Nel Caminaba despacio por su despacho, sus pasos quedaban silenciados por la mullida alfombra que cubría el suelo. De no ser por ella, habrían resonado insistentes sobre la fría dureza del mármol, revelando la inquietud que la acompañaba. La penumbra del atardecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, proyectando sombras alargadas sobre los muebles. Un susurro en la puerta la devolvió al presente. Se detuvo un instante antes de regresar a su silla de cuero negro. —Adelante —ordenó con voz firme. Olsen entró con su acostumbrada seriedad, impecable como siempre. En sus manos sostenía la carpeta con los documentos que había solicitado. Su eficiencia era incuestionable, pero incluso él debía ignorar la magnitud de lo que realmente estaba sucediendo tras esas paredes. —Aquí está todo, madame —anunció con su tono meticuloso—. Nombres, edades y motivos por los cuales cada una de estas mujeres ha ingresado bajo su protección. También he incluido los antecedentes familiares y de
Andrea—¡Feliz cumpleaños a ti!El día del gran festejo de cumpleaños de Félix había llegado. La casa estaba llena de vida, iluminada por la calidez de las voces que entonaban la canción mientras él, con una sonrisa más genuina de lo que esperaba, se preparaba para soplar las velas del pastel.A lo largo de los años, este tipo de celebraciones siempre le habían parecido intrascendentes, una formalidad que bien podría haberse evitado. Pero esta vez había cedido a la petición de Andrea. Ella quería celebrar, reunir a la familia y amigos, crear un recuerdo especial. Y él, con 37 años recién cumplidos, había decidido que esta vez no tenía razones para negarse.Cuando la última nota de la canción se desvaneció entre aplausos y risas, partieron el pastel y sirvieron las porciones. Luego, la reunión se trasladó a la sala, donde los regalos esperaban en una elegante mesa adornada con listones y envolturas brillantes.—¿Quieres ver qué te regalaron? —preguntó Andrea con una sonrisa entusiasta.
NelWallace estaba de pie junto a la ventana, su mirada perdida en el jardín cubierto por la suave neblina de la noche. Aún podía sentir la sombra de la última discusión con Beatrice, el eco de sus palabras reverberando en su mente. Apenas ayer, ella se había marchado a Canadá con su familia, llevándose consigo a la pequeña Lucy. La niña, con lágrimas en los ojos y manos aferradas a su pantalón, se había negado a separarse de él y de su tía Nel. Sin embargo, no hubo opción. La decisión estaba tomada.—Toma una copa —dijo Nel con voz templada. Se mantenía de espaldas a él, sonriendo con una satisfacción serena—. En un rato nos servirán la cena.Wallace giró la cabeza y la observó. Esa noche, solo serían ellos dos en la casa. Compartirían copas, historias, recuerdos de navidades pasadas. Pero sobre todo, recordarían a Octavio.El solo pensar en el viejo decrépito le revolvía el estómago. Recordaba con desagrado sus manos ásperas, sus miradas cargadas de un deseo impío, los años de sopor
AndreaAndrea se levantó con cuidado, procurando no hacer ruido. La noche anterior se habían acostado muy tarde; la celebración de Navidad se había extendido hasta la madrugada. Nadie quería despedirse, y en su hogar siempre había espacio para la alegría, los amigos y la familia. Pero ahora, en el silencio de la mañana, sólo quedaba el eco de las risas y el leve aroma a canela y ponche flotando en el aire.A pesar del sueño que aún pesaba sobre sus párpados, algo más fuerte la impulsaba a moverse. Su corazón latía con inquietud. Había estado posponiéndolo, pero ya no podía seguir esperando. Su periodo llevaba varios días de retraso y, entre el ajetreo de las compras navideñas, se había desviado un momento para entrar a la farmacia. Ahora, la pequeña caja con la prueba de embarazo aguardaba en el cajón del baño.Con pasos ligeros, atravesó el pasillo, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos. Abrió la puerta con sigilo y, al encender la luz, el reflejo en el espejo le devolv
Andrea—Te ves preciosa.Andrea bajaba lentamente la escalera, la tela de su vestido deslizándose con gracia sobre cada peldaño. Su esposo la esperaba al pie, con esa mirada de adoración que siempre le dedicaba. Para él, ella era lo más precioso de la vida, aunque aún no sabía que pronto alguien más competiría por su amor.—No te creo —respondió ella con una sonrisa escéptica—. Siempre me dices lo mismo.Él la detuvo suavemente, tomándola por la cintura, y la miró a los ojos con intensidad.—Para mí, solo tú eres lo más lindo de la vida —aseguró con firmeza. Luego, sin darle tiempo a replicar, añadió—: Pero vamos, que se hace tarde.Andrea frunció el ceño. No le pasó desapercibido el cambio de tema repentino, pero decidió no insistir. Algo en su interior la inquietaba, una sensación extraña que llevaba sintiendo desde hacía rato, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.“Son tonterías mías”, se dijo, intentando apartar la sensación mientras subía al auto.El trayecto tran
AndreaAndrea sintió cómo sus piernas temblaban mientras avanzaban hacia un pequeño salón reservado para el descanso de los invitados. La atmósfera dentro del lugar era sofocante, impregnada de un silencio incómodo que parecía pesar sobre ellas como una losa.El asistente de Nel las siguió hasta la puerta, pero su jefa le hizo un gesto sutil con la mano, ordenándole que les trajera algo de beber. Él asintió con profesionalismo y se retiró, dejándolas solas en aquel espacio que de pronto se tornó aún más claustrofóbico.—Te ves bien, Andie —dijo Nel, rompiendo el silencio con una voz suave, casi amable, pero que llevaba una carga subyacente difícil de descifrar.Andrea forzó una leve sonrisa.—También te ves bien —respondió con cortesía, aunque su mente seguía en alerta—. Supe lo de tu esposo. Lo siento de verdad.Vio cómo el rostro de Nel se transformaba al instante. Sus facciones, siempre controladas, mostraron una grieta fugaz, una sombra de incomodidad que pasó demasiado rápido, pe
AndreaRegresaron a casa en silencio. La actitud de Félix, inusualmente callado, no era una buena señal. Apenas cruzaron el umbral de su habitación, él se detuvo en medio de la estancia, como si necesitara reunir fuerzas para expresar lo que le rondaba la mente.—No me agrada —fue todo lo que dijo. Andrea sabía que estaba molesto y no podía ocultarlo.Andrea lo observó con atención. Sus palabras eran escasas, pero su expresión reflejaba un torbellino de pensamientos que no estaba dispuesto a verbalizar. Había algo en aquella mujer que lo inquietaba, algo que no podía ignorar.Ella suspiró, tratando de encontrar la mejor manera de responder.—Lo siento, cariño. No sé qué pensar de ella —admitió, mientras él la tomaba suavemente de la mano y la guiaba hasta el borde de la cama para sentarse juntos, mientras la abrazaba por los hombros.Félix no necesitó pensarlo mucho más. Para él, la situación estaba clara.—Creo que lo mejor es que sigan como están. No necesitas su amistad, créeme —af
NellUn día antes de Nochevieja, Nell estaba en su casa, sumida en pensamientos oscuros sobre la "maravillosa noche" que estaba a punto de vivir junto a "su amiga". No lograba comprender cómo ella, tan hermosa y sofisticada, era constantemente rechazada por Wallace, mientras que su amiga siempre caía de pie, con una suerte que parecía inquebrantable.Aún podía sentir el sabor de los besos de Wallace en sus labios. Si tan solo no hubiera huido aquella noche, tal vez por fin habrían podido estar juntos. Pero la realidad era otra, y ahora solo le quedaba la amarga sensación de lo que pudo haber sido y no fue.Su teléfono sonó, sacándola abruptamente de sus pensamientos. En la pantalla, el nombre de Nolan, su infame socio, la hizo fruncir el ceño.—Buenas noches, querida socia —saludó con su habitual tono burlón—. Debo decir que estoy bastante satisfecho con la mercancía que me proporcionaste. Es de muy buena calidad.El asco subió por su garganta de inmediato. El desgraciado había conseg