NelMientras descansaba en el balcón de su recámara, Nel contemplaba el horizonte con una copa de vino tinto en la mano. Todo se desarrollaba exactamente como lo había planeado. Ahora tenía un aliado más: el licenciado Basset, un hombre fácil de manipular con la promesa de poder y lujo. Sin embargo, la insulsa Beatrice seguía siendo una pequeña piedra en su zapato. Su presencia era irritante, pero Nel sabía que el hecho de que Wallace mostrara preferencia por ella sobre su “amada” esposa era un golpe devastador para la autoestima de la rubia desabrida.Con una sonrisa maliciosa, bebió un sorbo de su vino, disfrutando el sabor mientras mentalmente organizaba los siguientes pasos para consolidar su posición. Sus cavilaciones fueron interrumpidas por unos ligeros golpes en la puerta. Miró el reloj. Era tarde. ¿Quién podría ser a esa hora? Se levantó con cautela, ajustando el cinturón de su bata de seda antes de abrir.Al otro lado, estaba Wallace. Su figura desgarbada y su ropa desaliñad
Nel—Madame, me dijeron que quería verme. —El jardinero, un hombre de mediana edad, con el rostro curtido por el sol y las manos marcadas por el trabajo duro, apareció en la puerta.Nel le dedicó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.—Sí, Charles. Me informaron que encontraste una botella rota en los jardines. Quiero saber exactamente dónde y cómo la hallaste.El hombre asintió, nervioso ante la intensidad de su patrona.—Fue junto en el macetero que queda justo a la vista de la ventana de su habitación, señora. Parecía una botella de licor. Estaba rota en varios pedazos, como si alguien la hubiera arrojado con fuerza.Nel entrecerró los ojos, procesando la información. ¿Wallace? La posibilidad de que hubiera salido tambaleándose por los jardines la noche anterior no era descartable, pero algo no encajaba. Wallace solía buscar consuelo en el licor, pero no era del tipo que rompía cosas. Esto parecía el acto de alguien más.—¿Había alguien más en la casa anoche, además del personal y lo
Andrea—Y me gustaría mucho que nos acompañaran, tía. Será una gran fiesta justo antes de Navidad.Cassie sonrió con entusiasmo al ver cómo el rostro de su sobrina Andrea se iluminaba. Félix, su esposo, celebraría su cumpleaños dos días antes de la festividad navideña. Aunque normalmente no era fanático de grandes celebraciones, ese año había decidido ceder un poco.—Claro que sí, querida. Ahí estaremos. —Cassie respondió con una calidez que reflejaba lo mucho que había cambiado en los últimos años. Su tía, famosa conductora de televisión, parecía irradiar un brillo especial. Sin duda, el amor había obrado maravillas en ella.Durante años, Cassie y Andrea habían sido más que tía y sobrina: eran amigas y confidentes. Cassie estuvo presente en los momentos más oscuros de la vida de Andrea, ofreciéndole apoyo y cariño. Ahora, que Cassie daba una oportunidad al amor con Joe, el valioso jugador de los Yankees, era el turno de Andrea de estar ahí para celebrar su felicidad.—Te veo muy cont
Nel Caminaba despacio por su despacho, sus pasos quedaban silenciados por la mullida alfombra que cubría el suelo. De no ser por ella, habrían resonado insistentes sobre la fría dureza del mármol, revelando la inquietud que la acompañaba. La penumbra del atardecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, proyectando sombras alargadas sobre los muebles. Un susurro en la puerta la devolvió al presente. Se detuvo un instante antes de regresar a su silla de cuero negro. —Adelante —ordenó con voz firme. Olsen entró con su acostumbrada seriedad, impecable como siempre. En sus manos sostenía la carpeta con los documentos que había solicitado. Su eficiencia era incuestionable, pero incluso él debía ignorar la magnitud de lo que realmente estaba sucediendo tras esas paredes. —Aquí está todo, madame —anunció con su tono meticuloso—. Nombres, edades y motivos por los cuales cada una de estas mujeres ha ingresado bajo su protección. También he incluido los antecedentes familiares y de
Andrea—¡Feliz cumpleaños a ti!El día del gran festejo de cumpleaños de Félix había llegado. La casa estaba llena de vida, iluminada por la calidez de las voces que entonaban la canción mientras él, con una sonrisa más genuina de lo que esperaba, se preparaba para soplar las velas del pastel.A lo largo de los años, este tipo de celebraciones siempre le habían parecido intrascendentes, una formalidad que bien podría haberse evitado. Pero esta vez había cedido a la petición de Andrea. Ella quería celebrar, reunir a la familia y amigos, crear un recuerdo especial. Y él, con 37 años recién cumplidos, había decidido que esta vez no tenía razones para negarse.Cuando la última nota de la canción se desvaneció entre aplausos y risas, partieron el pastel y sirvieron las porciones. Luego, la reunión se trasladó a la sala, donde los regalos esperaban en una elegante mesa adornada con listones y envolturas brillantes.—¿Quieres ver qué te regalaron? —preguntó Andrea con una sonrisa entusiasta.
NelWallace estaba de pie junto a la ventana, su mirada perdida en el jardín cubierto por la suave neblina de la noche. Aún podía sentir la sombra de la última discusión con Beatrice, el eco de sus palabras reverberando en su mente. Apenas ayer, ella se había marchado a Canadá con su familia, llevándose consigo a la pequeña Lucy. La niña, con lágrimas en los ojos y manos aferradas a su pantalón, se había negado a separarse de él y de su tía Nel. Sin embargo, no hubo opción. La decisión estaba tomada.—Toma una copa —dijo Nel con voz templada. Se mantenía de espaldas a él, sonriendo con una satisfacción serena—. En un rato nos servirán la cena.Wallace giró la cabeza y la observó. Esa noche, solo serían ellos dos en la casa. Compartirían copas, historias, recuerdos de navidades pasadas. Pero sobre todo, recordarían a Octavio.El solo pensar en el viejo decrépito le revolvía el estómago. Recordaba con desagrado sus manos ásperas, sus miradas cargadas de un deseo impío, los años de sopor
AndreaAndrea se levantó con cuidado, procurando no hacer ruido. La noche anterior se habían acostado muy tarde; la celebración de Navidad se había extendido hasta la madrugada. Nadie quería despedirse, y en su hogar siempre había espacio para la alegría, los amigos y la familia. Pero ahora, en el silencio de la mañana, sólo quedaba el eco de las risas y el leve aroma a canela y ponche flotando en el aire.A pesar del sueño que aún pesaba sobre sus párpados, algo más fuerte la impulsaba a moverse. Su corazón latía con inquietud. Había estado posponiéndolo, pero ya no podía seguir esperando. Su periodo llevaba varios días de retraso y, entre el ajetreo de las compras navideñas, se había desviado un momento para entrar a la farmacia. Ahora, la pequeña caja con la prueba de embarazo aguardaba en el cajón del baño.Con pasos ligeros, atravesó el pasillo, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos. Abrió la puerta con sigilo y, al encender la luz, el reflejo en el espejo le devolv
Andrea—Te ves preciosa.Andrea bajaba lentamente la escalera, la tela de su vestido deslizándose con gracia sobre cada peldaño. Su esposo la esperaba al pie, con esa mirada de adoración que siempre le dedicaba. Para él, ella era lo más precioso de la vida, aunque aún no sabía que pronto alguien más competiría por su amor.—No te creo —respondió ella con una sonrisa escéptica—. Siempre me dices lo mismo.Él la detuvo suavemente, tomándola por la cintura, y la miró a los ojos con intensidad.—Para mí, solo tú eres lo más lindo de la vida —aseguró con firmeza. Luego, sin darle tiempo a replicar, añadió—: Pero vamos, que se hace tarde.Andrea frunció el ceño. No le pasó desapercibido el cambio de tema repentino, pero decidió no insistir. Algo en su interior la inquietaba, una sensación extraña que llevaba sintiendo desde hacía rato, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.“Son tonterías mías”, se dijo, intentando apartar la sensación mientras subía al auto.El trayecto tran