Perfecto amanecer

Ariadna y Víctor despertaron enredados, los brazos y piernas entrelazados como si hubieran buscado calor en la noche. Ella tenía la cabeza en su pecho, el aroma de su piel mezclado con el de la camiseta gris que aún llevaba puesta, mientras él la abrazaba por la cintura, los dedos descansando justo bajo el borde de la tela. Habían pasado la noche entre besos y susurros, el deseo tirando de ellos, pero deteniéndose en el borde, dejando un rastro de calor y promesas en cada roce.

Ariadna abrió los ojos primero, parpadeando mientras la realidad la golpeaba: estaba en la cama de Víctor, sus cuerpos pegados tras una noche que había cambiado todo. Levantó la cabeza y lo miró, su rostro relajado en el sueño, el cabello desordenado cayéndole sobre la frente. Sonrió, un calor suave llenándole el pecho, pero entonces un ruido en el pasillo —pasos pequeños y rápidos— la hizo tensarse.

La puerta se abrió de golpe, y Darcy entró como un torbellino, el pijama de unicornio arrugado y el conejo gris
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