10. A solas

Cuando regresé junto a Rainer, él ya no estaba por ningún lado. Se había esfumado. Me sentía más incómoda que nunca, no por los molestos amigos de mi esposo ni por él mismo, sino porque entre mis piernas aún persistía esa humedad extraña para mí. Mantuve la cabeza agachada todo el tiempo para que nadie notara mi rubor y permanecí quieta para calmar el temblor.

Estaba fuera de mí. Había citado a mi propio jefe en su mansión. Ambos éramos adultos y sabíamos lo que podría suceder entre los dos. Me declaro culpable. Todo lo que había sucedido fue porque yo lo permití. Y, aunque quisiera sentir arrepentimiento, no lo sentía. Más bien, era miedo a lo desconocido. Esa bestia lo representaba para mí.

—Estuviste distraída toda la noche —me recriminó Rainer cuando estuvimos en el auto—. No hiciste ni el menor esfuerzo por sonreír ante los demás. Parecías una muerta.

—No soy el payaso de nadie. Hubieras traído a Jessica, ella lo habría hecho mejor.

Rainer frenó el auto en seco, sorprendiéndome.
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