Sí, no había otra explicación. Había sido él. ¿Quién más? Sergio me lanzó una mirada cargada de sospecha. Sus ojos cansados se detuvieron en mis zapatillas, y yo deseé desaparecer. Esperaba que no hubiera notado cómo me había saltado todas sus reglas a la ligera. Y, por ahora, agradecía al cielo que mi jefe, ese monstruo de dos metros, no hubiera aparecido aún para escupirme en la cara mi inminente despido por lo que había pasado el día anterior.
—Ejem —tosí para romper el incómodo silencio—. Seguiré limpiando, si me lo permite. No dijo nada, simplemente se hizo a un lado. Menos mal. Pero estaba segura de que sospechaba. Si no mencionaba nada antes de que terminara mi turno, entonces podría respirar tranquila. Esperé a que desapareciera para alzar la vista hacia las ventanas del segundo piso. El día anterior había confirmado que ese hombre dormía ahí, en esa planta. Justo entonces me di cuenta de que la ventana por la que había sentido esa sensación de que alguien me vigilaba daba directamente a su habitación. ¿Era posible que hubiera tantas coincidencias? No lo creía. Volví a llenar bolsas con hojas secas, pero, distraída como estaba con todo el tema de las zapatillas, me di cuenta de que primero debería haber quitado la maleza de las rosas. Durante el resto de mi turno, no logré sacármelo de la cabeza. La curiosidad por él no hacía más que crecer. Si había sido quien me regaló las zapatillas, lo mínimo que debía hacer era agradecerle, ¿no? Nadie había tenido un gesto así conmigo desde que Rainer me trajo de vuelta a Alemania. Desde entonces, solo he recibido desprecios e insultos. Al terminar parte de mi jornada —no todo, porque aún me estaba acostumbrando al trabajo duro—, me quité los guantes y me escabullí hacia la mansión, asegurándome de que Sergio no estuviera cerca. Sabía que si me veía subiendo al segundo piso, donde me había dejado claro que no debía ir, habría problemas. Lo hice de todos modos. Dios, no me importaba. Solo quería agradecerle por el detalle, que realmente valoraba. Aunque los pies me ardían por las ampollas que seguían ahí, me sentía más ligera y menos hinchada de los tobillos. Llegué a su puerta. Esa enorme de caoba, con dos hojas y hermosas tallas de hojas y raíces. Miré a mi alrededor. Todo estaba desierto, en un silencio sepulcral, apenas iluminado por la penumbra. Este tipo parecía sacado de La Bella y la Bestia. Solitario, misterioso, escondiéndose del mundo. Di dos suaves toques en la puerta, con el corazón latiendo a toda velocidad y los nervios a flor de piel. En ese instante, tenía el coraje suficiente para seguir rompiendo las reglas que me habían exigido cumplir para mantener el trabajo. Silencio. Nadie respondió. Pero no me rendí. Volví a tocar, quedándome inmóvil mientras esperaba. Entonces lo sentí: el suelo vibró bajo mis pies. Eran sus pasos. Cuando la puerta se abrió, lo primero que apareció fue el gato. Ese maldito animal, que ya me debía dos por las que me había hecho. Como todo un hipócrita, se restregó contra mi pierna antes de desaparecer de nuevo en la habitación, detrás de su encapuchado dueño. Levanté la cabeza hacia atrás para mirarlo directamente a la cara, allí arriba, en su lugar habitual, mientras yo permanecía abajo, en el mío. Pensé que lo encontraría con ropa más relajada, pero no. Seguía con jeans, esta vez oscuros y rotos, combinados con una sudadera gris. Me observaba, con esa mirada que aún no lograba descifrar. Un leve aroma llegó a mí, y mi piel se erizó al instante. Dios, olía increíble. A hombre. A fuerza. Una mezcla de loción, cuero, madera... un olor que parecía ser suyo, tan natural. —Hola —saludé con un tono casual, esbozando una sonrisa. Rara vez sonreía a alguien; no lo hacía desde hace mucho tiempo—. ¿Tienes un momento? Claro, como si lo olvidara, él nunca respondía. Así que continué. —No me van a despedir por subir al segundo piso, ¿verdad? —fui directa, sin rodeos, sonando como una completa descarada—. Y por hablarte, ¿no? Necesito el trabajo. Y, si ayer estuve aquí, fue culpa de tu gato. ¿Qué demonios estaba diciendo? Se suponía que había venido a agradecerle, no a soltar estas tonterías. —Lo que quiero decir... —me aclaré la garganta, intentando no sonar tan ridícula— es que no he roto las reglas intencionalmente. ¿Sabes? Es casi imposible no hablar con el jefe, más aún cuando me salva de caer de un árbol. Es lógico, ¿no crees? Por favor, cállate ya. —Y lo de la liga... sí, eso... fue por el gato. Por eso estuve aquí ayer —balbuceé, rascándome la nuca como una completa idiota—. Entonces... Me quedé callada al verlo de nuevo, con una ceja enarcada que alcanzaba a distinguir bajo el pasamontañas. Al menos podía notar que tenía las cejas gruesas y bien definidas. No sé por qué, pero tenía el presentimiento de que era guapo. No solo por su cuerpo, que se adivinaba fuerte bajo esa ropa ancha, sino por todo él. Había algo que me intrigaba, y deseaba saber qué se escondía detrás de todo ese misterio. —Lo siento —dije, bajando la mirada con vergüenza—. Vine aquí para… agradecerle. Estaba diciendo tonterías hace un momento. Me sentí como una idiota, hablando sola. Me frustraba no recibir una respuesta, pero finalmente me resigné. Era evidente que no hablaba. ¿Era mudo? Tal vez. ¿Y yo juzgándolo? Qué clase de persona era para hacer algo así. Volví a levantar la vista y casi grité al darme cuenta de que estaba mucho más cerca. Cuando digo cerca, es muy cerca. Jesucristo, ese hombre era inmenso. Apenas llegaba a la altura de su pecho, o quizá menos, no lo sé. Ya me dolía el cuello de tanto inclinarlo hacia atrás para mirarlo. Aun así, no retrocedí. Permanecí en mi lugar, decidida a hablarle aunque no obtuviera respuesta. —Estas zapatillas… —las señalé con el dedo, y él siguió mi gesto con sus ojos grises y fríos—. ¿Fueron cosa suya? Sergio no tiene nada que ver, así que supongo que solo queda usted… a menos que el gato se haya convertido en humano. Sin respuesta. Pero aproveché ese silencio para perderme en el humo de sus profundos ojos. Respiraba tan fuerte que podía sentir su aliento cálido rozando mi rostro. Mi curiosidad era insaciable; quería ver sus labios, su mandíbula, cada detalle de su rostro oculto, pero él no me lo permitía. Me sostuvo la mirada. Esta vez era diferente, intensa, como si intentara desentrañar cada rincón de mi alma. Apenas contuve un jadeo cuando sus ojos descendieron a mis labios y luego recorrieron cada milímetro de mi rostro. Era como si sus pupilas fueran una lupa, examinándome con precisión. Mi piel ardía, picaba incluso, en cada punto donde su mirada se detenía. No respondió a mi pregunta. En lugar de eso, avanzó un paso, y automáticamente retrocedí. Él avanzó de nuevo, y yo me alejé otra vez. Entramos en un juego silencioso, un vaivén de acercamientos y retrocesos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza desbocada, mi respiración se volvía errática, y para cuando mi espalda chocó contra la fría pared, me di cuenta de que no tenía escapatoria. Su cuerpo imponente bloqueaba todo a mi alrededor, llenando el espacio con su presencia. Estoy segura de que, si alguien estuviera detrás de él, pensaría que estaba solo, porque su figura masiva me eclipsaba por completo. Cuando lo vi intentar dar otro paso más, donde ya no existía ni un resquicio de distancia, levanté las manos por instinto. En lugar de colocarlas en su pecho, mis dedos se detuvieron en sus abdominales. «¡Jesús, María y José!» Quise apartar las manos enseguida, pero, m*****a sea, no lo hice. Las dejé ahí, pegadas a él como si fueran imanes y él, hierro. Empecé a temblar, y mi nerviosismo me estaba pasando factura. Tragué saliva mientras sentía cómo mis piernas flaqueaban, amenazando con dejarme caer. Este hombre era un huracán, arrasando con cada pizca de mi cordura. Por pura adrenalina —o locura—, mis dedos comenzaron a explorar lo que estaban tocando. Y, joder, era increíble. Sus abdominales estaban perfectamente definidos. Firmes, como si fueran de piedra. Podía sentir su calor a través de la tela, y también cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque. —Mmm...—intenté hablar, mi voz apenas salió—. Un poco de espacio no nos vendría mal ahora mismo. Entonces, ocurrió. Él levantó su mano enguantada lentamente, y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Vi cómo sus dedos se acercaban a mi rostro. Pero no tocó mi piel. No. Su mano viajó hasta mi cabello. Sostuvo un mechón dorado entre sus dedos y lo frotó entre el índice y el pulgar, como si quisiera sentir su textura a través de la tela. Lo hizo con una curiosidad extraña, como si aquello fuera algo completamente nuevo para él. Me atreví a decir lo impensable: —Si te quitas el guante... —tomé aire en silencio—, podrás sentirlo mejor. ¿Eso acababa de salir de mi boca? ¿Así hablaba una mujer virgen y casada? Incluso a mí me sonó raro. Y como si fuera una orden, él obedeció. ¡Dios, lo hizo! Con una mano enguantada, se quitó el otro guante. Fue un espectáculo. Hasta ese gesto parecía deliberadamente provocativo. Su mano desnuda era... impresionante. Grande, fuerte, áspera, seguramente llena de callos. Pero hermosa. Había cicatrices, muchas, como marcas de viejas batallas. Aun así, era perfecta. Sus dedos largos, esas venas prominentes que seguramente recorrían todo su brazo... «Si esas manos me tocaran... ¿cómo se sentiría?». Espera. ¿Qué demonios estaba pensando? Volvió a tomar el mechón de mi cabello entre sus dedos, frotándolo con una suavidad desconcertante, especialmente para alguien que parecía una bestia humana... en el mejor sentido de la palabra. No aparté la mirada de él. Pude ver el brillo en sus ojos, ese fulgor que transmitía un placer casi primitivo, como si sostuviera algo que jamás había creído posible tener entre sus manos. Era el tipo de fascinación que surge cuando descubres algo por primera vez, algo que sabes que nunca querrás dejar ir porque te atrapa, te gusta demasiado. Pasó de un mechón a otro, y luego a varios. Estaba embelesado, completamente absorto en lo que hacía. Entonces, se detuvo. Sus ojos volvieron a los míos, y por un momento pensé que se apartaría de golpe, quizá dándose cuenta de lo inapropiado de su comportamiento. Tal vez se sentiría avergonzado, arrepentido. Pero, para mi asombro, no fue así. Se quedó ahí, conmigo, sin moverse. Su mano dejó mi cabello, y cuando su dedo desnudo rozó mi mejilla, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Era peligroso. Esto, todo esto, era demasiado peligroso. Pero igualmente adictivo. Había algo en esta burbuja que nos envolvía, algo que me impedía salir, aunque una parte de mí supiera que debería hacerlo. Comenzó a acariciar mi rostro, lento, con una ternura que no esperaba. Me quedé inmóvil, más quieta que nunca, casi sin atreverme a respirar. Tenía miedo de que si lo hacía, esta extraña y magnética conexión se rompiera. Y entonces ocurrió algo que me dejó completamente aturdida. Antes de que pudiera procesarlo, él tomó mi cabello con un puño suave, inclinando mi cabeza hacia un lado. Acto seguido, se agachó y enterró su nariz en mi cuello. Sentí su exhalación, fuerte, profunda, vibrando contra mi piel. Su aliento atravesó la tela de su máscara, cálido, y luego aspiró, llenando sus pulmones como si quisiera absorber cada partícula de mi ser. Cuando lo soltó, lo hizo de una forma que me dejó temblando, suspendida entre el miedo y el deseo, completamente perdida en él. Solté un jadeo, incapaz de contenerlo, y supe que él lo escuchó claramente porque un gruñido bajo emergió de su garganta, resonando en mi oído como un trueno suave. Apreté mis muslos al sentir un cosquilleo extraño, inesperado, que se instalaba en un lugar donde nunca antes lo había sentido con tanta intensidad. Él no se apartó de inmediato. Por el contrario, permaneció ahí, como si estuviera bebiendo de mí, de ese aroma que, aparentemente, solo él podía percibir y del que parecía alimentarse. Mis manos, por cuenta propia, se aferraron a la tela de su sudadera. Al hacerlo, lo sentí tensarse, pero no me alejó. En cambio, parecía que mi agarre lo atraía más hacia mí, como si hubiera algo en mí que él también necesitara, de una manera que ni yo misma podía comprender. ¿Qué era esta sensación? ¿Por qué mi cuerpo respondía así? ¿Por qué no se alejaba ni me alejaba? ¿Cómo habíamos llegado hasta este punto siendo completos extraños? Las preguntas se acumulaban en mi cabeza, pero ninguna lograba formarse por completo. En ese momento, lo último que quería era una respuesta. Y entonces, cuando todo parecía a punto de desbordarse, algo vibró entre ambos, rompiendo la burbuja en la que nos habíamos encerrado. El sonido me sacó de ese trance, arrastrándome de vuelta a la realidad. Parpadeé, dándome cuenta de que había cerrado los ojos. Al abrirlos, lo empujé instintivamente, tratando de poner distancia entre nosotros. Sin embargo, apenas logró moverse. Fue por su propia voluntad que retrocedió un par de pasos, dándome el espacio que necesitaba para respirar. Con calma, sacó un teléfono de su bolsillo y revisó la pantalla. Su expresión no cambió mientras leía el mensaje que había interrumpido aquel momento tan extraño. Luego, sin decir una palabra, guardó el celular, se dio la vuelta y cerró la puerta de su habitación. No lo hizo sin antes dejar que el gato saliera, como si el pequeño animal supiera que debía hacerlo. Finalmente, me dedicó una última mirada, profunda y críptica, antes de desaparecer por el corredor. Solo escuché sus pasos resonando mientras descendía al primer piso. Yo me quedé apoyada contra la pared, con la cabeza dando vueltas, la respiración agitada, temblando, y con un calor inexplicable recorriendo mis venas como si algo en mí acabara de despertar.Tuve la loca esperanza de que ese hombre volviera antes de que mi turno terminara, pero, claro, no apareció. En todo mi turno anduve como zombie, incapaz de concentrarme en nada. Hasta Sergio, con su supervisión de robot silencioso, notó algo raro, aunque, por suerte, no dijo ni pío. Eso sí que lo agradecía.Ya en mi habitación, me metí a la ducha con la energía de un koala. El agua cayó despacio, como si intentara arrastrar algo más que el cansancio. Me sentía extraña, demasiado. Desde ese encuentro en el pasillo, mi piel andaba como en alerta máxima: cada roce, cada sensación, todo amplificado. Mi rostro, mi cabello, las manos que... ¡Dios! Me estaba volviendo loca.Cuando al fin me vestí y me paré frente al espejo, mi cara seguía roja como semáforo en hora punta. Había algo de vergüenza, claro, pero por debajo, un deseo extraño, incómodo... y delicioso. Esto no era normal, y lo peor: no debería estar sintiéndolo.Mis ojos bajaron hasta las zapatillas junto a la cama. Su regalo. No
Me volví a sentar en la silla, mis ojos fijos en él, sin apartarlos ni un segundo, atraídos por una fuerza invisible. Debería irme ahora que tenía la oportunidad, pero simplemente no podía ignorar lo que estaba sucediendo.—¿Y ahora qué? ¿No te ibas a largar? —espetó Rainer, sacándome de mi ensimismamiento—. Si no lo soportas, le pediré a un chófer que te lleve de vuelta. Por eso prefería traer a Jessica. Ella sigue siendo mejor que tú en muchos aspectos.Ignoré su veneno. No iba a caer en su juego, ni a levantar sospechas. Bajé la cabeza con fingida sumisión mientras los gritos eufóricos de la multitud llenaban el aire.Rainer no volvió a dirigirme la palabra. Bebió de su copa y, segundos después, un hombre apareció y le susurró algo al oído antes de desaparecer de nuevo.—¿Has apostado por alguien? —me atreví a preguntar.—¿Ahora te interesa?—Es que este tipo de lugares me pone nerviosa. Pero está bien, puedo soportarlo.Eso pareció complacerlo. Una sonrisa satisfecha se dibujó en
Cuando regresé junto a Rainer, él ya no estaba por ningún lado. Se había esfumado. Me sentía más incómoda que nunca, no por los molestos amigos de mi esposo ni por él mismo, sino porque entre mis piernas aún persistía esa humedad extraña para mí. Mantuve la cabeza agachada todo el tiempo para que nadie notara mi rubor y permanecí quieta para calmar el temblor.Estaba fuera de mí. Había citado a mi propio jefe en su mansión. Ambos éramos adultos y sabíamos lo que podría suceder entre los dos. Me declaro culpable. Todo lo que había sucedido fue porque yo lo permití. Y, aunque quisiera sentir arrepentimiento, no lo sentía. Más bien, era miedo a lo desconocido. Esa bestia lo representaba para mí.—Estuviste distraída toda la noche —me recriminó Rainer cuando estuvimos en el auto—. No hiciste ni el menor esfuerzo por sonreír ante los demás. Parecías una muerta.—No soy el payaso de nadie. Hubieras traído a Jessica, ella lo habría hecho mejor.Rainer frenó el auto en seco, sorprendiéndome.
No quería que esto terminara nunca. Era un pecado, una tentación prohibida que me envolvía como una ola salvaje, pero dejé que sucediera, que el deseo nos arrastrara.Sus labios respondieron al instante, hambrientos, desesperados, igual que los míos. Su cuerpo colosal me empujó hacia atrás, y mi espalda se hundió en el colchón, atrapándome bajo su peso.Tomó mis labios con avidez, chupando y mordiendo cada rincón con una perfecta sintonía de ternura y salvajismo. Luego, su lengua, húmeda y cálida, invadió mi boca, y yo la recibí como si fuera mía, succionándola y mordiéndola con descaro. Un gruñido grave escapó de su garganta, provocándome. Mis manos subieron hasta su cuello, aferrándome a él como si no quisiera soltarlo jamás, mientras él se acomodaba entre mis piernas, buscando ese espacio donde encajaba tan bien.Mi mente era un caos. No podía detenerlo, ni quería hacerlo. Sus manos, grandes y firmes, se anclaron a mi cintura, subiendo lentamente, tocándome con una libertad que no
POV: Lothar Weber El olor a metal caliente y aceite quemado me invadía las fosas nasales, tan familiares como el café en las mañanas. Estaba sentado en aquel sótano, con las manos manchadas de grasa, mientras las herramientas caían sobre la mesa de madera con un sonido seco. No me molestaba en limpiar el desorden; en ese lugar, todo tenía su sitio, aunque pareciera un caos.La pieza que sostenía era pequeña, pero tenía más peso del que aparentaba. Era el corazón del arma, el mecanismo que haría todo el trabajo sucio cuando llegara el momento. Giré la pieza entre mis dedos, ajustando cada tornillo como si estuviera armando un rompecabezas que solo yo entendía. El clic suave del metal encajando me provocó un extraño alivio.El sótano estaba en silencio, excepto por el zumbido de la lámpara que colgaba sobre mi cabeza. En algún rincón había una radio vieja, pero no tenía ganas de encenderla. Aquello no era para distraerse. Era para concentrarse, para meterle a cada milímetro de esa mald
POV: Annika Klein Me estaba evitando. Y lo sabía. Su ausencia era tan evidente que parecía haberse convertido en una sombra, una ausencia que pesaba más que cualquier presencia. Me preguntaba, atormentada, si aquella última vez había cruzado una línea. Dos días habían pasado, y aun así, él me esquivaba como si fuera una extraña, como si no compartiéramos un secreto que me quemaba por dentro. Cuando nos cruzábamos por casualidad, él fingía no verme. Su indiferencia era un golpe certero, una estaca hundiéndose en mi pecho con cada paso que daba lejos de mí.¿Cómo podía seguir con su vida como si nada? Como si aquel instante, tan lleno de emociones y prohibiciones, no hubiera sucedido. Pero yo no podía olvidarlo. Estaba ahí, intacto, como una herida fresca que se negaba a cicatrizar. Lo único que hacía soportables esos días era el recuerdo vivo de aquel momento. Era una tortura dulce, un consuelo envenenado que me mantenía despierta por las noches.¿Sabía él lo que había hecho? ¿Sabía q
POV: Lothar Weber Quería devorarla entera, perderme en cada fragmento de su cuerpo hasta no dejar rastro de cordura. Otra vez caía en su juego, una red tejida con su piel, sus labios y esa forma de mirarme como si yo fuera suyo, aunque no lo fuera. ¿Importaba eso? No. Nika era de alguien más, pero en este instante, también podía ser mía.Su gemido se deslizó en mi oído, encendiendo cada célula de mi cuerpo mientras mis labios se hundían en la suavidad de su cuello. La recorrí sin piedad, marcándola con mi boca, lamiendo su piel como si pudiera grabarme en ella para siempre. Mi lengua exigía, mi aliento reclamaba, y mis manos imponían. Había algo en ella, algo que me destrozaba y me reconstruía al mismo tiempo. ¿Era su esencia? ¿La forma en que me miraba? ¿O simplemente porque era ella?—Lothar... —su voz ronca, susurrando mi nombre, fue un golpe directo a mi autocontrol.Mi respiración se cortó cuando tomó mi mano, retiró el guante con tanta decisión que me dejó helado y la colocó so
Los besos de Rainer eran de rabia, cargados de enojo más que de deseo. Me tomó del cabello, tirando con fuerza para obligarme a corresponder. Aunque no le decía nada, aunque no podía pronunciar palabra, él sabía que lo rechazaba. Lo leía en mi cuerpo, en mi silencio. Y eso lo enfurecía aún más.—¡Déjame! —grité, empujando sus hombros con manos temblorosas, la piel raspada y herida. —¡Rainer, por favor!—¿No querías una oportunidad? —gruñó contra mis labios antes de morderlos. Su aliento era ácido, lleno de rabia contenida. —¿Acaso solo fingías que querías estar conmigo? ¡Cumple tu maldito deber, aunque sea a la fuerza!Dejó que su violencia hablara de nuevo y me golpeó en las costillas. Un gemido escapó de mi garganta, ahogado, doloroso. Me quedé inmóvil, el aire atrapado en mis pulmones mientras mi pecho subía y bajaba con dificultad. Pero él no se detuvo. Su boca se precipitó sobre mi cuello, dejando marcas que dolían tanto como el miedo que se arremolinaba en mi interior.Las lágri