vino a supervisar el trabajo. —El jefe escupió esas palabras, apilando en mí una capa más de duda.

 Otro rugido sacudió los árboles, más feroz, más furioso que antes. Apreté los dientes y levanté la cabeza, intentando captar algún aroma traído por el viento. Si era mi pareja destinada, quizás venía a salvarme. Pero solo un olor putrefacto llegó a mis fosas nasales. El aire era distinto, cargado de un olor a muerte que me revolvió el estómago y me hizo sentir como si estuviera siendo tragada por algo oscuro e inhumano.  

—Estamos entrando en territorio prohibido —farfulló uno de mis captores—. No me gusta este lugar.  

—¿Prefieres enfrentar al Alfa Real? ¡Muévete! —gruñó el líder, empujándolo para que continuara. —No podrá oler nada aquí. 

 Podía sentirlo; en este sitio parecía que la naturaleza había muerto. Cada paso que dábamos era como hundirnos en un lodazal invisible que me hacía sentir el cuerpo más pesado.  

—Kaela… —Laila habló otra vez, más cauta esta vez, casi como si temiera decirlo en voz alta—. Él nos está buscando. Esto no es solo un rugido. Nos llama. Está furioso porque nos alejamos, lo sé.  

 Algo en mí se quebró ante su certeza. ¿Y si Laila tenía razón? ¿Y si realmente estaba aquí para rescatarme de ellos y no para terminar lo que otros habían comenzado? Pero no sabíamos quién era; no había podido percibir su olor y mi loba tampoco.  

 —Si es verdad, si realmente viene por nosotras… —murmuré en mi interior, sintiendo cómo cada latido se sincronizaba con la fuerza de su llamado—. Entonces esperemos que nos encuentre. No iremos con él si lo hace. 

 El líder de los mercenarios levantó una mano con un gruñido bajo, deteniéndonos. Eran lobos, sin honor ni código. Lobos que me recordaron, en un destello del pasado, la noche en que mi madre dejó de existir. Con un movimiento brusco, me empujaron hacia adelante. La nieve bajo mis pies crujió mientras me obligaban a avanzar. Mi loba Laila gruñía en mi interior, furiosa, buscando desesperadamente romper el control que el collar de plata nos imponía. Su energía recorría cada fibra de mi cuerpo, haciendo que su roce me doliera al mismo tiempo que me debilitaba. Me era imposible convertirme en loba o emitir un aullido de respuesta. 

—Espera —me pidió mi loba en mi mente—. Solo espera…, él vendrá por nosotras.  

 Los pelos de mi nuca se erizaron de pronto, anunciando un peligro inminente. No tardó en emerger una figura desde las sombras, de la cual no podía ver su rostro. Era alta, imponente, como si la misma oscuridad hubiera tomado forma tangible. Mi respiración se detuvo un instante cuando vi la insignia grabada en su pecho. ¡Era la marca de la manada de Kaesar! La recordaba muy bien; me había dado un sello cuando éramos niños.  

 No podía ser él; el responsable de la muerte de papá no podía ser Kaesar. Me repetía en mi mente una y otra vez, porque, a pesar de lo que había escuchado, todavía la duda me consumía. Pero este personaje tenía en parte una autoridad que me decía que era alguien importante. ¿Pero quién?  

 —Tal como lo ordenó el Alfa Kaesar —gruñó uno de los mercenarios detrás de mí, impaciente—. Esta es la hija del Alfa Ridel; llegó hoy.  

 La sombra inclinó la cabeza, estudiándome con detenimiento, evaluándome como un trofeo. Mi estómago se revolvió, haciendo que retrocediera.  

—¿Qué quieres de mí? —escupí, sin esperanzas de obtener respuesta—. ¿Por qué asesinaste a mi padre? 

 Dejó escapar una risa baja que trepó por mi piel como una serpiente. Luego, hizo un gesto hacia los mercenarios.  

—Llévala; el Alfa Kaesar estará complacido —ordenó con una voz rasposa.

 Antes de poder comprender lo que estaba ocurriendo, me vendaron los ojos y sentí un tirón violento en la cadena del collar de plata que me habían puesto.  

—¡Suéltame! ¡Pagarás por esto! —logré soltarme por un momento, pero tiraron con violencia de mi collar de plata. 

 —Es muy guapa. Kaesar estará muy satisfecho —repitió la voz rasposa y se alejó en la oscuridad.  

 Mi mente era un torbellino desbocado. ¿Esto era obra de Kaesar? ¿Era él quien había ordenado mi captura? ¿Era él quien destruyó a mi familia? Pero… ¿y si no lo era? Mi padre me advirtió: "No es lo que crees". Pero, incluso si todo era mentira, incluso si todo era un juego más retorcido de lo que imaginaba, una cosa era segura: pagaría quienquiera que estuviera detrás de esto.  

La venganza es un plato que se cocina lentamente, y cuando llegue el momento, yo misma lo serviré. En sus propios términos... o en los míos.

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