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La noche era fría y silenciosa. Desde su encierro en la mansión de Alessandro, Anya se había acostumbrado a mirar la calle a través de los barrotes de la gran reja que la separaba de la libertad. Sabía que no podía escapar, que las cámaras y los guardias vigilaban cada uno de sus movimientos, pero, aun así, cada noche se permitía soñar con la posibilidad de que alguien viniera por ella.

Esa noche, el destino pareció responderle.

A lo lejos, entre las sombras de la calle solitaria, una figura se acercaba con pasos decididos. Al principio, pensó que era solo un hombre más caminando en la fría madrugada, pero cuando la luz de una farola iluminó su rostro, su corazón se detuvo por un instante.

Leonard.

El nudo en su garganta se deshizo en lágrimas silenciosas. Se llevó una mano a los labios, temblando, y corrió hasta la reja.

—¡Leonard! —susurró con desesperación, como si temiera que alguien más pudiera escucharla y arrebatarle ese momento.

Él se detuvo frente a la reja y la miró con una e
Glenmarts

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