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LXVI Ofrenda a los dioses
Como una multitud de hormigas incapaces de cruzar un charco estaba el ejército dirigido por Furr. No era sólo la repentina aparición de la ciénaga lo que los inquietaba, sino también la niebla, espesa y envolvente como la del bosque de las sombras. Para quienes habían osado penetrar en su linde no hub0 dudas: olía igual que aquella, el fatídico velo que ocultaba a las alimañas.

Furr exhaló con hastío.

—No podemos pasar por aquí con los caballos —inmediatamente agregó—. No podemos pasar por aquí.

Buscar una ruta alternativa los haría separarse y se resistían a ello, hasta donde sabían, la ciénaga podía extenderse por todo el resto del reino. La mejor opción, aunque no la más rápida, era continuar por las colinas e intentar rodear la ciénaga.

—Nada parece moverse ahí abajo —observaba Furr mientras se enfilaban por la ladera.

Bajo la niebla y el fango no había criatura alguna que captaran sus poderosos oídos.

—No hace falta ninguna criatura —reflexionó Desz, que cabalgaba a su lado—.
NatsZ

Los Dumas han tomado ventaja y los Tarkuts han caído en su trampa. ¿Podrán con el tipo de combate al que se enfrentan?

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