31. Mía

Alexander

Si esto es un sueño por favor no me despierten nunca.

Desde cachorro, aprendí que un alfa no debía mostrar emociones ni albergar sentimientos que pudieran interpretarse como debilidad. Sin embargo, la sangre es espesa y tira.

Me convertí en mi padre, dejando en segundo lugar a la manada, sucumbiendo al deseo y a la necesidad de esos ojos verdes irresistiblemente magnéticos que se han clavado en mi alma, destinados a ser sólo míos.

Era natural para mí, sin hacer el mínimo esfuerzo, que muchas lobas, tanto dentro como fuera de mi manada, se ofrecieran a mí. No siempre las rechazaba. Dago y yo teníamos necesidades. Nada me ataba y no tenía por qué ser considerado o cortés.

Sin embargo, con Emma, todo era completamente diferente. Por primera vez, tenía que cortejar a una loba y, por primera vez, sentía la urgente necesidad de corregir todos mis errores. Siempre fui de pocas palabras y mucha acción, pero esta vez debía armarme de paciencia e ir despacio y con cuidado.

Desafort
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