KAESAR:
Mi lobo, Kian, no me dio tregua durante todo el día. Desde el amanecer, se retorcía con una inquietud que no lograba descifrar. Su urgencia crecía con cada minuto, impidiéndome concentrarme, mucho menos disfrutar de la cena que me había servido. Al final, me rendí. Me transformé, dejando que Kian tomara el control.
La ventisca era cruel, la nieve caía con fuerza, cubriendo cada centímetro del bosque. Pero Kian corría con determinación, sin importarle el frío que cortaba como cuchillas ni las ramas que arañaban mi pelaje mientras pasábamos a toda velocidad entre los árboles. Sabía a dónde iba, aunque me costara admitirlo. Reconocía esa dirección. A cada zancada, la verdad se volvía más clara en mi mente: el refugio de la madre de Kaela. Mi respiración se agitó. ¿Había vuelto? ¿Después de tantos años buscando señales, podría ser cierto? El pensamiento me estremeció tanto que incluso Kian disminuyó su marcha un instante. Recordé aquel pacto con el Alfa Ridel, su padre. La estrategia perfecta para protegerla, para esconderla del peligro después de aquella noche oscura en que su madre perdió la vida. Kaela había desaparecido sin dejar rastro, y ni siquiera mis recursos fueron suficientes para hallarla. Era solo un niño entonces, un cachorro impotente en comparación con los lobos que acechaban. Ahora todo indicaba que ella estaba aquí. Estábamos tan cerca que Kian volvió a acelerar; su impulso se tornó frenético. Su alegría casi infantil era palpable, como si finalmente hubiéramos encontrado lo que habíamos anhelado. Mi mente se llenó con una imagen: Kaela. Fuerte, indomable, la loba que había jurado convertir en mi Luna. Todo estaba listo, tal como lo había planeado. Ridel había accedido a mi insistencia, su reticencia vencida por la promesa de paz y algo más. Un aullido, desgarrador y lleno de sufrimiento, reverberó entre los árboles, seguido de voces que olían a traición. El pecho de Kian vibró con un rugido desesperado mientras sus patas nos impulsaban aún más rápido. Era ella, mi Luna. Lo sabía. Lo sentía en cada fibra de mi cuerpo. Teníamos que llegar, protegerla. Pero cuando irrumpí en el claro, mis patas frenaron en seco, y el aliento se me cortó. Ahí yacía él, el Alfa Ridel. Su enorme cuerpo se retorcía sobre un charco de sangre roja que se mezclaba con la nieve blanca, creando gruesos riachuelos escarlata. Su garganta, desgarrada, ya no emitía rugidos de mando, sino débiles gruñidos entrecortados. —¡Alfa Ridel! —exclamé, cambiando a mi forma humana sin pensarlo. Me apresuré a su lado, presionando contra su herida, pero era inútil. La vida se escapaba de su cuerpo tan rápido como la sangre. Él me miró, con los ojos vidriosos, opacos, apagándose con cada segundo que pasaba. El dolor lo vencía, pero aun así intentaba hablar, luchando contra la gravedad de su herida. De su garganta desgarrada escapaban borbotones de sangre que teñían de rojo la nieve, como si la tierra misma llorara por él. Me incliné hacia su rostro, rogando por una palabra más, un último indicio que me guiara entre la furia que hervía en mi pecho. —Kaela… —murmuró, en un susurro arrastrado—. Salva a Kaela. Se la llevaron. Aquellas palabras se clavaron en mi alma como garras afiladas. Mi Kaela. Mi futura Luna. Se la habían llevado y, con ella, se llevaron la única razón que tenía para contener al monstruo que rugía dentro de mí. Yo no era un simple Alfa, no era uno más entre los lobos. Yo era un Alfa Real, el último de mi linaje, el heredero de una estirpe que había gobernado con honor y sangre desde que los lobos caminaron por estas tierras. Nadie podía robarme lo que me pertenecía sin pagar un precio tan alto que los ecos de su error se grabarían en la memoria de todas las manadas. Mis garras se hundieron en la nieve empapada de la sangre de Ridel, temblando mientras la rabia y el dolor bullían en mis venas como un veneno incandescente, alimentando mi transformación. —¿Quién? ¡Dime quién hizo esto! —rugí con furia, bajo el peso de la ira. Mi futura Luna estaba en peligro. —¿Por qué no me avisaste de que vendría para protegerla? Ridel, con su cuerpo ya más cerca de la muerte que de la vida, levantó débilmente una mano y señaló hacia las sombras del bosque. Un último aliento escapó de sus labios antes de dejar caer su brazo, inerte. —Es tu Luna… Y una Alfa Real, sálvala —murmuró, y entonces el silencio lo envolvió todo. Me quedé allí, congelado por un instante que se sintió eterno, mirando cómo sus ojos se apagaban como brasas que finalmente sucumbían al frío. Ridel, el lobo que después de la muerte de mi padre me había enseñado a dominar mi fuerza, a respetar el legado que corría por mis venas, ahora yacía inmóvil. Sus palabras resonaban en mi mente con incredulidad. ¿Kaela? ¿Mi Kaela? ¿Era una Alfa Real como yo? No solo era mi Luna destinada, sino que era como yo. Llevaba la misma sangre sagrada, el mismo linaje. Ahora entendía muchas cosas que no comprendía porque me las había ocultado hasta ahora. No era solo mía por destino; era mía por derecho al ser el último Alfa Real. Y se habían atrevido a tocar la esencia misma de lo que significábamos. Un rugido salió de mis entrañas como un trueno desgarrador, llenando el aire frío con una declaración que hacía temblar el suelo bajo mis pies. No era un simple grito; no era algo que pudiera ser ignorado. Era la llamada del Alfa Real. Era una advertencia para cualquiera que tuviera la osadía de cruzarse en mi camino. Me transformé de inmediato en mi lobo Kian. La nieve, manchada de rojo, crujía bajo mis patas, con mi pecho aún vibrando con la energía que solo mi sangre podía invocar. Hoy, sabrían lo que era enfrentarse al último de mi especie. Observé el horizonte, apretando los dientes mientras el control se desvanecía entre tanta furia. Hoy, no habría límites. Hoy, no habría tregua. Dejé a mi Alfa Real tomar las riendas sin resistencia. Era el momento. Era la hora de desatar la tormenta que llevaba siglos dormida en mi linaje. Los rastros de Kaela y sus raptores habían sido borrados por la nieve, y la ventisca arreciaba por momentos. Cerré los ojos y dejé que el eco de mi llamado se dispersara como un clamor desesperado, al mismo tiempo que lleno de poder. Ella no podía haberme olvidado; era algo nuestro, íntimo. Pero no obtuve respuesta. ¿Por qué no me contestaba para ir en su ayuda? El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier rugido enemigo que pudiera enfrentar. El bosque quedó mudo, y la ventisca arrebató mi respuesta antes de que pudiera llegar a mis oídos. Sentí cómo algo indescriptible oprimía mi pecho, un peso que no era miedo, sino algo mucho peor: la incertidumbre. —¡Kaela! —llamé nuevamente, esta vez con más fuerza, rompiendo la quietud, exigiendo su respuesta como un derecho absoluto. —¡Kaela, te encontraré!KAELA: Me arrastraban sin contemplación por el bosque nevado. Estaba atrapada; me habían colocado un collar de plata desde el momento en que me agarraron. Las lágrimas rodaban por mis mejillas al recordar la imagen de mi padre desangrándose sobre la nieve, con su mirada dorada fija en mí. Con cada paso que daba, la rabia crecía más intensa en mí. Laila, mi loba, luchaba por salir, pero el maldito collar no la dejaba. ¡Estaba atrapada! De pronto, un formidable rugido hizo temblar el bosque. Era un Alfa Real; lo conocía porque era igual al que recordaba de mi padre.—¿Y ese terrible gruñido? —preguntó un lobezno asustado.—Es uno que nadie quiere escuchar —respondió el jefe—. ¡Es un Alfa Real! —¿Y eso qué es? —preguntó de nuevo.—Una raza de lobos que no quieres conocer. ¡Deja de preguntar y corre! —El tirón en la cadena me hizo seguirlos. Otro rugido volvió a estremecer el bosque, más fuerte, más cercano. Lo sentí atravesar mi pecho como una llamarada en lo más profundo de mi ser.
KAELA: El collar de plata era más que un simple grillete; sentía cómo estaba absorbiendo mi esencia misma con cada minuto que pasaba en mi cuello, debilitándome. Y lo peor era que no dejaba que mi olor fuera percibido por otros. Mi compañero que me estaba buscando no podría encontrarme. Me habían traído al palacio del alfa Kaesar, mi prometido y asesino de papá. Por un instante, temí que me hubieran atrapado para otra cosa. —¡Más rápido, inútil! —me gritó la Delta Tara, jefa de la servidumbre, mientras yo fregaba el suelo del gran salón—. ¿Acaso piensas que tienes todo el día? El dolor en mis rodillas era constante, pero no levanté la cabeza. Un silencio pesado impregnaba la habitación cuando un par de tacones afilados resonaban con autoridad. —Esa es la Luna Artemia, madre del Alfa —susurró la omega Nina a mi lado. La Luna Artemia avanzaba con firmeza. Llevaba un vestido negro perfectamente ajustado que contrastaba con la perturbadora palidez de su piel, mientras sus ojos
KAELA: Me obligó a ponerme de pie. Parecía que el tiempo se ralentizaba. Cerré los ojos, evitando mirarlo, esperando que su garra destrozara mi garganta como hicieron con papá. Pero solo escuché un "clic" y luego el collar cayendo estrepitosamente al suelo. Mi respiración se detuvo, en algún lugar entre el pánico y el alivio, mientras la fría presión que había llevado durante tanto tiempo se desvanecía. El enorme hocico de Kian se hundió en mi cuello, y aspiró con todas sus fuerzas mientras yo rezaba aterrada. —Mi Luna… —ronroneó Kian. Antes de que pudiera reaccionar o siquiera escapar, sus brazos me envolvieron como grilletes peludos. Me apretó contra su pecho, y en un rápido movimiento, me alzó y entró en su habitación conmigo entre sus brazos, cerrando con un portazo. —Estás a salvo, mi Luna, estás a salvo —murmuró con una convicción que me pareció desconcertante. En ese instante, todo pareció oscurecerse. Estaba aterrada, todo era sombrío e imponente. Las paredes exu
KAELA: Lo miré, atrapada en ese torbellino de emociones que me provocó. La manera en que me había hablado removió mi alma. Buscaba desesperadamente el significado en su: “Lo siento mucho”. Su mirada me helaba la sangre y, al mismo tiempo, la hacía hervir, desatando una guerra en mi interior con solo sostenerle la mirada. Por eso guardé silencio. Quería saber más, necesitaba respuestas, pero no podía delatarme. A pesar del caos en mi interior, una certeza me mantenía firme: si Kaesar estaba involucrado en la muerte de mi padre, lo descubriría. No importaba cuánto tiempo me tomara, cuánto doliera o lo que tuviera que hacer. —No me dijo que venías… —agregó finalmente, sin comprender mi actitud—. Te hubiese buscado yo mismo, Kaela. Quise decir algo, preguntar directamente, pero la fuerza me abandonó. Estaba tan dolida por todo. Quería gritarle, exigirle respuestas, pero lo único que salió fue un sollozo. Papá había hecho muy mal en enviarme lejos y hacerme vivir entre los humano
KAESAR: El silencio se instaló entre nosotros, pesado, como el aire antes de una tormenta. Kaela estaba frente a mí, pero no podía entenderla, no podía llegar hasta donde estaba. Era una completa desconocida. La hermosa niña que tenía en mi mente había desaparecido. Esta adulta, aunque podía reconocer sus escurridizos ojos, era toda una incógnita para mí. Algo la mantenía lejos, inaccesible, y esa distancia invisible estaba matándome. Ella era mi Luna, pero cada segundo me alejaba más de lo que creía saber sobre ella. Dentro de mí, mi lobo Kian gruñía, impaciente, casi desesperado por tomar el control y reclamarla, marcarla y darle su posición a nuestro lado. Pero… ¿y si su odio por su padre la había vuelto nuestra enemiga? Recordaba al Alfa Ridel diciendo eso, que ella lo odiaba. —Kaesar, deja de dudar de nuestra Luna y reclamala de una vez —gruñó Kian como un trueno en mi mente. —¿No te parece todo muy extraño? —pregunté, consciente de las dudas que me quemaban. Kian rugi
KAELA: Me quedé inmóvil, atrapada en su mirada, mientras su pregunta colgaba en el aire entre ambos. Estaba confundida, demasiado confundida. Su aroma no me dejaba pensar con claridad. Podía ver la súplica, llena de anhelo y desesperación en su mirada; pude darme cuenta de que había sido el lobo Kian quien me había pedido ser su Luna. El humano Kaesar era toda una interrogante; él no me quería como su Luna, dudaba. Sentí a Laila, mi loba, revolviéndose inquieta, casi sin poder contenerse. La conexión estaba ahí, pulsante, viva, pero igualmente cubierta por una niebla de incertidumbre y dolor. Como yo, Laila sabía que ceder en ese momento sería cavar aún más profundo en un abismo lleno de preguntas sin respuestas. —Debo resolver cosas por mi cuenta —evité responder, retrocediendo y alejándome de él—. Kaesar, solo te pido tiempo. —¿Tiempo para qué? —preguntó, dando un paso hacia mí posesivamente—. ¡Eres mi Luna! Era verdad, no lo podía negar, y él era mi Alfa; no solo lo habí
KAESAR: Regresé despacio a mi habitación, sintiendo el eco de sus pasos desaparecer tras doblar la esquina. Dentro de mí, Kian rugía herido, furioso, desgarrado por el dolor que Kaela nos había dejado en el alma. —¡Cállate, no nos ha rechazado todavía! —espeté mientras intentaba recobrar la calma. Era una orden dirigida tanto a él como a mí mismo—. Tenemos mucho que investigar. Vamos al despacho. Hoy no puedo dormir. —Mejor vayamos a correr —rugió molesto, luego agregó—. Veamos si escuchamos algo en la manada de nuestra Luna. La tía Artea y el inútil de Arteón deben estar detrás de lo que le sucedió al alfa Ridel. Eso era verdad. Mi tía Artea se mudó a la manada justo la semana antes de la muerte de la madre de mi Luna. Lo extraño fue que Ridel, después de su muerte, aceptó a la tía y su hijo. Seguramente esos dos tenían algo que ver con todo esto, y no me sorprendería que mi madre también estuviera implicada. Esas serpientes seguramente estaban detrás de todo. —Y seguro nue
KAELA: Cerré la puerta de nuestra pequeña habitación, sintiendo cómo mi corazón latía desenfrenadamente, como si buscara escapar de mi pecho por puro temor y adrenalina. Kian... era impresionante, hermoso y aterrador a la vez. Su presencia parecía capaz de dominar cualquier espacio, incluso el aire mismo. Nina, mi compañera de cuarto, se dejó caer sobre su cama como si el esfuerzo de regresar viva la hubiera agotado hasta los huesos. Su respiración temblorosa inundaba la habitación mientras yo me dejaba caer despacio en mi cama, sintiendo que mis piernas ya no eran capaces de sostenerme. —¿Kaela, te volviste loca? —gritó de pronto mientras se sentaba abruptamente en la cama—. ¿Qué hacías allá afuera hasta estas horas? Sabes perfectamente que al alfa no le gusta que estemos en los pasillos por la noche. Aún no entiendo cómo nos dejó escapar. ¡Uff, qué miedo sentí cuando Kian me miró! Por un momento, juro que creí que acabaría con nosotras. Pero tú... ¿cómo pudiste mirarlo? Nin