La tensión en la fundación era palpable, un choque de egos que resonaba en cada esquina. Axel, con la chaqueta de seda negra arrugada en los hombros, observaba a Mario como un tigre al acecho. Las luces del salón reflejaban el brillo frío de sus ojos azules, clavados en el rival que se atrevía a sonreírle. —Axel, todos somos un poco fans de Alicia, ¿no crees? —Mario sostuvo la mirada de Axel, los dedos jugueteando con un bolígrafo de oro. Axel apretó la mandíbula hasta que los músculos saltaron bajo la piel. El aroma a café amargo llenaba la sala, pero nada podía disipar el sabor metálico de su rabia. —Voy a ayudar con la organización —declaró, deslizando una mano posesiva sobre el respaldo de la silla de Alicia. Ella alzó la vista, el ceño fruncido dibujando una sombra entre sus ojos. —Axel, no creo que…—Insisto —Cortó él, la voz, un rugido contenido. Mario soltó una risa suave, como el rumor de un arroyo burlón. —Perfecto. Más manos trabajando. Los días siguientes fueron un
El café estaba adornado con cuadros vibrantes y esculturas pequeñas que reflejaban el alma de la exposición.El aroma a café recién molido y óleo fresco flotaba en el aire del pequeño local “La Taza Dorada”.Stella ajustó el último cuadro en la pared, un lienzo abstracto de tonos rojos y dorados que capturaba la furia y la pasión de un verano en llamas. Rafael, de pie a su lado, observaba con una sonrisa de orgullo. —Nunca debiste dejar de pintar —dijo él, pasando un dedo por el borde del marco—. Eres… grandiosa. Stella bajó la mirada, ocultando el rubor que le subía por las mejillas. Rafael había sido su preparador de arte en la secundaria. Él estaba adelantado un par de años a ella, pero como la conocía desde pequeña, siempre la animaba a que siguiera pintando, asegurándole que ella tenía un talento innato.Al ver llegar a los invitados, Stella comenzó a moverse entre los asistentes, con una expresión de cautela oculta tras una sonrisa cordial. Rafael, con su entusiasmo natural, l
Alicia miró a Axel con indignación ante su tono autoritario.—¿Qué no admite discusión? ¿Quién te crees que eres para decidir por mí? — espetó, colocando los brazos en su cintura. Axel suspiró, pasándose una mano por el cabello en señal de frustración. —Lo siento, no quise que sonara así —se disculpó —. Pero estoy preocupado por ti y por los bebés. Quien sea que esté detrás de estas amenazas podría hacerte daño.Alicia sintió que su determinación flaqueaba un poco al ver la genuina preocupación en los ojos de Axel. Aun así, se mantuvo firme.—Aprecio que te preocupes, puedo cuidarme sola. No necesito que me protejas.—Por favor, Alicia —insistió Axel, acercándose un paso más. — Hazlo por los niños. En mi casa estarás más segura, con guardaespaldas las 24 horas. Solo hasta que descubramos quién está detrás de esto.Alicia se negó; sin embargo, una hora más tarde estaba llegando a la villa de Axel.Él cerró la puerta con un golpe seco y se giró hacia Alicia, quien lo miraba con eviden
Alicia rodó los ojos, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en sus labios.—Eres incorregible.—Solo contigo —respondió él, guiñándole un ojo.Otro trueno resonó, cercano, esta vez. Alicia se tensó instintivamente. Axel, notando su reacción, se sentó a su lado en el sofá.—Ven aquí —dijo suavemente, extendiendo su brazo.Alicia dudó por un momento, debatiéndose entre su orgullo y el deseo de sentirse protegida. Finalmente, cedió y se acurrucó contra él.Axel la envolvió en sus brazos, su calor reconfortante contrastando con el frío de la tormenta afuera. Alicia cerró los ojos, permitiéndose por un instante disfrutar de la sensación.—Esto no cambia nada —murmuró contra su pecho.—Lo sé —respondió Axel, acariciando suavemente su espalda—. Pero es un comienzo.Sin embargo, alzó su mentón, la vio por unos segundos y besó sus labios con suavidad. Alicia sintió una descarga recorrer su cuerpo, pero no se apartó. En cambio, cerró los ojos y dejó que sus labios se fundieran
La mañana estaba envuelta en un manto de niebla densa, como si el destino intentara ocultar lo que estaba a punto de suceder. Alicia y Axel salieron juntos de la villa, envueltos en un silencio tenso, cada uno perdido en sus propios pensamientos.Axel había insistido en llevarla a la fundación, con el argumento de que no permitiría que anduviera sola con las amenazas latentes. Alicia, aunque molesta por su actitud dominante, aceptó sin discutir demasiado. Algo en su interior le decía que ese día sería diferente.Él conducía con calma, sus manos firmes en el volante, sus ojos fijos en la carretera. Alicia, a su lado, mantenía la mirada perdida por la ventana, luchando contra los sentimientos encontrados que Axel despertaba en ella.—No tienes que hacer esto —murmuró de repente.Axel no apartó la vista del camino.—¿Hacer qué?—Actuar como si de repente fueras mi sombra —respondió ella, girándose hacia él—. Estoy acostumbrada a manejar mis propios problemas.Axel apretó la mandíbula.—T
El hospital apestaba a desinfectante y desesperación.El frío de la madrugada se colaba por los ventanales de la sala de espera, pero Axel apenas lo notaba. No podía apartarse de la puerta de la UCI, como si su sola presencia pudiera mantener a Stella y a su bebé con vida.Su hermana estaba adentro, luchando por sobrevivir. Y él...Él estaba atrapado en la antesala del infierno, con los puños cerrados hasta que los nudillos se volvieron blancos y la mandíbula trabada en un intento de contener la furia y la impotencia que lo consumía.Axel sacó el teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Guillermo. Cada tono que sonaba en la línea era una aguja clavándosele en el corazón. Finalmente, escuchó la voz al otro lado.“Axel” La voz de Guillermo sonó alerta.—Es Stella —dijo Axel sin rodeos, su tono afilado como una navaja—. Ha tenido un accidente. Alguien intentó hacerle daño. Estamos en la clínica cercana a la villa.Un silencio cargado de amenaza se filtró a través del teléfono.
Axel sintió un frío recorrerle la espalda, un presagio gélido que se coló por sus huesos. Sus puños se cerraron con tal fuerza que las venas de sus brazos se marcaron con violencia.—¿Qué significa eso? —su voz, normalmente inquebrantable, tenía un temblor apenas perceptible.El médico inspiró hondo antes de responder, su mirada cargada de gravedad.—Significa que las próximas veinticuatro horas serán críticas. Stella está estable, pero el bebé... es demasiado pronto para saberlo.Guillermo apretó los dientes, cerrando los ojos por un instante, como si la rabia contenida pudiera disiparse con una simple exhalación. Axel, por su parte, sintió un peso ardiendo en el centro del pecho, una furia espesa que amenazaba con explotar.—Quiero verla —dijo con voz ronca.—Todavía está sedada, pero pueden entrar uno a la vez —contestó el doctor con suavidad.Axel fue el primero en entrar. La habitación olía a antiséptico y a frágil esperanza. Stella yacía en la cama, su piel más pálida que nunca,
El sonido ensordecedor de la alarma llenó la habitación, seguido por el frío eco de los monitores que anunciaban la tragedia.El corazón del bebé se estaba deteniendo.Axel sintió como si su propio pecho se partiera en dos.—¡No!— rugió, avanzando hacia la cama de Stella, pero las enfermeras se interpusieron en su camino.—Señor, por favor, necesitamos espacio— dijo una de ellas con firmeza, pero su voz era un eco lejano para Axel.—¡Salven a mi sobrino!— exigió, su voz grave y al borde de la desesperación.Alicia tomó su brazo, su toque fue lo único que lo ancló a la realidad.—Déjalos trabajar— susurró ella.Guillermo golpeó la pared con el puño, dejando una grieta roja en su piel.—Si algo le pasa… —murmuró, pero no terminó la frase. No podía.El médico gritó órdenes, los enfermeros se movieron con precisión quirúrgica. Una jeringa fue inyectada en la vía intravenosa de Stella. El tiempo se dilató.Un segundo.Dos.Tres.El monitor pitó una vez más. Un sonido ahogado, irregular. El