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Alessandro prácticamente lanzó a Anya dentro de la habitación. Ella tropezó y cayó sobre la cama, con el pecho agitado y el miedo brillando en sus ojos. Antes de que pudiera incorporarse, escuchó el sonido metálico del cerrojo asegurándose desde afuera.

Se quedó sentada, con la respiración entrecortada, apretando los puños sobre las sábanas. Se acercó a la puerta, golpeándola con rabia.

—¡Maldito seas, Alessandro! ¡No puedes tenerme aquí como una prisionera! —gritó, pero no hubo respuesta. Solo el eco de su propia voz en la inmensidad del silencio.

Mientras tanto, Alessandro caminaba con pasos pesados hacia su despacho. Cerró la puerta de un golpe y se dejó caer en su silla de cuero, pasando ambas manos por su rostro. Estaba enojado. Con ella. Con él mismo. Con todos.

Anya lo desquiciaba. Su mera presencia lo ponía en conflicto con su deber y con sus propios sentimientos. Estaba enamorado de ella. Lo había sabido desde hacía tiempo, pero admitirlo era una condena.

El rostro de su madr
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