KAELA:
Papá me había obligado a volver. Después de tantos años viviendo entre humanos, lo exigió. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que me convertí en loba que ya ni siquiera recordaba cómo se sentía. Me había despojado de mi esencia con tal de cerrar las heridas. Por desgracia, jamás logré que sanaran.
El camino hasta la casa estuvo marcado por el silencio. Una figura esperaba en el porche: mi madrastra Artea. De lejos, su sonrisa parecía un intento forzado de cordialidad. —Vaya, pero si no es nuestra lobita perdida —dijo, cruzando los brazos—. Pensé que llegarías antes. No respondí. No iba a darle el placer de provocar una reacción. Subí los escalones mientras ella me observaba. Sin dejar de sonreír y con el tono de quien emite una sentencia, lanzó lo que ya sospechaba: —¿Lista para casarte? ¿Te acuerdas de lo que es ser una loba? Ahí estaba el verdadero motivo por el cual mi padre había insistido tanto en que regresara. Mis dedos se crisparon, pero hice acopio de mi paciencia. —Cambia esa cara —continuó ella, con un tinte burlón—. Después de todo, no es tan malo. Es el destino de los licántropos, ¿cierto? Unirnos al lobo que la Diosa nos designe, en este caso, al que tu padre escogió. La miré de reojo, pero mantuve mi silencio. ¿Qué podía decir? Sabía que esto iba más allá de mí, que estaba atrapada. Una vez dentro, el ambiente no mejoró. Papá solo me miró con los ojos dorados, como si me revisara. Era como si mi presencia fuera un recordatorio incómodo de un pasado que prefería olvidar. Mi hermanastro Arteón, sin mirarme siquiera, soltó un comentario bajo que no alcancé a escuchar, pero su media sonrisa burlona me dejó claro el mensaje: tampoco estaba feliz de verme allí. La cena fue otro martirio. Mi padre hacía un esfuerzo torpe por fingir que todo estaba bien. Aunque me lanzaba miradas furtivas, de pronto rompió el silencio: —Hija, te pareces tanto a tu madre… —dijo con nostalgia. Pude ver, de reojo, cómo el rostro de mi madrastra se tensaba. Sus dedos apretaban con fuerza el mantel, conteniendo la ira. —Es como si la estuviera viendo a ella… —murmuró él, casi en un susurro. —Parece que la has olvidado, querido —intervino ella, con un tono dulzón y falso—. La difunta Luna era mucho más hermosa. Por un momento, pensé en contestar algo que borrara esa sonrisa altanera de su rostro, pero me contuve. Entonces, mi hermanastro decidió agregar su parte al juego. —Tu prometido estará muy satisfecho… —dijo con una sonrisa extraña que me dio escalofríos—. Si lo llego a saber... Su frase quedó suspendida cuando mi madrastra le dio una mirada helada. A mi padre, los ojos se le volvieron dorados y un gruñido gutural emergió de su pecho. —Basta —gruñó. Por lo menos seguía defendiéndome, pensé. A pesar de que aquí, entre estas paredes, habitaban los asesinos de mi madre. Yo lo había visto todo cuando era niña, y lo que más dolía era que mi padre no me hubiera creído. En lugar de buscar justicia, me alejó de su vista, me castigó. —Padre, ¿puedo retirarme? —pregunté, apenas probando un bocado. Él levantó la vista hacia mí, con un peso en los ojos que hablaba de remordimientos, de cosas que quería reparar pero no sabía cómo. —Pensé que podríamos correr un rato juntos, conversar de todo —musitó. Sonaba vulnerable, casi una súplica. No pude evitar fruncir el ceño, preguntándome si era sinceridad lo que escuchaba o simplemente… Antes de que pudiera responder, mi hermanastro intervino. —Si quieres, puedo acompañarte, padre. —No. Quiero conversar con mi hija a solas —dijo él, firme, al tiempo que se ponía de pie—. Vamos. Me levanté de la mesa, sintiendo todos los ojos sobre mi espalda. Al cruzar la puerta, me abracé con fuerza por el frío. Papá simplemente se detuvo y se convirtió en lobo. Sus ojos dorados se clavaron en los míos, expectantes. —Hace mucho que no lo hago… —murmuré. Sabía que iba a doler, pero no podía negarme. Él se limitó a observarme, como si esperara algo de mí, buscando a la niña que una vez fui, que adoraba convertirse en loba y corría feliz por estos mismos campos detrás de él, antes de que la tragedia borrara esa parte de mí para siempre. Con un aullido fuerte, mi loba emergió, invadiendo cada fibra de mi ser con una alegría inesperada. Había estado dormida por años y finalmente se despertó. Para mi sorpresa, sentí cómo la manada respondía, un eco de bienvenida que resonó en mi pecho. Fue extraño, poderoso, casi intoxicante. Mi madrastra y mi hermanastro aparecieron en el portón. Sus miradas eran sombras que destilaban enojo contenido, pero no me importó. Papá ya corría y yo, sin pensarlo dos veces, lo seguí. Sabía exactamente a dónde íbamos, al lugar preferido de mamá. Ese rincón mágico que parecía congelado en el tiempo. Allí, los recuerdos de risas y días felices se sentían tan palpables. Cuando por fin nos detuvimos, papá se giró hacia mí. Su expresión era firme y de una determinación que nunca antes había visto en él. —No todo es lo que crees —dijo de pronto y me abrazó con fuerza—. Tenía que salvarte, se lo prometí a tu madre. Ahora te unirás a Kaesar, es un Alfa muy poderoso, y te vengarás. Por tu madre… y por mí. Sentí cómo un frío más cortante que la nieve me invadía tras escuchar esas palabras. —¿Qué quieres decir? —pregunté. Estaba a punto de responder cuando un rugido gutural rasgó la calma. Todo ocurrió demasiado rápido. Desde las sombras, un enorme lobo se abalanzó sobre papá, sus garras encontraron su cuello. Otros lobos surgieron de la nada, lanzándose en mi dirección. —¡No, no le hagan daño! —grité, incapaz de salvarlo. Papá intentó luchar, pero el ataque fue brutal, despiadado. En un eterno momento que pareció durar siglos, vi cómo una de las garras desgarraba su cuello. —¡Papá! —grité, con el corazón hecho pedazos mientras me arrastraban sin piedad. Me revolví, pataleé, pero era inútil—. ¡Papá, lo haré, me vengaré, te lo prometo! Sólo escuché las voces de mis captores mientras me arrastraban más profundo en el bosque: —El Alfa Kaesar estará complacido cuando se la entreguemos... —Todo salió según lo planeado… —dijo otro. —La muerte del Alfa Ridel era necesaria… —aseguró el primero. Mi mente, nublada por el dolor y la rabia, trataba de atar cabos. El regreso forzado, el matrimonio, la muerte de papá. Todo había sido orquestado por él. Kaesar. El mismo Alfa que mi padre había mencionado en sus últimas palabras como el que sería mi esposo. ¿Cómo podría ser él? “Te vengarás por tu madre... y por mí", había dicho papá. Kaesar pagaría por todo. Me aseguraría de ello, aunque fuera lo último que hiciera. Aunque fuera mi pareja destinada. ¡No lo perdonaría jamás!KAESAR: Mi lobo, Kian, no me dio tregua durante todo el día. Desde el amanecer, se retorcía con una inquietud que no lograba descifrar. Su urgencia crecía con cada minuto, impidiéndome concentrarme, mucho menos disfrutar de la cena que me había servido. Al final, me rendí. Me transformé, dejando que Kian tomara el control. La ventisca era cruel, la nieve caía con fuerza, cubriendo cada centímetro del bosque. Pero Kian corría con determinación, sin importarle el frío que cortaba como cuchillas ni las ramas que arañaban mi pelaje mientras pasábamos a toda velocidad entre los árboles. Sabía a dónde iba, aunque me costara admitirlo. Reconocía esa dirección. A cada zancada, la verdad se volvía más clara en mi mente: el refugio de la madre de Kaela. Mi respiración se agitó. ¿Había vuelto? ¿Después de tantos años buscando señales, podría ser cierto? El pensamiento me estremeció tanto que incluso Kian disminuyó su marcha un instante. Recordé aquel pacto con el Alfa Ridel, su padre. La
KAELA: Me arrastraban sin contemplación por el bosque nevado. Estaba atrapada; me habían colocado un collar de plata desde el momento en que me agarraron. Las lágrimas rodaban por mis mejillas al recordar la imagen de mi padre desangrándose sobre la nieve, con su mirada dorada fija en mí. Con cada paso que daba, la rabia crecía más intensa en mí. Laila, mi loba, luchaba por salir, pero el maldito collar no la dejaba. ¡Estaba atrapada! De pronto, un formidable rugido hizo temblar el bosque. Era un Alfa Real; lo conocía porque era igual al que recordaba de mi padre.—¿Y ese terrible gruñido? —preguntó un lobezno asustado.—Es uno que nadie quiere escuchar —respondió el jefe—. ¡Es un Alfa Real! —¿Y eso qué es? —preguntó de nuevo.—Una raza de lobos que no quieres conocer. ¡Deja de preguntar y corre! —El tirón en la cadena me hizo seguirlos. Otro rugido volvió a estremecer el bosque, más fuerte, más cercano. Lo sentí atravesar mi pecho como una llamarada en lo más profundo de mi ser.
KAELA: El collar de plata era más que un simple grillete; sentía cómo estaba absorbiendo mi esencia misma con cada minuto que pasaba en mi cuello, debilitándome. Y lo peor era que no dejaba que mi olor fuera percibido por otros. Mi compañero que me estaba buscando no podría encontrarme. Me habían traído al palacio del alfa Kaesar, mi prometido y asesino de papá. Por un instante, temí que me hubieran atrapado para otra cosa. —¡Más rápido, inútil! —me gritó la Delta Tara, jefa de la servidumbre, mientras yo fregaba el suelo del gran salón—. ¿Acaso piensas que tienes todo el día? El dolor en mis rodillas era constante, pero no levanté la cabeza. Un silencio pesado impregnaba la habitación cuando un par de tacones afilados resonaban con autoridad. —Esa es la Luna Artemia, madre del Alfa —susurró la omega Nina a mi lado. La Luna Artemia avanzaba con firmeza. Llevaba un vestido negro perfectamente ajustado que contrastaba con la perturbadora palidez de su piel, mientras sus ojos
KAELA: Me obligó a ponerme de pie. Parecía que el tiempo se ralentizaba. Cerré los ojos, evitando mirarlo, esperando que su garra destrozara mi garganta como hicieron con papá. Pero solo escuché un "clic" y luego el collar cayendo estrepitosamente al suelo. Mi respiración se detuvo, en algún lugar entre el pánico y el alivio, mientras la fría presión que había llevado durante tanto tiempo se desvanecía. El enorme hocico de Kian se hundió en mi cuello, y aspiró con todas sus fuerzas mientras yo rezaba aterrada. —Mi Luna… —ronroneó Kian. Antes de que pudiera reaccionar o siquiera escapar, sus brazos me envolvieron como grilletes peludos. Me apretó contra su pecho, y en un rápido movimiento, me alzó y entró en su habitación conmigo entre sus brazos, cerrando con un portazo. —Estás a salvo, mi Luna, estás a salvo —murmuró con una convicción que me pareció desconcertante. En ese instante, todo pareció oscurecerse. Estaba aterrada, todo era sombrío e imponente. Las paredes exu
KAELA: Lo miré, atrapada en ese torbellino de emociones que me provocó. La manera en que me había hablado removió mi alma. Buscaba desesperadamente el significado en su: “Lo siento mucho”. Su mirada me helaba la sangre y, al mismo tiempo, la hacía hervir, desatando una guerra en mi interior con solo sostenerle la mirada. Por eso guardé silencio. Quería saber más, necesitaba respuestas, pero no podía delatarme. A pesar del caos en mi interior, una certeza me mantenía firme: si Kaesar estaba involucrado en la muerte de mi padre, lo descubriría. No importaba cuánto tiempo me tomara, cuánto doliera o lo que tuviera que hacer. —No me dijo que venías… —agregó finalmente, sin comprender mi actitud—. Te hubiese buscado yo mismo, Kaela. Quise decir algo, preguntar directamente, pero la fuerza me abandonó. Estaba tan dolida por todo. Quería gritarle, exigirle respuestas, pero lo único que salió fue un sollozo. Papá había hecho muy mal en enviarme lejos y hacerme vivir entre los humano
KAESAR: El silencio se instaló entre nosotros, pesado, como el aire antes de una tormenta. Kaela estaba frente a mí, pero no podía entenderla, no podía llegar hasta donde estaba. Era una completa desconocida. La hermosa niña que tenía en mi mente había desaparecido. Esta adulta, aunque podía reconocer sus escurridizos ojos, era toda una incógnita para mí. Algo la mantenía lejos, inaccesible, y esa distancia invisible estaba matándome. Ella era mi Luna, pero cada segundo me alejaba más de lo que creía saber sobre ella. Dentro de mí, mi lobo Kian gruñía, impaciente, casi desesperado por tomar el control y reclamarla, marcarla y darle su posición a nuestro lado. Pero… ¿y si su odio por su padre la había vuelto nuestra enemiga? Recordaba al Alfa Ridel diciendo eso, que ella lo odiaba. —Kaesar, deja de dudar de nuestra Luna y reclamala de una vez —gruñó Kian como un trueno en mi mente. —¿No te parece todo muy extraño? —pregunté, consciente de las dudas que me quemaban. Kian rugi
KAELA: Me quedé inmóvil, atrapada en su mirada, mientras su pregunta colgaba en el aire entre ambos. Estaba confundida, demasiado confundida. Su aroma no me dejaba pensar con claridad. Podía ver la súplica, llena de anhelo y desesperación en su mirada; pude darme cuenta de que había sido el lobo Kian quien me había pedido ser su Luna. El humano Kaesar era toda una interrogante; él no me quería como su Luna, dudaba. Sentí a Laila, mi loba, revolviéndose inquieta, casi sin poder contenerse. La conexión estaba ahí, pulsante, viva, pero igualmente cubierta por una niebla de incertidumbre y dolor. Como yo, Laila sabía que ceder en ese momento sería cavar aún más profundo en un abismo lleno de preguntas sin respuestas. —Debo resolver cosas por mi cuenta —evité responder, retrocediendo y alejándome de él—. Kaesar, solo te pido tiempo. —¿Tiempo para qué? —preguntó, dando un paso hacia mí posesivamente—. ¡Eres mi Luna! Era verdad, no lo podía negar, y él era mi Alfa; no solo lo habí
KAESAR: Regresé despacio a mi habitación, sintiendo el eco de sus pasos desaparecer tras doblar la esquina. Dentro de mí, Kian rugía herido, furioso, desgarrado por el dolor que Kaela nos había dejado en el alma. —¡Cállate, no nos ha rechazado todavía! —espeté mientras intentaba recobrar la calma. Era una orden dirigida tanto a él como a mí mismo—. Tenemos mucho que investigar. Vamos al despacho. Hoy no puedo dormir. —Mejor vayamos a correr —rugió molesto, luego agregó—. Veamos si escuchamos algo en la manada de nuestra Luna. La tía Artea y el inútil de Arteón deben estar detrás de lo que le sucedió al alfa Ridel. Eso era verdad. Mi tía Artea se mudó a la manada justo la semana antes de la muerte de la madre de mi Luna. Lo extraño fue que Ridel, después de su muerte, aceptó a la tía y su hijo. Seguramente esos dos tenían algo que ver con todo esto, y no me sorprendería que mi madre también estuviera implicada. Esas serpientes seguramente estaban detrás de todo. —Y seguro nue