El aire en la ciudad estaba cargado de un peligro latente. La tormenta se aproximaba, pero no era el clima lo que amenazaba con estallar.Él se encontraba en su oficina improvisada dentro del hospital, revisando los informes que Samuel le enviaba con una frialdad calculada. Cada documento, cada imagen, cada pista lo acercaba más al enemigo, al hombre que había puesto en riesgo la vida de su hermana y su sobrino y amenazaba a su mujer y a sus hijos.Ya estaba consciente de que Guillermo ocultaba algo. Desde que había recibido ese mensaje, su actitud había cambiado. Estaba nervioso, errático, y aunque intentaba mantener la compostura, Axel podía oler la mentira en su piel.No iba a confrontarlo de inmediato. No todavía. Primero, necesitaba descubrir hasta dónde había llegado Guillermo en su desesperación.Mientras tanto, Guillermo caminaba de un lado a otro con el teléfono pegado a su oído.—Ya llamé a Andrea —dijo con una voz baja y controlada—. Le dije que me casaría con ella, pero ya
Horas antes.La tarde se cernía sobre la ciudad con un peso sofocante. La lluvia amenazaba con caer en cualquier momento, y la tensión en el aire era tan densa que parecía que la tormenta no venía del cielo, sino de los corazones de los hombres que se preparaban para la batalla.Axel revisó el arma en su mano y luego la cargó con un movimiento metódico. A su lado, Samuel chequeaba el mapa del almacén donde Clara estaba retenida. Se encontraba en una bodega en las afueras de la ciudad, rodeada por guardias que respondían directamente al general Murphy.—Solo tenemos una oportunidad para hacer esto bien —murmuró Axel, trazando las rutas de escape con un marcador rojo sobre el plano—. Si fallamos, Murphy podría matarla antes de que logremos sacarla.Samuel lo escuchó en silencio, no necesitaba hablar, sabía que Axel no admitiría falla. Su expresión endurecida, la tensión en su mandíbula y el brillo letal en su mirada hablaban por sí solos. No podían fallar. Se subieron a la camioneta, u
El silencio en la iglesia se volvió un peso insoportable.Todos los invitados miraban a Axel con expresiones de asombro y miedo. Guillermo se quedó inmóvil, sintiendo que la sangre le palpitaba en las sienes. No podía creerlo. Clara estaba a salvo.La ira fría en los ojos de Axel no dejaba lugar a dudas. Esto no era una advertencia. Era una sentencia.El general Murphy se puso de pie lentamente, su mandíbula tensa, pero su experiencia en el campo de batalla le impedía mostrar miedo.—Thorne —pronunció su nombre como una maldición—. No sabes con quién te estás metiendo.Axel dejó escapar una carcajada seca, oscura, un sonido que heló la sangre de Andrea.—Yo creo que sí sé —respondió, dando un paso más hacia el altar—. Me estoy metiendo con un hombre que ha perdido el control de su propio juego.Andrea, que hasta ese momento se había mantenido en estado de shock, recuperó la compostura y dio un paso al frente. Su vestido de novia, que antes era símbolo de victoria, ahora solo la hacía
El cielo se había oscurecido, como si la naturaleza misma presintiera la tormenta que estaba por desatarse. Axel miraba por la ventana del hospital, su reflejo en el cristal mostraba a un hombre determinado, con los ojos fríos y calculadores, pensando en lo ocurrido recientemente.El hospital estaba en silencio, en la habitación de Stella, el aire era denso, pesado, lleno de una angustia que parecía apretar el pecho de todos los presentes.Ella estaba despierta. Había recuperado su conciencia después de la cirugía. Sin embargo, su mirada no reflejaba alivio.Porque aunque había sobrevivido, su hija no estaba a salvo.Alicia la observaba con preocupación, sentada a su lado. Axel se giró y se recostó contra la pared, con los brazos cruzados, su expresión de acero.Pero Stella no podía verlos realmente. Su mente estaba atrapada en un solo pensamiento: su hija estaba luchando por su vida en una incubadora.—Quiero verla —susurró con la voz débil, pero firme.Alicia intercambió una mirada
El hospital estaba sumido en un silencio inquietante. La lluvia repiqueteaba contra los ventanales, oscura y constante, como un eco de la tormenta que aún rugía dentro de Stella.La visita de Guillermo la había dejado con una maraña de emociones. Sus palabras aún flotaban en su mente: "Quiero otra oportunidad", "No quiero vivir sin ti", "Quiero ser parte de la vida de tu hija".Le había pedido tiempo y espacio, y él se había ido con una expresión de tristeza, y aunque se sintió mal por él, ella no podía simplemente olvidar.No cuando su hija aún estaba peleando por su vida. No cuando el miedo la asfixiaba cada vez que miraba la incubadora y se preguntaba si la pequeña Hope resistiría otro día.Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la puerta se abrió suavemente.Alicia entró, con el rostro tenso y preocupación en los ojos.—¿Cómo estás?Stella soltó una risa amarga.—Eso debería preguntártelo yo. No has descansado un solo minuto, y tus bebés necesitan estar bien.Alicia suspi
El amanecer cubría el cielo con tonos tenues de azul y dorado, filtrándose a través de las cortinas del hospital. La ciudad comenzaba a despertar, pero dentro de la habitación de Stella, el ambiente seguía sumido en una calma frágil.Ella dormía profundamente, su respiración pausada y tranquila. Alicia, después de una noche agotadora, había ido al baño. Axel estaba sentado en un sillón junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, observando el horizonte con su eterna expresión de gruñón profesional.Entonces, la puerta se abrió sigilosamente.Guillermo entró sin hacer ruido, con una bolsa de comida en la cara, sus pasos seguros pero cautelosos. Apenas avanzó un par de metros antes de que Axel alzara la vista y lo mirara con el ceño fruncido.—¿Qué demonios haces aquí? —gruñó con voz grave, sin mover un solo músculo —.¿A las seis de la mañana? Guillermo, lejos de inmutarse, se apoyó con descaro en el marco de la puerta y le lanzó una sonrisa confiada.—¡Buenos
El viaje de regreso a casa fue un campo de batalla silencioso, cada kilómetro marcado por el crujir de los neumáticos sobre el asfalto y el zumbido eléctrico de las palabras no dichas. Alicia estaba sentada en el asiento del copiloto, los brazos cruzados con tanta fuerza que daba la impresión que las costuras de las mangas de su vestido iban a reventar. Su mirada, clavada en la ventanilla, no veía los árboles ni el cielo plomizo; solo el reflejo fantasmagórico de Axel, su perfil tallado en piedra, sus dedos aferrados al volante como si fuera el cuello de un enemigo. Él conducía con una precisión robótica, pero el tic en su mandíbula delataba la tormenta bajo la superficie. El aire acondicionado soplaba frío, pero el calor entre ellos era sofocante. Alicia podía sentir el peso de su ira, densa y pegajosa, adherida a su piel como la humedad antes de un huracán. Sus dedos aferrados al volante con fuerza, como si estuviera conteniendo algo más que la necesidad de discutir.El ambient
Axel la llevó a la habitación como si cargara el universo entero entre sus brazos. La luz dorada de la tarde se derramaba sobre las sábanas, tejiendo un halo alrededor de sus cuerpos, mientras él la depositaba con una delicadeza que le partía el alma. Alicia sintió cómo el colchón cedía bajo su peso, pero fue el temblor de las manos de Axel al deslizar la tela de su vestido, lo que la dejó sin aliento. Cada centímetro de piel descubierta era un verso escrito en un idioma olvidado, una confesión que resonaba en sus huesos. —No tengas miedo —murmuró él, como si leyera sus pensamientos, sus labios rozando la curva de su hombro. “¿Miedo?”, quiso reírse ella. No era miedo. Era vértigo. El tipo que se siente al mirar al abismo y descubrir que, en el fondo, hay un espejo reflejando todas las versiones de ti que juraste esconder. Sus manos, seguras, trazaron mapas sobre su vientre, donde una de las vidas que crecían en su interior respondió con una tímida patada. Axel se detuvo, los oj