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29 La fragilidad del ser

Los días siguientes, llegar a casa se sentía como caminar sobre hielo fino. Cada paso estaba cargado de incertidumbre, como si el menor movimiento pudiera desencadenar un desastre. Me refugiaba en el trabajo, utilizando la sobrecarga laboral como un escudo para evitar las tensiones que se habían instalado en mi hogar. Al regresar por las noches, Grace ya estaba dormida, pero no en el sofá esperándome como solía hacer antes, sino en la habitación, con la puerta cerrada. Esa barrera física decía más que cualquier palabra.

Era evidente que algo la molestaba, pero prefería no descubrir qué era. La evasión se había convertido en mi herramienta favorita, un alivio momentáneo que sabía que no podría sostener para siempre. Mientras tanto, aprovechaba la excusa del trabajo para justificar algunas salidas nocturnas. No todas mis escapadas culminaban en "éxito", pero al menos servían para mantener mi mente ocupada y mi rutina menos monótona.

Una noche, llegué a casa antes que Grace. Aún sentía la adrenalina que los retos laborales me generaban, una energía contenida que necesitaba canalizar. Decidí salir a correr, un hábito que había adquirido recientemente para liberar tensiones. La ciudad parecía más tranquila bajo el cielo nocturno, y por un momento, me sentí liberado de todo. Sin embargo, al volver, descubrí que había olvidado mi celular en casa.

Grace ya había llegado. Estaba sentada en el sofá, con los ojos enrojecidos y el rostro endurecido por las lágrimas. En sus manos sostenía mi teléfono, como si fuera una prueba irrefutable de un crimen.

—¡¿Qué es esto, Anthony?! —gritó, su voz llena de dolor y rabia.

—No significa nada, Grace. Te amo a ti —respondí de inmediato, en un intento desesperado por minimizar la situación.

—¡No me vengas con eso! Si me amaras, no estarías buscando a otras.

La discusión se prolongó durante horas, con sus gritos rebotando en las paredes como ecos imposibles de ignorar. Intenté justificarme, explicar lo inexplicable, pero sus palabras cortaban cualquier excusa que pudiera inventar. A pesar de todo, Grace no recogió sus cosas ni amenazó con marcharse. Cuando finalmente el silencio se impuso, su actitud fue más inquietante que cualquier grito. Sus ojos ya no reflejaban dolor, sino algo mucho peor: resignación.

En los días que siguieron, la rutina continuó, pero la tensión en el aire era innegable. Grace había empezado a volver tarde del gimnasio, mientras yo hacía todo lo posible por evitar cualquier confrontación. Nuestras conversaciones se habían reducido a lo mínimo, como si ambos temiéramos decir algo que rompiera el frágil equilibrio que nos quedaba.

Una noche, llegó visiblemente agotada. Sus pasos eran lentos, arrastrados, y había algo en su expresión que no supe identificar de inmediato. Caminó hacia la cocina, pero al poco tiempo escuché un grito ahogado que me hizo saltar del sofá. Corrí hacia ella y la encontré en el suelo, doblada por el dolor y con una evidente hemorragia.

El trayecto al hospital fue un caos. Grace apenas podía hablar, sosteniendo sus brazos sobre su vientre con la poca fuerza que le quedaba. Mi mente estaba en blanco, atrapada entre el miedo y la culpa.

Después de interminables horas de espera, un médico se acercó con un semblante grave.

—Grace estaba embarazada —dijo con voz medida—. Ha tenido un aborto espontáneo.

La noticia me golpeó como un balde de agua helada. Ni siquiera sabía que esperaba un hijo mío. ¿Por eso se había quedado? ¿Por eso soportó mis errores, mis mentiras? Por primera vez, el peso de mis acciones se hizo insoportable. Me pregunté si el estrés al que la había sometido había contribuido a esto.

Cuando Grace despertó, no lloró. Su calma desconcertante me dejó más perplejo que cualquier otra reacción.

—Tal vez esto fue lo mejor, Tony —dijo con una voz suave pero cargada de determinación.

—¿Cómo puedes decir eso? —pregunté, sintiendo una punzada de culpa que no podía ignorar.

Ella me miró directamente, con una mezcla de cansancio y firmeza.

—Porque tus engaños demuestran que no estás listo para esto. Tener un hijo contigo habría sido condenarme a una vida de decepciones.

No supe qué responder. Sus palabras no eran gritos ni reproches, sino verdades frías y contundentes. Ella cerró los ojos y se recostó nuevamente, dejando claro que no había nada más que decir.

Esa noche, mientras esperaba en la sala del hospital, me encontré sumido en una introspección que llevaba años evitando. Me pregunté si alguna vez había sido capaz de valorar realmente a las personas que tenía a mi lado. Firenze, Gabrielle, Grace… Todas ellas se habían cruzado en mi vida, y yo, de una forma u otra, había terminado dañándolas. Parecía estar atrapado en un ciclo interminable, buscando algo que nunca terminaba de alcanzar mientras destruía lo que ya tenía.

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