KAELA:
Me arrastraban sin contemplación por el bosque nevado. Estaba atrapada; me habían colocado un collar de plata desde el momento en que me agarraron. Las lágrimas rodaban por mis mejillas al recordar la imagen de mi padre desangrándose sobre la nieve, con su mirada dorada fija en mí. Con cada paso que daba, la rabia crecía más intensa en mí. Laila, mi loba, luchaba por salir, pero el maldito collar no la dejaba. ¡Estaba atrapada!
De pronto, un formidable rugido hizo temblar el bosque. Era un Alfa Real; lo conocía porque era igual al que recordaba de mi padre. —¿Y ese terrible gruñido? —preguntó un lobezno asustado. —Es uno que nadie quiere escuchar —respondió el jefe—. ¡Es un Alfa Real! —¿Y eso qué es? —preguntó de nuevo. —Una raza de lobos que no quieres conocer. ¡Deja de preguntar y corre! —El tirón en la cadena me hizo seguirlos. Otro rugido volvió a estremecer el bosque, más fuerte, más cercano. Lo sentí atravesar mi pecho como una llamarada en lo más profundo de mi ser. Su desesperación era palpable. —¡Kaela, responde! —gritó mi loba Laila en mi interior—. ¡Es nuestro compañero! —¿Cómo lo sabes? Llevamos años fuera; puedes estar confundida —me negué, pero la sensación era insoportable. La incertidumbre y la duda me paralizaban por dentro. La idea de que pudiera no venir a salvarme, sino a hacer cumplir un destino que se había torcido entre sangre y silencios, me hacía resistir. —No podemos arriesgarnos… —le respondí secamente—. No debemos confiar en nadie. Podía ver cómo mis captores se lanzaban miradas rápidas, cada uno esperando que fuera el otro quien propusiera retroceder. Eso me confundía, papá dijo que era el último Alfa Real que quedaba. Entonces, si era Kaesar quien los había enviado a eliminar a mi padre y atraparme a mí, ¿por qué le temían? ¿O no era él ese Alfa Real que estábamos escuchando? Hacía demasiados años que había dejado de verlo y escucharlo. Éramos apenas unos niños cuando nos separaron. —¡Rápido, limpien las huellas! —ladró el que lideraba al grupo, mientras otro más se agachaba con una rama para borrar rastros en la nieve. —Si nos alcanza, estamos muertos. Ese rugido no era normal. Esto no es cosa de un lobo cualquiera —susurró el más joven, temblando asustado. —Bueno, dicen que el lobo del Alfa Kaesar es más que un lobo normal. Algunos aseguran que se transforma en una bestia inmortal. A lo mejor es ese Alfa Real que escuchamos que vino a supervisar el trabajo. —El jefe escupió esas palabras, apilando en mí una capa más de duda. Otro rugido sacudió los árboles, más feroz, más furioso que antes. Apreté los dientes y levanté la cabeza, intentando captar algún aroma traído por el viento. Si era mi pareja destinada, quizás venía a salvarme. Pero solo un olor putrefacto llegó a mis fosas nasales. El aire era distinto, cargado de un olor a muerte que me revolvió el estómago y me hizo sentir como si estuviera siendo tragada por algo oscuro e inhumano. —Estamos entrando en territorio prohibido —farfulló uno de mis captores—. No me gusta este lugar. —¿Prefieres enfrentar al Alfa Real? ¡Muévete! —gruñó el líder, empujándolo para que continuara. —No podrá oler nada aquí. Podía sentirlo; en este sitio parecía que la naturaleza había muerto. Cada paso que dábamos era como hundirnos en un lodazal invisible que me hacía sentir el cuerpo más pesado. —Kaela… —Laila habló otra vez, más cauta esta vez, casi como si temiera decirlo en voz alta—. Él nos está buscando. Esto no es solo un rugido. Nos llama. Está furioso porque nos alejamos, lo sé. Algo en mí se quebró ante su certeza. ¿Y si Laila tenía razón? ¿Y si realmente estaba aquí para rescatarme de ellos y no para terminar lo que otros habían comenzado? Pero no sabíamos quién era; no había podido percibir su olor y mi loba tampoco. —Si es verdad, si realmente viene por nosotras… —murmuré en mi interior, sintiendo cómo cada latido se sincronizaba con la fuerza de su llamado—. Entonces esperemos que nos encuentre. No iremos con él si lo hace. El líder de los mercenarios levantó una mano con un gruñido bajo, deteniéndonos. Eran lobos, sin honor ni código. Lobos que me recordaron, en un destello del pasado, la noche en que mi madre dejó de existir. Con un movimiento brusco, me empujaron hacia adelante. La nieve bajo mis pies crujió mientras me obligaban a avanzar. Mi loba Laila gruñía en mi interior, furiosa, buscando desesperadamente romper el control que el collar de plata nos imponía. Su energía recorría cada fibra de mi cuerpo, haciendo que su roce me doliera al mismo tiempo que me debilitaba. Me era imposible convertirme en loba o emitir un aullido de respuesta. —Espera —me pidió mi loba en mi mente—. Solo espera…, él vendrá por nosotras. Los pelos de mi nuca se erizaron de pronto, anunciando un peligro inminente. No tardó en emerger una figura desde las sombras, de la cual no podía ver su rostro. Era alta, imponente, como si la misma oscuridad hubiera tomado forma tangible. Mi respiración se detuvo un instante cuando vi la insignia grabada en su pecho. ¡Era la marca de la manada de Kaesar! La recordaba muy bien; me había dado un sello cuando éramos niños. No podía ser él; el responsable de la muerte de papá no podía ser Kaesar. Me repetía en mi mente una y otra vez, porque, a pesar de lo que había escuchado, todavía la duda me consumía. Pero este personaje tenía en parte una autoridad que me decía que era alguien importante. ¿Pero quién? —Tal como lo ordenó el Alfa Kaesar —gruñó uno de los mercenarios detrás de mí, impaciente—. Esta es la hija del Alfa Ridel; llegó hoy. La sombra inclinó la cabeza, estudiándome con detenimiento, evaluándome como un trofeo. Mi estómago se revolvió, haciendo que retrocediera. —¿Qué quieres de mí? —escupí, sin esperanzas de obtener respuesta—. ¿Por qué asesinaste a mi padre? Dejó escapar una risa baja que trepó por mi piel como una serpiente. Luego, hizo un gesto hacia los mercenarios. —Llévala; el Alfa Kaesar estará complacido —ordenó con una voz rasposa. Antes de poder comprender lo que estaba ocurriendo, me vendaron los ojos y sentí un tirón violento en la cadena del collar de plata que me habían puesto. —¡Suéltame! ¡Pagarás por esto! —logré soltarme por un momento, pero tiraron con violencia de mi collar de plata. —Es muy guapa. Kaesar estará muy satisfecho —repitió la voz rasposa y se alejó en la oscuridad. Mi mente era un torbellino desbocado. ¿Esto era obra de Kaesar? ¿Era él quien había ordenado mi captura? ¿Era él quien destruyó a mi familia? Pero… ¿y si no lo era? Mi padre me advirtió: "No es lo que crees". Pero, incluso si todo era mentira, incluso si todo era un juego más retorcido de lo que imaginaba, una cosa era segura: pagaría quienquiera que estuviera detrás de esto. La venganza es un plato que se cocina lentamente, y cuando llegue el momento, yo misma lo serviré. En sus propios términos... o en los míos.KAELA: El collar de plata era más que un simple grillete; sentía cómo estaba absorbiendo mi esencia misma con cada minuto que pasaba en mi cuello, debilitándome. Y lo peor era que no dejaba que mi olor fuera percibido por otros. Mi compañero que me estaba buscando no podría encontrarme. Me habían traído al palacio del alfa Kaesar, mi prometido y asesino de papá. Por un instante, temí que me hubieran atrapado para otra cosa. —¡Más rápido, inútil! —me gritó la Delta Tara, jefa de la servidumbre, mientras yo fregaba el suelo del gran salón—. ¿Acaso piensas que tienes todo el día? El dolor en mis rodillas era constante, pero no levanté la cabeza. Un silencio pesado impregnaba la habitación cuando un par de tacones afilados resonaban con autoridad. —Esa es la Luna Artemia, madre del Alfa —susurró la omega Nina a mi lado. La Luna Artemia avanzaba con firmeza. Llevaba un vestido negro perfectamente ajustado que contrastaba con la perturbadora palidez de su piel, mientras sus ojos
KAELA: Me obligó a ponerme de pie. Parecía que el tiempo se ralentizaba. Cerré los ojos, evitando mirarlo, esperando que su garra destrozara mi garganta como hicieron con papá. Pero solo escuché un "clic" y luego el collar cayendo estrepitosamente al suelo. Mi respiración se detuvo, en algún lugar entre el pánico y el alivio, mientras la fría presión que había llevado durante tanto tiempo se desvanecía. El enorme hocico de Kian se hundió en mi cuello, y aspiró con todas sus fuerzas mientras yo rezaba aterrada. —Mi Luna… —ronroneó Kian. Antes de que pudiera reaccionar o siquiera escapar, sus brazos me envolvieron como grilletes peludos. Me apretó contra su pecho, y en un rápido movimiento, me alzó y entró en su habitación conmigo entre sus brazos, cerrando con un portazo. —Estás a salvo, mi Luna, estás a salvo —murmuró con una convicción que me pareció desconcertante. En ese instante, todo pareció oscurecerse. Estaba aterrada, todo era sombrío e imponente. Las paredes exu
KAELA: Lo miré, atrapada en ese torbellino de emociones que me provocó. La manera en que me había hablado removió mi alma. Buscaba desesperadamente el significado en su: “Lo siento mucho”. Su mirada me helaba la sangre y, al mismo tiempo, la hacía hervir, desatando una guerra en mi interior con solo sostenerle la mirada. Por eso guardé silencio. Quería saber más, necesitaba respuestas, pero no podía delatarme. A pesar del caos en mi interior, una certeza me mantenía firme: si Kaesar estaba involucrado en la muerte de mi padre, lo descubriría. No importaba cuánto tiempo me tomara, cuánto doliera o lo que tuviera que hacer. —No me dijo que venías… —agregó finalmente, sin comprender mi actitud—. Te hubiese buscado yo mismo, Kaela. Quise decir algo, preguntar directamente, pero la fuerza me abandonó. Estaba tan dolida por todo. Quería gritarle, exigirle respuestas, pero lo único que salió fue un sollozo. Papá había hecho muy mal en enviarme lejos y hacerme vivir entre los humano
KAESAR: El silencio se instaló entre nosotros, pesado, como el aire antes de una tormenta. Kaela estaba frente a mí, pero no podía entenderla, no podía llegar hasta donde estaba. Era una completa desconocida. La hermosa niña que tenía en mi mente había desaparecido. Esta adulta, aunque podía reconocer sus escurridizos ojos, era toda una incógnita para mí. Algo la mantenía lejos, inaccesible, y esa distancia invisible estaba matándome. Ella era mi Luna, pero cada segundo me alejaba más de lo que creía saber sobre ella. Dentro de mí, mi lobo Kian gruñía, impaciente, casi desesperado por tomar el control y reclamarla, marcarla y darle su posición a nuestro lado. Pero… ¿y si su odio por su padre la había vuelto nuestra enemiga? Recordaba al Alfa Ridel diciendo eso, que ella lo odiaba. —Kaesar, deja de dudar de nuestra Luna y reclamala de una vez —gruñó Kian como un trueno en mi mente. —¿No te parece todo muy extraño? —pregunté, consciente de las dudas que me quemaban. Kian rugi
KAELA: Me quedé inmóvil, atrapada en su mirada, mientras su pregunta colgaba en el aire entre ambos. Estaba confundida, demasiado confundida. Su aroma no me dejaba pensar con claridad. Podía ver la súplica, llena de anhelo y desesperación en su mirada; pude darme cuenta de que había sido el lobo Kian quien me había pedido ser su Luna. El humano Kaesar era toda una interrogante; él no me quería como su Luna, dudaba. Sentí a Laila, mi loba, revolviéndose inquieta, casi sin poder contenerse. La conexión estaba ahí, pulsante, viva, pero igualmente cubierta por una niebla de incertidumbre y dolor. Como yo, Laila sabía que ceder en ese momento sería cavar aún más profundo en un abismo lleno de preguntas sin respuestas. —Debo resolver cosas por mi cuenta —evité responder, retrocediendo y alejándome de él—. Kaesar, solo te pido tiempo. —¿Tiempo para qué? —preguntó, dando un paso hacia mí posesivamente—. ¡Eres mi Luna! Era verdad, no lo podía negar, y él era mi Alfa; no solo lo habí
KAESAR: Regresé despacio a mi habitación, sintiendo el eco de sus pasos desaparecer tras doblar la esquina. Dentro de mí, Kian rugía herido, furioso, desgarrado por el dolor que Kaela nos había dejado en el alma. —¡Cállate, no nos ha rechazado todavía! —espeté mientras intentaba recobrar la calma. Era una orden dirigida tanto a él como a mí mismo—. Tenemos mucho que investigar. Vamos al despacho. Hoy no puedo dormir. —Mejor vayamos a correr —rugió molesto, luego agregó—. Veamos si escuchamos algo en la manada de nuestra Luna. La tía Artea y el inútil de Arteón deben estar detrás de lo que le sucedió al alfa Ridel. Eso era verdad. Mi tía Artea se mudó a la manada justo la semana antes de la muerte de la madre de mi Luna. Lo extraño fue que Ridel, después de su muerte, aceptó a la tía y su hijo. Seguramente esos dos tenían algo que ver con todo esto, y no me sorprendería que mi madre también estuviera implicada. Esas serpientes seguramente estaban detrás de todo. —Y seguro nue
KAELA: Cerré la puerta de nuestra pequeña habitación, sintiendo cómo mi corazón latía desenfrenadamente, como si buscara escapar de mi pecho por puro temor y adrenalina. Kian... era impresionante, hermoso y aterrador a la vez. Su presencia parecía capaz de dominar cualquier espacio, incluso el aire mismo. Nina, mi compañera de cuarto, se dejó caer sobre su cama como si el esfuerzo de regresar viva la hubiera agotado hasta los huesos. Su respiración temblorosa inundaba la habitación mientras yo me dejaba caer despacio en mi cama, sintiendo que mis piernas ya no eran capaces de sostenerme. —¿Kaela, te volviste loca? —gritó de pronto mientras se sentaba abruptamente en la cama—. ¿Qué hacías allá afuera hasta estas horas? Sabes perfectamente que al alfa no le gusta que estemos en los pasillos por la noche. Aún no entiendo cómo nos dejó escapar. ¡Uff, qué miedo sentí cuando Kian me miró! Por un momento, juro que creí que acabaría con nosotras. Pero tú... ¿cómo pudiste mirarlo? Nin
KAESAR: Me dirigí hacia el bosque para encontrarme de lleno con mi Beta, Otar, que me miraba con sus ojos dorados. Me detuve en seco y me convertí en humano. Algo en su postura me inquietaba. El leve giro de su cabeza, ese gesto instintivo de quien busca algo que no debería estar ahí, me obligó a avanzar entre la vegetación con cautela. Mis pasos eran silenciosos y precisos; era un depredador ante la incertidumbre de que alguien pudiera acechar mi territorio. —¿Qué sucede? —pregunté en cuanto estuve a su lado. Otar no apartó la mirada de los árboles que se alzaban cerca de la cocina. Tenía la mandíbula apretada y sus sentidos estaban alertas. Podía escuchar el leve crujido de sus nudillos al flexionar las manos, listo para actuar de inmediato. Seguía observando con su mirada dorada, afilada y brillante en la oscu