33. Debilidad

Emma

La puerta de la habitación se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un estruendo que me hizo sobresaltar. Una figura imponente, casi de dos metros, se plantó frente a la cama, y con una voz feroz gruñó:

-Tú, niña tonta. ¿Cuántas veces más necesitas estar al borde del peligro para darte cuenta del riesgo al que te expones?-

Sus ojos azules ardían con una mezcla de furia y preocupación, y el aire se llenó de tensión mientras su presencia dominaba la habitación.

Sus duras palabras me sacaron del estado de somnolencia. Lo miré disgustada y grité: -¡Vete a la mierda!-

Un gruñido de queja resonó en el aire, acto seguido, se oyeron unos pasos apresurados que se acercaban desde el pasillo. Él cerró la puerta de un golpe, dejando claro que no quería interrupciones.

Irritado, comenzó a gruñir: -¿Cómo pensabas defenderte en medio de esos lobos? ¿Tirándoles piedras?- Sus ojos se fijaron en mi brazo, donde la herida aún era visible, y ladra enfurecido -¿Por qué aún no te has cura
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