Mi luna atrapada. Conquistaré tu corazón
Mi luna atrapada. Conquistaré tu corazón
Por: Bris
1. EL REGRESO Y LA PÉRDIDA

KAELA:

 Papá me había obligado a volver. Después de tantos años viviendo entre humanos, lo exigió. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que me convertí en loba que ya ni siquiera recordaba cómo se sentía. Me había despojado de mi esencia con tal de cerrar las heridas. Por desgracia, jamás logré que sanaran.  

 El camino hasta la casa estuvo marcado por el silencio. Una figura esperaba en el porche: mi madrastra Artea. De lejos, su sonrisa parecía un intento forzado de cordialidad.  

—Vaya, pero si no es nuestra lobita perdida —dijo, cruzando los brazos—. Pensé que llegarías antes.  

 No respondí. No iba a darle el placer de provocar una reacción. Subí los escalones mientras ella me observaba. Sin dejar de sonreír y con el tono de quien emite una sentencia, lanzó lo que ya sospechaba:  

—¿Lista para casarte? ¿Te acuerdas de lo que es ser una loba?  

 Ahí estaba el verdadero motivo por el cual mi padre había insistido tanto en que regresara. Mis dedos se crisparon, pero hice acopio de mi paciencia.  

—Cambia esa cara —continuó ella, con un tinte burlón—. Después de todo, no es tan malo. Es el destino de los licántropos, ¿cierto? Unirnos al lobo que la Diosa nos designe, en este caso, al que tu padre escogió.  

 La miré de reojo, pero mantuve mi silencio. ¿Qué podía decir? Sabía que esto iba más allá de mí, que estaba atrapada. Una vez dentro, el ambiente no mejoró. Papá solo me miró con los ojos dorados, como si me revisara. Era como si mi presencia fuera un recordatorio incómodo de un pasado que prefería olvidar.  

 Mi hermanastro Arteón, sin mirarme siquiera, soltó un comentario bajo que no alcancé a escuchar, pero su media sonrisa burlona me dejó claro el mensaje: tampoco estaba feliz de verme allí.  

La cena fue otro martirio. Mi padre hacía un esfuerzo torpe por fingir que todo estaba bien. Aunque me lanzaba miradas furtivas, de pronto rompió el silencio:  

—Hija, te pareces tanto a tu madre… —dijo con nostalgia.  

Pude ver, de reojo, cómo el rostro de mi madrastra se tensaba. Sus dedos apretaban con fuerza el mantel, conteniendo la ira.  

—Es como si la estuviera viendo a ella… —murmuró él, casi en un susurro.  

—Parece que la has olvidado, querido —intervino ella, con un tono dulzón y falso—. La difunta Luna era mucho más hermosa.  

 Por un momento, pensé en contestar algo que borrara esa sonrisa altanera de su rostro, pero me contuve. Entonces, mi hermanastro decidió agregar su parte al juego.  

—Tu prometido estará muy satisfecho… —dijo con una sonrisa extraña que me dio escalofríos—. Si lo llego a saber...  

 Su frase quedó suspendida cuando mi madrastra le dio una mirada helada. A mi padre, los ojos se le volvieron dorados y un gruñido gutural emergió de su pecho.  

—Basta —gruñó.  

 Por lo menos seguía defendiéndome, pensé. A pesar de que aquí, entre estas paredes, habitaban los asesinos de mi madre. Yo lo había visto todo cuando era niña, y lo que más dolía era que mi padre no me hubiera creído. En lugar de buscar justicia, me alejó de su vista, me castigó.  

—Padre, ¿puedo retirarme? —pregunté, apenas probando un bocado.  

Él levantó la vista hacia mí, con un peso en los ojos que hablaba de remordimientos, de cosas que quería reparar pero no sabía cómo.  

—Pensé que podríamos correr un rato juntos, conversar de todo —musitó. Sonaba vulnerable, casi una súplica.  

 No pude evitar fruncir el ceño, preguntándome si era sinceridad lo que escuchaba o simplemente… Antes de que pudiera responder, mi hermanastro intervino.  

—Si quieres, puedo acompañarte, padre.  

—No. Quiero conversar con mi hija a solas —dijo él, firme, al tiempo que se ponía de pie—. Vamos.  

 Me levanté de la mesa, sintiendo todos los ojos sobre mi espalda. Al cruzar la puerta, me abracé con fuerza por el frío. Papá simplemente se detuvo y se convirtió en lobo. Sus ojos dorados se clavaron en los míos, expectantes.  

—Hace mucho que no lo hago… —murmuré. Sabía que iba a doler, pero no podía negarme.  

 Él se limitó a observarme, como si esperara algo de mí, buscando a la niña que una vez fui, que adoraba convertirse en loba y corría feliz por estos mismos campos detrás de él, antes de que la tragedia borrara esa parte de mí para siempre.  

 Con un aullido fuerte, mi loba emergió, invadiendo cada fibra de mi ser con una alegría inesperada. Había estado dormida por años y finalmente se despertó. Para mi sorpresa, sentí cómo la manada respondía, un eco de bienvenida que resonó en mi pecho. Fue extraño, poderoso, casi intoxicante.  

 Mi madrastra y mi hermanastro aparecieron en el portón. Sus miradas eran sombras que destilaban enojo contenido, pero no me importó. Papá ya corría y yo, sin pensarlo dos veces, lo seguí.  

 Sabía exactamente a dónde íbamos, al lugar preferido de mamá. Ese rincón mágico que parecía congelado en el tiempo. Allí, los recuerdos de risas y días felices se sentían tan palpables.  

 Cuando por fin nos detuvimos, papá se giró hacia mí. Su expresión era firme y de una determinación que nunca antes había visto en él.  

—No todo es lo que crees —dijo de pronto y me abrazó con fuerza—. Tenía que salvarte, se lo prometí a tu madre. Ahora te unirás a Kaesar, es un Alfa muy poderoso, y te vengarás. Por tu madre… y por mí.  

 Sentí cómo un frío más cortante que la nieve me invadía tras escuchar esas palabras.  

—¿Qué quieres decir? —pregunté.  

 Estaba a punto de responder cuando un rugido gutural rasgó la calma. Todo ocurrió demasiado rápido. Desde las sombras, un enorme lobo se abalanzó sobre papá, sus garras encontraron su cuello. Otros lobos surgieron de la nada, lanzándose en mi dirección.  

—¡No, no le hagan daño! —grité, incapaz de salvarlo.  

 Papá intentó luchar, pero el ataque fue brutal, despiadado. En un eterno momento que pareció durar siglos, vi cómo una de las garras desgarraba su cuello.  

—¡Papá! —grité, con el corazón hecho pedazos mientras me arrastraban sin piedad. Me revolví, pataleé, pero era inútil—. ¡Papá, lo haré, me vengaré, te lo prometo!  

Sólo escuché las voces de mis captores mientras me arrastraban más profundo en el bosque:  

—El Alfa Kaesar estará complacido cuando se la entreguemos...  

—Todo salió según lo planeado… —dijo otro.  

—La muerte del Alfa Ridel era necesaria… —aseguró el primero.  

Mi mente, nublada por el dolor y la rabia, trataba de atar cabos. El regreso forzado, el matrimonio, la muerte de papá. Todo había sido orquestado por él. Kaesar. El mismo Alfa que mi padre había mencionado en sus últimas palabras como el que sería mi esposo. ¿Cómo podría ser él?  

“Te vengarás por tu madre... y por mí", había dicho papá. Kaesar pagaría por todo. Me aseguraría de ello, aunque fuera lo último que hiciera. Aunque fuera mi pareja destinada. ¡No lo perdonaría jamás!

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